Una investigación internacional encuentra una asociación entre la exposición repetida al calor extremo y una mayor velocidad de envejecimiento del organismo. El posible vínculo estaría relacionado con alteraciones metabólicas, resistencia a la insulina, estrés oxidativo y cambios en la función celular.
Durante una ola de calor, el cuerpo entra en una carrera contra el ambiente.
El organismo necesita mantener su temperatura interna dentro de un rango relativamente estrecho, pero cuando la temperatura exterior, la humedad y la radiación ambiental superan la capacidad del cuerpo para disipar calor, comienzan a activarse mecanismos de emergencia: aumenta la circulación hacia la piel, se incrementa la sudoración, se acelera el trabajo cardiovascular y los riñones deben participar en la conservación del agua.
Si esta situación se prolonga o se repite, el problema podría no terminar cuando baja la temperatura.
Una investigación publicada en julio de 2026 en la revista científica Cyborg and Bionic Systems plantea una posibilidad particularmente relevante: la exposición recurrente a olas de calor podría estar asociada con una aceleración del envejecimiento biológico.
El estudio, encabezado por investigadores de instituciones de China, utilizó información de 2,318 adultos de 45 años o más y encontró que una mayor exposición acumulada a episodios de calor extremo se relacionaba con un incremento de la llamada “edad biológica acelerada”.
La palabra clave es biológica.
Porque envejecer no significa únicamente acumular años.
¿Qué es la edad biológica?
La edad cronológica es sencilla: es el número de años que han transcurrido desde nuestro nacimiento.
La edad biológica intenta responder otra pregunta:
¿En qué estado se encuentra realmente nuestro organismo?
Dos personas de 60 años pueden tener edades cronológicas idénticas, pero organismos con niveles diferentes de inflamación, metabolismo, función renal, salud cardiovascular o capacidad de reparación celular.
Por eso, los investigadores utilizan diferentes métodos para estimar el envejecimiento biológico.
En este estudio se utilizó el método de Klemera-Doubal (KDM), que integra ocho biomarcadores clínicos relacionados con inflamación, metabolismo, función renal, sangre y sistema cardiovascular.
Entre ellos se encuentran la proteína C reactiva, hemoglobina glucosilada, colesterol total, triglicéridos, nitrógeno ureico en sangre, creatinina, plaquetas y presión arterial sistólica.
A partir de estos indicadores se calculó la edad biológica y después se comparó con la edad cronológica.
Cuando la edad biológica es mayor que la cronológica, existe una aceleración de la edad biológica.
Es decir, el organismo presenta características fisiológicas que corresponden, estadísticamente, a una edad mayor.
Más de 2,300 personas y cuatro años de seguimiento
Los investigadores utilizaron información del China Health and Retirement Longitudinal Study (CHARLS), una gran cohorte poblacional china.
La muestra estuvo integrada por 2,318 adultos, con una edad promedio de 58.7 años.
Los participantes fueron evaluados en 2011 y nuevamente en 2015, mientras que la exposición al calor se estimó durante los 12 meses anteriores a cada evaluación.
El diseño tiene una característica importante: no se limitó a preguntar si una persona había experimentado calor extremo.
Los investigadores reconstruyeron la exposición térmica utilizando información meteorológica y probaron 12 definiciones diferentes de ola de calor, combinando distintos niveles de temperatura y duración.
La definición más estricta consideró como ola de calor un periodo de al menos cuatro días consecutivos con una temperatura aparente superior al percentil 97.5 de la zona correspondiente
El resultado llamó la atención.
Durante los cuatro años de seguimiento, la edad biológica promedio de los participantes pasó de 57.3 a 62.3 años.
Además, 58.8% de los participantes presentó aceleración de la edad biológica.
Pero la asociación con las olas de calor fue todavía más interesante.
Cada ola de calor adicional se asoció con más envejecimiento
Con la definición más estricta de ola de calor, cada episodio adicional se asoció con un incremento de 0.531 años en la aceleración de la edad biológica.
En términos aproximados, estamos hablando de medio año de aceleración biológica asociado estadísticamente con cada episodio adicional bajo ese criterio.
Y cada día adicional de exposición se relacionó con un incremento de 0.057 años, aproximadamente 21 días, en la aceleración de la edad biológica.
Pero hay que hacer una precisión fundamental: esto no significa que una persona envejezca físicamente 21 días por cada día de calor.
El estudio encontró una asociación estadística entre exposición térmica y un indicador de envejecimiento biológico. No demostró que el calor “añada” literalmente tiempo al organismo.
La diferencia es importante porque el estudio es observacional.
Los propios autores advierten que sus resultados no permiten demostrar que las olas de calor sean la causa directa del envejecimiento acelerado.
¿Por qué el calor podría acelerar el envejecimiento?
Aquí aparece la parte más interesante de la investigación.
El organismo no recibe el calor extremo como una simple incomodidad.
Lo interpreta como estrés fisiológico.
Cuando aumenta la temperatura corporal, el sistema cardiovascular tiene que trabajar más para llevar sangre hacia la superficie de la piel y facilitar la pérdida de calor.
Al mismo tiempo, la sudoración provoca pérdida de agua y electrolitos.
Si el calor es intenso y sostenido, pueden producirse deshidratación, disminución del volumen sanguíneo, sobrecarga cardiovascular y afectaciones renales.
La Organización Mundial de la Salud señala que el calor extremo puede afectar al corazón y los riñones y agravar enfermedades cardiovasculares, respiratorias y metabólicas, incluida la diabetes.
Pero la hipótesis planteada por el estudio va todavía más lejos.
Los investigadores encontraron que una mayor exposición a olas de calor también estaba asociada con niveles más elevados de colesterol total y hemoglobina glucosilada (HbA1c).
La HbA1c es un indicador utilizado para conocer el comportamiento promedio de la glucosa en sangre durante los últimos meses.
Esto llevó a los investigadores a plantear que una de las rutas mediante las cuales el calor podría relacionarse con el envejecimiento biológico sería la alteración metabólica.
Del calor al metabolismo
El organismo necesita mantener un delicado equilibrio energético.
El estrés térmico puede aumentar las demandas fisiológicas y favorecer procesos como el estrés oxidativo, alteraciones mitocondriales e inflamación.
Las mitocondrias, responsables de producir buena parte de la energía que utilizan nuestras células, son particularmente sensibles a alteraciones del equilibrio metabólico.
Cuando se acumula daño oxidativo y disminuye la eficiencia de los sistemas celulares de reparación, pueden aparecer alteraciones que afectan diferentes órganos.
El envejecimiento biológico, precisamente, es el resultado de la acumulación progresiva de este tipo de alteraciones en distintos sistemas.
Por eso resulta interesante que el estudio haya encontrado señales relacionadas con el metabolismo de lípidos y la resistencia a la insulina.
Los investigadores fueron más allá: estudiaron ratones
Para explorar la posible explicación biológica detrás de la asociación encontrada en humanos, los investigadores realizaron un segundo componente experimental.
Analizaron el tejido hepático de ratones envejecidos sometidos a condiciones de ola de calor.
El análisis transcriptómico identificó 29 genes cuya expresión había cambiado después de la exposición al calor.
Las alteraciones estuvieron relacionadas principalmente con rutas involucradas en:
* metabolismo de los lípidos;
* aterosclerosis;
* resistencia a la insulina;
* regulación metabólica.
Los resultados ofrecen una posible conexión entre la exposición térmica y los cambios metabólicos observados en los participantes humanos.
Pero aquí también hay que mantener la lupa científica encendida.
Los experimentos en ratones aportan plausibilidad biológica, pero no demuestran que exactamente el mismo mecanismo ocurra en los seres humanos.
Y hay otro dato que cambia la historia
El estudio chino no apareció en un vacío científico.
En 2024 se publicó una investigación que examinó a 3,414 adultos estadounidenses de 50 años o más y estudió la relación entre exposición al calor extremo y distintos indicadores de envejecimiento epigenético.
Los investigadores utilizaron varios “relojes” epigenéticos basados en patrones de metilación del ADN, entre ellos Horvath, Hannum, PhenoAge, GrimAge y DunedinPACE.
Encontraron asociaciones entre determinados niveles de exposición al calor y una mayor aceleración de algunos de estos indicadores, tanto para exposiciones agudas como para exposiciones prolongadas.
Esto es relevante porque se trata de otra población, otro conjunto de datos y otro método para medir el envejecimiento.
El nuevo estudio chino utiliza biomarcadores clínicos mediante KDM. El estudio estadounidense utiliza relojes epigenéticos.
No son exactamente la misma medición, pero ambos apuntan hacia una hipótesis común:
el calor extremo podría dejar una huella biológica que va más allá del episodio agudo.
¿Quiénes parecen ser más vulnerables?
El estudio encontró asociaciones más pronunciadas entre las personas con:
Índice de masa corporal de 23 kg/m² o superior.
También entre quienes vivían en zonas urbanas.
Y entre los residentes de regiones del sur de China y áreas subtropicales afectadas por el monzón. Esto resulta especialmente interesante porque apunta a una interacción entre organismo y ambiente.
No todas las personas experimentan el mismo calor. Una temperatura determinada puede representar una carga muy distinta dependiendo de la humedad, la vivienda, la disponibilidad de agua, el acceso a aire acondicionado, la actividad física, la edad, las enfermedades previas y la capacidad de adaptación.
En las ciudades existe además el fenómeno conocido como isla de calor urbana, mediante el cual las superficies de concreto y asfalto absorben y retienen calor, elevando las temperaturas respecto de zonas con mayor vegetación.
La OMS advierte que las ciudades pueden amplificar la exposición térmica y que la pérdida de áreas verdes y determinados materiales de construcción contribuyen a la acumulación de calor. (Organización Mundial de la Salud)
El calor no solo pone en riesgo a los adultos mayores
Aunque el envejecimiento aumenta la vulnerabilidad, el problema no comienza necesariamente a los 65 años.
El estudio chino incluyó personas desde los 45 años.
Esto es importante porque la salud metabólica, cardiovascular y renal que una persona tiene durante la mediana edad puede determinar en buena medida su capacidad para tolerar el estrés térmico.
La OMS señala que la vulnerabilidad frente al calor depende tanto de factores fisiológicos, como la edad y el estado de salud, como de factores de exposición, entre ellos el tipo de trabajo y las condiciones socioeconómicas.
En México, la relevancia del tema es considerable. El INEGI estimó que en 2024 había 32 millones de personas de 50 años o más, equivalentes a una población cada vez más importante dentro de la estructura demográfica del país.
Y México ya enfrenta episodios de calor extremo de manera recurrente.
Durante 2026, el Servicio Meteorológico Nacional emitió alertas por ondas de calor que afectaron a amplias regiones del territorio nacional, con temperaturas de entre 40 y 45 °C y, en algunas zonas, superiores a 45 °C. (Gobierno de México)
El calor ya es un problema de salud pública
La discusión sobre el calor suele concentrarse en el golpe de calor. Y con razón.
Pero la evidencia científica está ampliando progresivamente el mapa de riesgos.
La OMS estima que entre 2000 y 2019 ocurrieron aproximadamente 489 mil muertes relacionadas con el calor cada año en el mundo.
Además, la mortalidad asociada al calor entre personas mayores de 65 años aumentó aproximadamente 85% entre los periodos 2000-2004 y 2017-2021.
Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2026, que reunió 623 estudios realizados en seis continentes, encontró que las altas temperaturas y las olas de calor aumentan la morbilidad y mortalidad entre adultos mayores, con riesgos particularmente importantes en personas de 75 a 84 años y de 85 años o más.
Esto coloca al nuevo hallazgo sobre envejecimiento biológico dentro de una tendencia científica más amplia.
Primero se documentaron los efectos inmediatos. Después comenzaron a estudiarse las consecuencias cardiovasculares, renales y metabólicas. Ahora la pregunta es si el calor también puede influir sobre la velocidad del envejecimiento del organismo.
México ya está viendo las consecuencias
Durante mayo de 2026, el IMSS informó que había atendido 133 casos de golpe de calor, frente a 57 en el mismo periodo de 2025, un aumento de 133%. (Gobierno de México)
La Secretaría de Salud también ha advertido que las personas adultas mayores, niñas y niños, mujeres embarazadas, personas con discapacidad y quienes viven con enfermedades crónicas se encuentran entre los grupos que requieren mayor protección frente a las altas temperaturas. (Gobierno de México)
Y el propio secretario de Salud, David Kershenobich, explicó durante una conferencia presidencial que cuando el organismo ya no consigue regular adecuadamente su temperatura, ésta puede elevarse rápidamente hasta alrededor de 40 °C, especialmente cuando existe humedad elevada. (Gobierno de México)
Esto revela una paradoja importante. Mientras más envejece una población, mayor es la proporción de personas potencialmente vulnerables al calor.
Y mientras el planeta se calienta, las olas de calor tienden a hacerse más frecuentes, intensas y prolongadas. Son dos curvas que se encuentran.
Pero ¿el calor realmente nos hace envejecer?
Aquí está la pregunta que debemos responder con cuidado.
Todavía no podemos afirmarlo como un hecho causal.
El estudio publicado en Cyborg and Bionic Systems es observacional.
La exposición al calor fue estimada a partir de información meteorológica asociada a la ciudad de residencia. Los investigadores no pudieron medir individualmente cuánto tiempo pasó cada persona al aire libre, cuánto ejercicio realizó, cuánto líquido bebió, qué temperatura tenía dentro de su vivienda o cuánto utilizó sistemas de refrigeración.
Además, la edad biológica se estimó mediante biomarcadores clínicos.
No mediante un único reloj epigenético ni mediante una medición directa del “envejecimiento celular”.
Por ello, los resultados deben interpretarse como evidencia de una asociación y una hipótesis biológica que necesita confirmación.
La siguiente generación de investigaciones tendrá que responder preguntas todavía más interesantes:
¿El efecto desaparece cuando termina la exposición?
¿El organismo puede recuperarse?
¿Existe un punto a partir del cual el daño se vuelve persistente?
¿La exposición acumulada durante décadas deja una huella permanente?
¿Las personas metabólicamente sanas resisten mejor?
¿Dormir mal durante las olas de calor aumenta el efecto?
¿La deshidratación es una pieza central del mecanismo?
¿La contaminación atmosférica y el calor actúan conjuntamente?
Y quizá una de las preguntas más importantes:
¿las medidas de adaptación al calor pueden frenar o revertir esta aceleración biológica?
El nuevo mapa de la longevidad
La longevidad ya no puede estudiarse únicamente desde la genética, la alimentación, el ejercicio o los hábitos de sueño. El entorno también importa.
La temperatura a la que vivimos, trabajamos y dormimos puede convertirse en un factor más dentro de la ecuación del envejecimiento saludable.
Esto modifica también la forma en que debemos entender las políticas contra el cambio climático.
Reducir las emisiones de gases de efecto invernadero no es solamente una estrategia ambiental.
También puede ser una estrategia de prevención sanitaria.
Y adaptarse al calor tampoco significa únicamente emitir alertas cuando el termómetro sube.
Significa diseñar ciudades con más sombra y vegetación, mejorar las viviendas, garantizar acceso al agua, proteger a trabajadores expuestos, adaptar horarios de actividad física, fortalecer los sistemas de alerta temprana y garantizar espacios seguros y frescos para las personas más vulnerables.
La OMS recomienda precisamente desarrollar planes de acción frente al calor que identifiquen a las poblaciones de mayor riesgo y establezcan mecanismos de prevención, alerta y respuesta.
Una nueva forma de pensar el cambio climático
Durante décadas hablamos del cambio climático como un problema de glaciares, bosques, océanos y temperaturas.
Después quedó claro que también era un problema de salud.
Ahora comienza a aparecer otra dimensión: el cambio climático podría estar interactuando con los procesos biológicos que determinan cuánto y cómo envejecemos.
El calor extremo no necesariamente termina cuando el termómetro vuelve a bajar.
Podría dejar una huella metabólica. Podría alterar procesos celulares. Podría aumentar la carga fisiológica sobre órganos que ya enfrentan el desgaste propio de la edad.
Y, si futuras investigaciones confirman estos resultados, las olas de calor tendrían que ser consideradas no solamente como episodios meteorológicos peligrosos, sino como factores ambientales capaces de modificar la trayectoria del envejecimiento humano.
La ciencia todavía no puede decir que cada ola de calor nos “robe” meses de vida.
Pero sí empieza a decir algo mucho más inquietante:
el calor extremo podría estar haciendo que nuestro organismo envejezca más rápido.
Y en un planeta donde las olas de calor son cada vez menos excepcionales, la pregunta ya no es solamente cuánto calor podemos soportar.
La pregunta es cuánto tiempo puede soportarlo nuestro organismo sin pagar un costo biológico acumulativo.



