Sembrando Vida busca consolidarse como política agroecológica: 1,200 millones de árboles plantados y una meta de 1,500 millones hacia 2030

  • El programa federal reporta más de 414 mil sembradoras y sembradores, producción de bioinsumos, recuperación de cultivos nativos y nuevas redes de comercialización. El desafío será demostrar que la expansión productiva se traduce en restauración ecológica duradera y mejores ingresos para las comunidades rurales.

Sembrando Vida busca ampliar su alcance más allá de la entrega de apoyos económicos para consolidarse como una estrategia que vincule bienestar rural, producción agroalimentaria y restauración ambiental.

Durante la conferencia matutina de este miércoles, la secretaria de Agricultura y Desarrollo Rural, Columba López, presentó un balance del programa y las acciones previstas hacia 2030. La exposición destacó la coordinación de las secretarías de Bienestar, Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat), y Agricultura y Desarrollo Rural (Sader), con el propósito de articular la producción campesina con la conservación de los ecosistemas.

La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo aseguró que el programa continuará durante todo el sexenio y anunció que se mantendrá una base cercana a los 450 mil sembradores, al tiempo que se buscará ampliar la superficie restaurada y fortalecer los circuitos de comercialización.

La apuesta consiste en conectar tres objetivos que no siempre han avanzado juntos en las políticas públicas: reducir la pobreza rural, producir alimentos y recuperar territorios degradados.

Más de 414 mil personas incorporadas al programa

De acuerdo con el informe presentado por Columba López, Sembrando Vida cuenta con 414 mil 80 sembradoras y sembradores, de los cuales más de 138 mil son mujeres y más de 275 mil son hombres.

El programa opera en 24 entidades federativas, tiene presencia en más de 158 áreas naturales protegidas y reporta una superficie apoyada superior al millón de hectáreas.

El apoyo económico mensual es de 6 mil 450 pesos por persona beneficiaria. A este ingreso se suman actividades de organización comunitaria, ahorro colectivo y comercialización de productos agrícolas.

Uno de los componentes centrales son las Comunidades de Aprendizaje Campesino (CAC), integradas por grupos de hasta 25 sembradoras y sembradores que intercambian conocimientos y reciben acompañamiento técnico y social.

Según la presentación, existen más de 19 mil comunidades de este tipo. Su función consiste en facilitar el aprendizaje colectivo, fortalecer la organización local e impulsar proyectos productivos que permitan reinvertir parte de los ingresos obtenidos.

El informe también destacó la participación de estas comunidades en la colocación de más de 600 mil trampas para atender el problema del gusano barrenador.

La meta ambiental: 1,500 millones de árboles

El componente forestal ocupa un lugar central en la nueva etapa del programa.

La Secretaría de Agricultura informó que entre 2019 y 2025 se plantaron más de 1,200 millones de árboles de especies nativas y endémicas. Para el periodo 2024-2030, la meta es producir y plantar más de 1,500 millones de árboles y arbustos.

Durante 2026 se habían plantado más de 129 millones, mientras que los viveros comunitarios mantenían más de 222 millones de árboles y arbustos en producción, de acuerdo con las cifras presentadas.

La infraestructura productiva comprende alrededor de 16 mil 600 viveros comunitarios, que permiten abastecer de plantas a las comunidades y sostener las jornadas de reforestación.

La exposición también destacó el establecimiento de sistemas agroforestales en 778 mil 509 hectáreas. Estos sistemas combinan árboles forestales, frutales y cultivos agrícolas en distintos estratos, con la intención de diversificar la producción y mantener una cobertura vegetal que contribuya a la conservación del suelo.

Entre los cultivos mencionados se encuentran limón, plátano, naranja, café, cacao, agave, maguey y nopal.

El informe atribuyó al programa la mitigación de más de ocho millones de toneladas de dióxido de carbono. Esta cifra deberá analizarse considerando la metodología de cálculo, el periodo de referencia y la permanencia de la captura de carbono, elementos necesarios para evaluar su contribución climática efectiva.

La cantidad de árboles plantados constituye un indicador de actividad, pero no basta por sí sola para medir la restauración de un ecosistema. También importan la supervivencia de las plantas, la diversidad de especies, la recuperación del suelo, la disponibilidad de agua y el mantenimiento de la cobertura vegetal a largo plazo.

Recuperar la milpa y conservar los maíces nativos

Otro de los ejes destacados fue la producción de alimentos y la preservación de la agrobiodiversidad.

El programa impulsa sistemas de Milpa Intercalada con Árboles Frutales (MIAF), así como Parcelas de Aprendizaje Agroecológico y casas de semillas para conservar variedades locales.

La presentación señaló que se trabaja en la recuperación de 49 razas de maíces nativos y que la meta es aumentar 20 por ciento la producción de maíz nativo destinada al autoconsumo en las comunidades participantes.

Este objetivo tiene implicaciones que van más allá de la cosecha. La conservación de semillas locales permite mantener diversidad genética, conocimientos agrícolas tradicionales y cultivos adaptados a condiciones específicas de cada territorio.

La transición hacia bioinsumos es otro de los componentes de la estrategia. Según el balance presentado, se produjeron más de 64 millones de litros de caldos minerales y más de 64 millones de unidades de preparados orgánicos, entre compostas, bocashi y micorrizas.

Estos insumos buscan mejorar la fertilidad del suelo, contribuir al control de plagas y enfermedades y reducir la dependencia de determinados productos químicos.

El alcance ambiental de estas prácticas dependerá de su aplicación efectiva en las parcelas, de sus resultados productivos y de la capacidad de mantenerlas a lo largo de los ciclos agrícolas.

Del autoconsumo a las redes de comercialización

La transformación de productos es otro de los frentes que el programa busca fortalecer.

La Secretaría de Agricultura reportó más de 8 mil 400 tianguis comunitarios, 291 tiendas comunitarias, 56 tortillerías, 32 centros de acopio y 127 unidades de transformación.

Estas últimas permiten procesar frutas y otros productos para elaborar jugos, harinas, conservas y alimentos con mayor valor agregado.

El informe destacó también la existencia de más de 4 mil 500 productos transformados y más de 350 productos frescos registrados en una plataforma digital que permite conocer la oferta y localizar a sus productores.

La iniciativa abre posibilidades para que los productos campesinos lleguen a consumidores, comercios y distribuidores sin depender exclusivamente de intermediarios tradicionales.

Sin embargo, ampliar la oferta no garantiza automáticamente mejores ingresos. Para consolidar estas redes será necesario conocer los volúmenes efectivamente vendidos, los costos de producción y transporte, los márgenes de comercialización y la proporción del precio final que reciben las familias productoras.

La posibilidad de generar valor agregado en las propias comunidades será uno de los factores que determinen si el programa consigue transformar de manera duradera la economía rural.

Conectar producción y conservación

Uno de los proyectos destacados durante la exposición fue la recuperación de la conectividad ecológica entre Calakmul y Sian Ka’an, en la península de Yucatán. El informe señaló avances en la recuperación de la cobertura vegetal y la participación de comunidades en iniciativas de conservación.

También se mencionaron diez comunidades de Quintana Roo que trabajan en la definición de territorios de conservación comunitaria por libre adscripción, en coordinación con la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas.

La coordinación entre producción agrícola y conservación resulta estratégica porque la restauración no puede evaluarse únicamente por el número de árboles plantados. La continuidad de los corredores biológicos, la protección de la biodiversidad y la compatibilidad entre las actividades productivas y los ecosistemas son variables fundamentales.

En este contexto, la integración de Semarnat y Sader al programa busca articular las acciones sociales con criterios ambientales y productivos.

El desafío de medir los resultados

Sembrando Vida nació en 2019 con el propósito de atender la pobreza rural y promover sistemas agroforestales. La administración actual plantea ampliar sus alcances mediante la restauración territorial, la conservación de semillas, la comercialización y el fortalecimiento de las comunidades.

Para evaluar esta nueva etapa será indispensable contar con indicadores verificables que permitan responder preguntas concretas: cuántos árboles sobreviven después de varios años, qué superficie presenta una recuperación ecológica comprobable, cuánto aumentan los ingresos de las familias, qué proporción de la producción se vende y cuáles son los resultados en materia de biodiversidad y captura de carbono.

También será importante distinguir entre las superficies que reciben apoyo, las que efectivamente incorporan sistemas agroforestales y aquellas en las que puede demostrarse una recuperación ambiental sostenida.

La presidenta Sheinbaum afirmó que Sembrando Vida continuará y que se buscará ampliar la restauración hacia terrenos aledaños a las parcelas donde ya trabaja el programa.

La meta es ambiciosa: mantener el apoyo a cientos de miles de familias y, al mismo tiempo, convertir la actividad campesina en una herramienta de recuperación ecológica.

El reto de Sembrando Vida hacia 2030 será demostrar que el bienestar rural y la conservación pueden reforzarse mutuamente, con resultados medibles tanto para las comunidades como para los ecosistemas.

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