Entre el aroma del pan recién horneado y el color del cempasúchil, una de las celebraciones más entrañables de México también revela el trabajo, los conocimientos y la economía de miles de personas que mantienen viva nuestra memoria colectiva.
Cada año, cuando octubre comienza a despedirse, México se transforma. Las casas se llenan de flores naranjas, las mesas se preparan para recibir a quienes ya no están y el aroma del pan de muerto anuncia que se acerca uno de los momentos más significativos de nuestra identidad cultural: el Día de Muertos.
En cada ofrenda hay mucho más que flores, veladoras y alimentos. Hay historias familiares, recuerdos que se resisten al olvido, recetas transmitidas de generación en generación y manos que trabajan durante meses para que esta tradición llegue a millones de hogares.
Detrás de cada pieza de pan de muerto y de cada ramo de cempasúchil existe también una extensa cadena de valor que conecta el campo con la ciudad, los pequeños negocios con los grandes centros de distribución y los saberes tradicionales con nuevas formas de producción y comercialización.
Esta dimensión cultural, humana y económica fue el eje de la experiencia con medios ¿Sabes qué hay detrás del Día de Muertos?, organizada por el Consejo de la Comunicación en vísperas de esta celebración.
“Además de todo el valor cultural de estas fechas, hoy queremos también hablar sobre cómo detrás de esta tradición hay una importante cadena de valor, con una gran dimensión económica y social”, señaló Salvador Villalobos, presidente ejecutivo del Consejo de la Comunicación.

Hoy comienza el regreso: primero, las mascotas; después, nuestros seres queridos
Este 27 de octubre comienza, para muchas familias mexicanas, uno de los momentos más emotivos de la celebración: la llegada simbólica de las mascotas que ya partieron. Perros, gatos y otros animales que dejaron huellas imborrables en nuestros hogares son recordados con fotografías, flores, agua y algunos de sus alimentos favoritos, en altares preparados especialmente para recibirlos.
Su llegada inaugura una temporada en la que la memoria se convierte en una forma de encuentro. De acuerdo con las creencias y costumbres populares, el calendario de las ofrendas continúa con la llegada de las almas de los niños y, posteriormente, de los adultos, hasta culminar con el recuerdo de nuestros ancestros y de las personas mayores que han partido.
Las fechas y las formas de celebrar varían entre comunidades y familias, pero el sentimiento permanece: preparar un espacio para quienes ya no están, compartir aquello que disfrutaban en vida y mantener vivo el vínculo que el tiempo no consigue borrar.
En estos días, el cempasúchil traza caminos de color naranja, las veladoras iluminan las fotografías y el pan de muerto ocupa un lugar especial en las mesas. Cada elemento tiene un significado, pero también una historia de trabajo y dedicación detrás.
Así, mientras México se prepara para recibir simbólicamente a sus seres queridos, miles de productores, floricultores, panaderos, transportistas y comerciantes trabajan para que las ofrendas estén listas. La tradición reúne dos dimensiones inseparables: la intimidad de los recuerdos familiares y una cadena económica que sostiene a numerosas familias.
Porque antes de que una flor llegue al altar o un pan se coloque junto a una fotografía, hay manos que sembraron, cosecharon, amasaron y transportaron. Manos que, sin saberlo, también contribuyen a preparar ese espacio donde la ausencia se vuelve recuerdo y el recuerdo se transforma en amor.
Pan de muerto: el sabor que nos devuelve a casa
Hay sabores que forman parte de nuestra memoria. El pan de muerto es uno de ellos.
Su aroma evoca la infancia, las reuniones familiares, las visitas al mercado y las tardes en las que compartir un pan y una taza de chocolate se convierte en una manera sencilla de estar juntos. Su presencia en las ofrendas expresa el vínculo entre quienes permanecen y quienes viven en el recuerdo.
Pero detrás de ese símbolo hay un oficio que exige técnica, experiencia y creatividad. Desde la selección de los ingredientes hasta el amasado, el horneado y la decoración, cada pieza es resultado del trabajo de panaderas y panaderos que, año con año, hacen posible que esta tradición conserve su lugar en la vida cotidiana de los mexicanos.
Julián Castañón, presidente de la Cámara Nacional de la Industria Panificadora y Similares de México (CANAINPPA), destacó la importancia cultural del pan de muerto, así como el papel de la capacitación y la innovación para mantener viva esta costumbre.
Las estimaciones sectoriales para 2026 dimensionan la relevancia de esta actividad: se proyecta la comercialización de aproximadamente 4.545 millones de kilogramos de pan de muerto en el país, con un precio promedio de 227.50 pesos por kilogramo y un valor estimado de ventas de 1,034 millones de pesos.
Detrás de estas cifras hay panaderías de barrio, negocios familiares, trabajadores, proveedores y comerciantes que encuentran en esta temporada una oportunidad para sostener sus actividades.
La tradición, además, no tiene una sola forma. En distintas regiones de México, el pan de muerto adopta figuras, ingredientes y técnicas propias. A las variedades tradicionales se suman nuevas propuestas de rellenos y sabores, una muestra de que la cultura también evoluciona sin perder sus raíces.
Cada pan cuenta, a su manera, una historia de pertenencia.

Cempasúchil: el color de la memoria nace en el campo
Si el pan de muerto convoca a través del aroma, el cempasúchil lo hace con su color intenso y su presencia inconfundible.
Su naranja ilumina las ofrendas, acompaña los caminos simbólicos que conducen a los altares y llena de vida los mercados durante los últimos días de octubre y los primeros de noviembre. Es una flor profundamente ligada a la manera en que México recuerda a sus muertos.
Sin embargo, antes de llegar a una casa, a un panteón o a una ofrenda, el cempasúchil recorre un largo camino que comienza con el trabajo de quienes preparan la tierra, siembran, cuidan y cosechan las plantas.
De acuerdo con las estimaciones presentadas por el Consejo Mexicano de Flores y Plantas Ornamentales (CONMEXFLOR), alrededor de 2,000 productores cultivan comercialmente cempasúchil de corte y de maceta para esta temporada.
La producción se estima en aproximadamente dos millones de manojos de flor de corte y 20 millones de plantas en maceta, con una derrama económica cercana a los 400 millones de pesos.
Puebla, Morelos, Estado de México, Ciudad de México, Michoacán, Hidalgo y San Luis Potosí se encuentran entre las principales entidades productoras.
En estos territorios, el cultivo de la flor representa mucho más que una actividad comercial: es una fuente de ingresos para numerosas familias y una expresión de conocimientos agrícolas que forman parte del patrimonio vivo del país.
La producción combina semillas importadas con variedades criollas que se conservan en distintas comunidades. En esa convivencia entre técnicas, mercados y saberes locales también se juega una parte del futuro de esta tradición.
Porque preservar el cempasúchil implica reconocer no solo su belleza, sino también el trabajo de quienes lo cultivan y la importancia de conservar la diversidad agrícola mexicana.
La Central de Abasto: donde la tradición se convierte en movimiento
El recorrido de la flor continúa en los centros de distribución y los mercados, donde miles de personas participan en su traslado y comercialización.
En la Central de Abasto de la Ciudad de México, la temporada de Día de Muertos intensifica la actividad. El recinto cuenta con romerías especializadas en cempasúchil, calabaza y camote, y amplía sus horarios de operación hasta las 24 horas para atender la demanda.
Luis Uriel Dueñas Gama, coordinador de Operaciones del Fideicomiso para la Construcción y Operación de la Central de Abasto, destacó la importancia de este espacio para el abastecimiento y la comercialización de los productos destinados a las ofrendas.
De acuerdo con las cifras compartidas durante el encuentro, se registra una afluencia habitual de alrededor de 600 camiones diarios de cempasúchil. En el conjunto de las operaciones del recinto participan entre 300 mil y 400 mil personas y alrededor de 50 mil vehículos que llegan para cargar y descargar mercancías.
La dimensión de esta actividad permite comprender que una tradición también moviliza una compleja red de trabajo: productores, transportistas, cargadores, comerciantes mayoristas y minoristas, proveedores y familias enteras que dependen de estas actividades.
Antes de que una flor llegue a una ofrenda, muchas manos han intervenido en su recorrido. Y antes de que un pan ocupe un lugar en la mesa, también hubo personas que dedicaron tiempo, esfuerzo y conocimiento a elaborarlo.

Una economía que también tiene memoria
El Día de Muertos muestra una relación profunda entre cultura y economía. Las tradiciones no permanecen vivas únicamente porque las recordamos: también necesitan de las personas que las practican, de los oficios que las hacen posibles y de las comunidades que transmiten sus conocimientos.
El pan de muerto y el cempasúchil son ejemplos de esa relación. Su valor no se limita a las ventas que generan ni a la actividad comercial que movilizan. También reside en su capacidad para reunir a las familias, fortalecer la identidad de las comunidades y dar continuidad a prácticas que forman parte de nuestra historia.
Hablar de esta cadena de valor significa mirar más allá del producto terminado. Significa reconocer a la persona que amasa desde la madrugada, a quien cuida las flores en el campo, a quien transporta la mercancía durante la noche y a quien abre su puesto para que las familias encuentren lo necesario para preparar sus altares.
En cada uno de esos trabajos hay una parte de la celebración.
La experiencia organizada por el Consejo de la Comunicación incluyó una demostración de elaboración de pan de muerto a cargo de un maestro panadero, un acercamiento al conocimiento y la técnica que se encuentran detrás de este alimento emblemático.
La actividad permitió recordar que las tradiciones también se preservan mediante el aprendizaje, la práctica y el reconocimiento de quienes las mantienen vivas.
Recordar también es cuidar lo que somos
En México, recordar a quienes han muerto es una forma de mantenerlos presentes en nuestra vida. Una fotografía, una veladora, una flor o un alimento pueden despertar historias que permanecen con nosotros mucho después de que termina la celebración.
Por eso, el pan de muerto y el cempasúchil significan tanto. Son productos de una economía que trabaja, pero también símbolos de una cultura que se niega a olvidar.
Su recorrido, del campo a los mercados y de las panaderías a los hogares, revela una red de personas cuyo esfuerzo hace posible que cada año se renueve una de las expresiones más representativas de la identidad mexicana.



