La discusión sobre dispositivos digitales en las escuelas entra en una segunda etapa: del tiempo frente a las pantallas al impacto sobre la atención, el pensamiento crítico y los vínculos sociales. El reto para México será construir reglas que no confundan regulación con prohibición y que permitan aprovechar la tecnología sin entregar el aprendizaje a la lógica de las plataformas.
El debate sobre el impacto de las plataformas digitales en niñas, niños y adolescentes dio este lunes un nuevo paso en México. Después de analizar los efectos de las redes sociales y los dispositivos sobre el bienestar de las nuevas generaciones, la discusión llegó ahora al lugar donde ocurre una parte fundamental de su desarrollo: la escuela.
Durante la Mañanera del Pueblo, el Gobierno federal puso sobre la mesa una pregunta que parece sencilla, pero que tiene implicaciones profundas: ¿qué ocurre con el aprendizaje cuando el teléfono celular compite permanentemente por la atención de un estudiante?
La discusión no se limita a decidir si los teléfonos deben permanecer dentro de las aulas o ser retirados. El problema de fondo es más complejo: las tecnologías digitales están modificando los hábitos de atención, la manera de procesar información y, potencialmente, la forma en que niñas, niños y adolescentes construyen conocimiento.
237 notificaciones al día: cuando la interrupción se convierte en parte del aprendizaje
El secretario de Educación Pública, Mario Delgado Carrillo, presentó durante la conferencia un dato que permite dimensionar el problema.
De acuerdo con un estudio de la UNESCO citado por el funcionario, estudiantes de escuelas de Estados Unidos reciben en promedio 237 notificaciones al día, y aproximadamente 23 por ciento ocurre durante el horario escolar.
El dato no significa que cada notificación sea necesariamente perjudicial. El problema está en la interrupción constante.
Aprender requiere atención sostenida. Leer un texto complejo, resolver un problema matemático, comprender un fenómeno científico o construir un argumento exige mantener información activa durante un periodo determinado y relacionarla con conocimientos previos.
Una notificación introduce, en cambio, un estímulo externo que reclama una respuesta inmediata.
Incluso cuando el estudiante no responde al mensaje, la interrupción puede romper el proceso cognitivo que estaba desarrollando. Y regresar al punto exacto en el que se encontraba antes de la distracción no necesariamente ocurre de manera instantánea.
Delgado señaló que recuperar la concentración puede tomar hasta 20 minutos, lo que convierte cada interrupción en algo más que unos cuantos segundos perdidos.
El efecto acumulativo puede ser considerable: una jornada escolar fragmentada por múltiples estímulos digitales deja menos espacio para la concentración profunda.
El cambio silencioso: de la atención profunda a la hiperatención
La pedagoga y docente investigadora Yareni Annalie Domínguez Delgado planteó una de las dimensiones más relevantes de esta discusión: no sólo está cambiando la tecnología que utilizan los estudiantes, también puede estar cambiando la manera en que aprenden.
La especialista habló del desplazamiento de una atención profunda y sostenida hacia una atención fragmentada y una denominada hiperatención, caracterizada por saltos rápidos entre diferentes estímulos.
La diferencia es fundamental.
La atención sostenida permite permanecer durante un periodo prolongado frente a un problema. Es la que necesitamos para leer, escribir, investigar, comparar argumentos, formular hipótesis y equivocarnos hasta encontrar una respuesta.
La atención fragmentada privilegia, en cambio, la velocidad, la novedad y la alternancia constante.
El riesgo educativo aparece cuando esta segunda modalidad se convierte en el patrón dominante.
Porque el pensamiento crítico no funciona necesariamente a la velocidad de un desplazamiento de pantalla.
Comprender requiere tiempo.
Tiempo para detenerse, procesar, relacionar, cuestionar, contrastar y evaluar. Precisamente los procesos que, de acuerdo con Domínguez Delgado, pueden verse desplazados por una exposición permanente a estímulos digitales.
Esto introduce una paradoja: las plataformas pueden ofrecer acceso prácticamente ilimitado a información, pero tener acceso a más información no significa automáticamente comprender mejor.
El aula frente a una industria diseñada para captar atención
Aquí aparece uno de los puntos centrales del debate internacional sobre tecnología y educación.
Las escuelas intentan construir atención. Las plataformas digitales, en muchos casos, compiten por capturarla.
No se trata necesariamente de atribuir una intención negativa a cada aplicación o dispositivo. Se trata de entender que buena parte de la economía digital funciona alrededor de la atención de los usuarios.
Notificaciones, reproducción automática, desplazamiento infinito, recomendaciones personalizadas y contenidos breves son mecanismos que reducen la fricción para continuar consumiendo información.
El aula funciona bajo una lógica distinta.
Un maestro puede pedir a sus estudiantes que lean durante 20 minutos un texto que inicialmente no les resulta atractivo. Puede pedirles que resuelvan un problema antes de conocer la respuesta. Puede hacerlos esperar, equivocarse, argumentar y volver a intentar.
La pedagogía necesita precisamente esos momentos de esfuerzo cognitivo.
Por eso, el debate sobre el celular en las escuelas no debería reducirse a la pregunta de si el dispositivo es “bueno” o “malo”. La pregunta más importante es qué tipo de experiencia cognitiva estamos construyendo alrededor de él.
Sheinbaum: el objetivo no es prohibir por prohibir
La presidenta Claudia Sheinbaum insistió en que el Gobierno no plantea una discusión basada exclusivamente en la prohibición.
Su posición introduce un elemento importante: la alfabetización digital debe incluir también el conocimiento de los efectos que la tecnología puede tener sobre quienes la utilizan.
La tecnología puede ser una herramienta educativa. Un teléfono puede convertirse en una cámara para documentar un experimento, una herramienta para consultar información, un dispositivo para acceder a una biblioteca digital o un instrumento para utilizar sistemas de inteligencia artificial.
Pero el mismo dispositivo puede convertirse en una fuente permanente de distracción.
La diferencia no está únicamente en el aparato. Está en el contexto, el propósito, el diseño de la herramienta y la capacidad del usuario para regular su utilización.
Por eso Sheinbaum planteó que niñas y niños deben conocer el impacto que estos dispositivos pueden tener sobre su desarrollo.
La discusión adquiere así una dimensión de educación digital: no basta con enseñar a utilizar una aplicación; también es necesario enseñar cómo funciona, qué busca captar nuestra atención y qué consecuencias puede tener su uso continuo.
La inteligencia artificial agrega una nueva capa al problema
La discusión se vuelve todavía más compleja con la expansión de la inteligencia artificial.
Las herramientas de IA pueden ayudar a explicar conceptos, traducir textos, generar ejercicios, apoyar a estudiantes con diferentes necesidades y facilitar el trabajo docente.
Pero también pueden eliminar parte del esfuerzo cognitivo que tradicionalmente forma parte del aprendizaje.
Si una herramienta genera inmediatamente una respuesta, un ensayo, una explicación o una solución, surge una pregunta fundamental:
¿el estudiante está aprendiendo o simplemente está obteniendo una respuesta?
La diferencia es crucial.
La educación no consiste únicamente en llegar al resultado correcto. También implica desarrollar la capacidad para formular preguntas, identificar errores, evaluar información, construir argumentos y resolver problemas de manera autónoma.
Por ello, la llegada de la IA obliga a replantear no sólo qué dispositivos se permiten en las escuelas, sino también qué significa aprender y evaluar conocimientos en una época en la que una máquina puede producir respuestas en segundos.
El problema también está fuera del salón de clases
Durante la conferencia, la profesora Sandra Ortega Rivero, con casi tres décadas frente a grupo, llevó la discusión a otro terreno: la familia.
La docente relató experiencias en las que niñas y niños no podían responder preguntas sencillas sobre los gustos de sus padres, una situación que interpretó como una señal de debilitamiento de los espacios de convivencia.
El ejemplo es revelador porque muestra que el problema no termina cuando suena el timbre de salida.
El celular acompaña al estudiante a casa.
Está durante la comida, mientras hace la tarea, durante los momentos de descanso y, en muchos casos, también antes de dormir.
Por eso, una política escolar aislada difícilmente resolverá por sí sola el problema.
Si la escuela intenta recuperar la atención durante algunas horas, pero el resto del día está dominado por estímulos digitales constantes, el reto seguirá presente.
La solución requiere participación de escuela, familias, estudiantes, autoridades y también de las propias empresas que diseñan las plataformas.
La pregunta incómoda: ¿quién debe regular la atención?
Hasta ahora, buena parte de la responsabilidad ha recaído en los usuarios.
Se les pide a niñas, niños y adolescentes que aprendan a controlar el tiempo que pasan frente a una pantalla.
Pero existe una asimetría evidente.
Un menor de edad tiene capacidades limitadas para autorregularse frente a productos digitales diseñados por equipos de especialistas en ingeniería, psicología, diseño de producto y análisis de datos.
Por eso, el debate internacional que ha impulsado figuras como Jonathan Haidt, autor de La generación ansiosa, ha planteado la necesidad de revisar el diseño y las reglas de las plataformas, además de las responsabilidades individuales.
En México, durante las discusiones anteriores también participó Arturo Béjar, quien ha señalado desde su experiencia dentro de la industria tecnológica la necesidad de transformar los mecanismos con los que las plataformas responden a problemas relacionados con menores de edad.
La discusión, por tanto, empieza a cambiar de escala.
Ya no se trata únicamente de decirle a un adolescente: “usa menos el celular”.
La pregunta es también qué responsabilidad tienen quienes diseñan las plataformas, qué herramientas de protección ofrecen y qué incentivos existen para mantener a los usuarios conectados durante el mayor tiempo posible.
No se trata de regresar al mundo sin tecnología
Existe otro riesgo en esta discusión: convertir la preocupación legítima por el uso excesivo de las pantallas en una especie de nostalgia tecnológica.
La escuela no puede ignorar el mundo digital porque los estudiantes viven en él.
Tampoco sería razonable formar a una generación que no conozca las herramientas de inteligencia artificial, los sistemas digitales de información o las nuevas formas de comunicación.
El desafío es diferente.
Se trata de que la tecnología permanezca al servicio del aprendizaje y no que el aprendizaje termine adaptándose a la lógica de la tecnología.
Un buen uso educativo de un dispositivo debería ampliar las capacidades del estudiante, no sustituirlas.
La pregunta debería ser menos “¿puede utilizarse un celular?” y más:
¿para qué se está utilizando?, ¿qué aprendizaje genera?, ¿qué habilidades desarrolla?, ¿qué costo tiene sobre la atención? y ¿qué alternativas existen?
México enfrenta ahora la parte difícil del debate
La primera etapa de esta discusión permitió poner sobre la mesa los efectos de las plataformas digitales sobre niñas, niños y adolescentes.
La segunda lleva el problema al terreno educativo.
Y aquí comienza la parte más difícil: convertir la preocupación en políticas públicas eficaces.
Una eventual regulación de los celulares en las escuelas deberá considerar las diferencias entre niveles educativos, edades, contextos sociales y necesidades pedagógicas.
También tendrá que establecer qué ocurre en una emergencia, cuándo un dispositivo puede utilizarse con fines educativos, cómo se involucra a las familias y qué herramientas tendrán los docentes para hacer cumplir las reglas.
Pero hay una cuestión todavía más profunda.
La escuela puede enseñar a desconectarse durante algunas horas. Lo verdaderamente importante será enseñar a recuperar el control sobre la atención.
Porque en la economía digital, la atención se ha convertido en un recurso de enorme valor.
Y si aprender requiere atención, entonces proteger la capacidad de niñas, niños y adolescentes para concentrarse, cuestionar y pensar profundamente no es una batalla contra la tecnología.
Es una condición para que puedan utilizarla sin convertirse en sus usuarios cautivos.
El verdadero debate
La discusión que México está comenzando no debería terminar en una guerra entre quienes quieren prohibir los celulares y quienes defienden la tecnología.
El desafío es mucho más interesante y también mucho más complejo:
¿Cómo diseñar una educación capaz de aprovechar la potencia de la tecnología sin sacrificar aquello que la tecnología todavía no puede sustituir: la concentración, el pensamiento crítico, la curiosidad, la conversación, la convivencia y la capacidad humana de aprender con otros?
La respuesta no estará únicamente en el aula.
Tampoco en la familia.
Y mucho menos en un teléfono.
Estará en la capacidad de la sociedad para decidir qué lugar quiere que ocupe la tecnología en la formación de la próxima generación.



