Con la participación de dos de las voces más influyentes a nivel internacional en el estudio del impacto de las redes sociales sobre la infancia y la adolescencia, el Gobierno de México inició una discusión nacional que podría derivar en una nueva política pública para regular el uso de teléfonos celulares en las escuelas y replantear la relación de niñas, niños y adolescentes con las plataformas digitales.
Durante la conferencia matutina encabezada por la presidenta Claudia Sheinbaum, participaron como invitados especiales Jonathan Haidt, profesor de Psicología de la Universidad de Nueva York y autor del libro La generación ansiosa, considerado una referencia mundial sobre los efectos de los teléfonos inteligentes y las redes sociales en la salud mental de los jóvenes, así como Arturo Béjar, ingeniero mexicano que dirigió los equipos de Ingeniería de Protección y Bienestar en Facebook (hoy Meta) y uno de los principales denunciantes de las prácticas de diseño que, desde el interior de la industria tecnológica, han privilegiado la captación de la atención de los usuarios por encima de su bienestar.
La presencia de ambos especialistas dio un sustento científico y técnico al debate impulsado por el Gobierno de México. Mientras Haidt expuso la evidencia acumulada durante más de una década sobre el deterioro de la salud mental, el aprendizaje y las habilidades sociales asociado con el uso intensivo de redes sociales, Béjar explicó desde la perspectiva de quien participó en el desarrollo de estas plataformas cómo los algoritmos, las notificaciones, el scroll infinito y los sistemas de recomendación fueron diseñados para prolongar el tiempo de permanencia de los usuarios y generar un uso compulsivo.
A partir de estas exposiciones, la discusión dejó de centrarse únicamente en la responsabilidad de madres y padres de familia para plantear una pregunta de fondo: ¿deben las plataformas digitales asumir responsabilidades similares a las que hoy tienen industrias cuyos productos pueden afectar la salud pública?
El algoritmo como arquitecto del comportamiento
Uno de los puntos centrales del debate consiste en reconocer que las plataformas digitales no funcionan como herramientas neutrales.
Cada interacción del usuario alimenta sistemas de inteligencia artificial capaces de aprender qué contenido mantiene mayor tiempo frente a la pantalla. A partir de ello, los algoritmos personalizan recomendaciones cuyo objetivo principal no es educar ni informar, sino maximizar el tiempo de permanencia en la aplicación.
Este diseño incorpora elementos como el scroll infinito, la reproducción automática de videos, las notificaciones constantes y los sistemas de recompensa social mediante “likes”, seguidores o visualizaciones.
En conjunto, estos mecanismos crean un ciclo de retroalimentación que puede derivar en un uso compulsivo, particularmente entre personas cuyo cerebro aún se encuentra en desarrollo.
La infancia basada en el teléfono
Jonathan Haidt, profesor de la Universidad de Nueva York y autor del libro La generación ansiosa, sostuvo que entre 2010 y 2015 ocurrió una transformación sin precedentes.
La infancia basada en el juego fue sustituida por una infancia organizada alrededor del teléfono inteligente.
Según explicó, esta transición coincide con el incremento internacional de trastornos como ansiedad, depresión, autolesiones, problemas de imagen corporal, disminución de la atención y dificultades para el aprendizaje.
Para Haidt, el problema no reside únicamente en el tiempo frente a las pantallas, sino en el tipo de experiencias digitales que consumen los menores.
Mientras ver una película completa exige atención sostenida y procesos cognitivos complejos, el consumo permanente de videos cortos produce una estimulación continua basada en recompensas inmediatas que modifica los patrones de atención.
El diseño detrás de la adicción
Arturo Béjar, exdirector de Ingeniería de Protección y Bienestar en Facebook y uno de los principales denunciantes sobre el funcionamiento interno de las plataformas digitales, explicó que los productos actuales combinan seis componentes diseñados específicamente para mantener cautiva la atención.
Entre ellos destacan el desplazamiento infinito de contenido, la reproducción automática, los algoritmos de recomendación, las notificaciones constantes, los indicadores públicos de popularidad y la presión social derivada de que todos los contactos participan en la misma plataforma.
Béjar sostiene que ninguno de estos elementos es accidental.
Todos responden a modelos de negocio cuyo principal activo es la atención del usuario.
Mientras mayor sea el tiempo de permanencia, mayor es el volumen de información recopilada y mayores son los ingresos publicitarios.
Los daños documentados
Durante la conferencia se presentaron resultados de investigaciones realizadas con cientos de miles de usuarios adolescentes.
De acuerdo con Béjar, una proporción significativa reportó haber recibido contenido relacionado con trastornos alimentarios, autolesiones, suicidio o acoso sexual en periodos muy cortos de tiempo.
El especialista subrayó que estos riesgos no aparecen únicamente porque exista contenido dañino en internet, sino porque los algoritmos aprenden rápidamente qué tipo de publicaciones capturan la atención de cada persona y posteriormente incrementan su exposición.
Así, una búsqueda ocasional sobre dietas puede convertirse en pocos minutos en una secuencia continua de mensajes relacionados con extrema delgadez, pérdida de peso o trastornos alimentarios.
Del control parental a la regulación
Quizá el cambio conceptual más importante presentado durante la conferencia consiste en desplazar parte de la responsabilidad desde las familias hacia las empresas tecnológicas.
Durante años las plataformas sostuvieron que la seguridad dependía principalmente del control parental.
Los especialistas consideran insuficiente este argumento.
La comparación utilizada fue contundente: del mismo modo que los padres no diseñan los sistemas de frenos de un automóvil ni verifican la composición química de un juguete, tampoco deberían ser los únicos responsables de enfrentar tecnologías deliberadamente diseñadas para generar dependencia.
Esta visión acerca el problema al terreno de la salud pública.
¿Qué propone México?
La presidenta Claudia Sheinbaum anunció que durante agosto continuará un proceso nacional de consulta con especialistas, universidades, docentes, madres y padres de familia.
El objetivo es presentar, antes del inicio del próximo ciclo escolar, una propuesta de política pública enfocada inicialmente en las escuelas.
Entre las medidas que se analizan se encuentran restringir el uso de teléfonos celulares durante toda la jornada escolar, fortalecer programas de salud mental mediante la estrategia “ABC de las Emociones”, distribuir más de 15 millones de guías para docentes, estudiantes y familias, y abrir un debate sobre una eventual regulación de las plataformas digitales.
La mandataria insistió en que no se trata de prohibir la tecnología, sino de construir consensos sociales para proteger el desarrollo infantil.
Lo que está ocurriendo en el mundo
México no llega tarde al debate.
Australia aprobó restricciones para impedir que menores de 16 años abran cuentas en redes sociales.
Diversos estados de Estados Unidos han eliminado el uso de teléfonos durante toda la jornada escolar.
Francia, Países Bajos, Italia y otras naciones europeas han fortalecido políticas para reducir el uso de dispositivos móviles dentro de las escuelas.
Indonesia también ha sido citada como ejemplo por impulsar regulaciones enfocadas en las funciones de las plataformas y no exclusivamente en sus contenidos.
La tendencia internacional apunta hacia un principio común: proteger el desarrollo neurológico y emocional de niñas, niños y adolescentes antes que preservar modelos comerciales basados en la economía de la atención.
Más allá de la tecnología
La discusión abierta por el Gobierno de México plantea una pregunta mucho más profunda que el simple uso del teléfono celular.
¿Qué tipo de infancia quiere construir una sociedad hiperconectada?
Los especialistas coinciden en que el verdadero desafío consiste en recuperar espacios para el juego, la convivencia presencial, la lectura, la creatividad y el desarrollo de habilidades sociales que difícilmente pueden sustituirse mediante una pantalla.
La evidencia científica disponible muestra que las plataformas digitales no son únicamente herramientas de comunicación. También son entornos cuidadosamente diseñados para competir por el recurso más valioso del siglo XXI: la atención humana.
Por ello, el debate que comienza en México trasciende el ámbito educativo. Se trata de definir hasta dónde debe llegar la responsabilidad del Estado frente a tecnologías capaces de modificar hábitos, emociones, procesos de aprendizaje y formas de interacción social desde los primeros años de vida.
Las decisiones que se adopten en los próximos meses podrían marcar el inicio de una nueva etapa en la regulación del ecosistema digital mexicano y abrir una discusión que, más que tecnológica, es profundamente ética, sanitaria y educativa.



