Voyager 1: casi 50 años de viaje y rumbo a un día luz de la Tierra

La sonda de la NASA alcanzará este hito el 18 de noviembre de 2026, cuando se encuentre a más de 25 mil millones de kilómetros de nuestro planeta. Lanzada en 1977, exploró Júpiter y Saturno y desde 2012 viaja por el espacio interestelar.

La sonda Voyager 1, el objeto construido por el ser humano que más lejos ha llegado en el espacio, alcanzará un nuevo hito el próximo 18 de noviembre: estará a un día luz de la Tierra, una distancia de aproximadamente 25 mil 902 millones de kilómetros.

De acuerdo con la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio de Estados Unidos (NASA), la nave llegará a esa distancia a las 2:16 horas, tiempo del Pacífico. Una señal de radio enviada desde la Tierra tardará entonces cerca de 24 horas en llegar a la sonda, y una respuesta desde la nave necesitará un tiempo similar para regresar.

Lanzada el 5 de septiembre de 1977, la Voyager 1 lleva casi cinco décadas recorriendo el espacio. Su misión original consistía en estudiar los planetas gigantes del sistema solar, pero la nave superó sus objetivos iniciales y se convirtió en la primera en ingresar al espacio interestelar.

De la Tierra a Júpiter y Saturno

La Voyager 1 despegó desde Cabo Cañaveral, Florida, a bordo de un cohete Titan IIIE-Centaur. Aunque fue lanzada después de su gemela, la Voyager 2, siguió una trayectoria más rápida y la adelantó el 15 de diciembre de 1977.

Durante los primeros meses de viaje, atravesó el cinturón de asteroides y comenzó las observaciones de Júpiter en 1979. Su aproximación más cercana al planeta ocurrió el 5 de marzo de ese año, cuando pasó a unos 280 mil kilómetros de sus nubes superiores.

La sonda envió miles de imágenes que permitieron estudiar con mayor detalle la atmósfera, el campo magnético y los satélites jovianos. Entre sus hallazgos estuvieron un tenue sistema de anillos alrededor de Júpiter y dos lunas que no se conocían: Tebe y Metis.

Las observaciones también revelaron la intensa actividad volcánica de Ío, uno de los satélites naturales del planeta, un descubrimiento que amplió el conocimiento sobre la actividad geológica fuera de la Tierra.

Después de aprovechar la gravedad de Júpiter para modificar su trayectoria, la nave continuó hacia Saturno. El 12 de noviembre de 1980 pasó a unos 126 mil kilómetros del planeta y estudió sus anillos, su atmósfera y varias de sus lunas.

Uno de los objetivos principales de ese encuentro fue Titán, el mayor satélite de Saturno. La Voyager 1 detectó una atmósfera densa, compuesta principalmente de nitrógeno, que impedía observar directamente la superficie. Los datos obtenidos ayudaron a convertir a Titán en un objetivo prioritario para futuras misiones.

La trayectoria elegida para acercarse a esa luna desvió a la Voyager 1 hacia el norte, fuera del plano en el que orbitan los planetas. Por ello, no continuó hacia Urano y Neptuno, que fueron explorados posteriormente por la Voyager 2.

La Tierra vista desde miles de millones de kilómetros

En febrero de 1990, cuando se encontraba a unos seis mil millones de kilómetros de la Tierra, la Voyager 1 giró sus cámaras hacia el sistema solar para tomar una serie de fotografías conocidas como el “retrato de familia”.

Entre esas imágenes se encontraba la fotografía de nuestro planeta que inspiró al astrónomo Carl Sagan para popularizar la expresión Un punto azul pálido: la Tierra aparece como un pequeño punto de luz suspendido en la inmensidad del espacio.

Las cámaras de la nave fueron apagadas ese mismo año para ahorrar energía. Desde entonces, la misión se ha concentrado en medir las condiciones físicas del entorno espacial a través de sus instrumentos científicos.

En 1998, la Voyager 1 superó a la sonda Pioneer 10 y se convirtió en el objeto fabricado por el ser humano más distante de la Tierra.

La primera nave en el espacio interestelar

El 25 de agosto de 2012, la Voyager 1 cruzó la heliopausa, la frontera de la heliosfera, la región dominada por el viento solar y el campo magnético del Sol. Se convirtió así en la primera nave espacial en entrar al espacio interestelar.

Este límite no debe confundirse con el final absoluto del sistema solar. La influencia gravitacional del Sol se extiende mucho más allá de los planetas, hasta regiones remotas como la nube de Oort, que la Voyager 1 tardará miles de años en atravesar.

Desde el espacio interestelar, la sonda ha seguido enviando mediciones sobre partículas, ondas de plasma y campos magnéticos. La distancia creciente, sin embargo, y la disminución de la energía disponible obligan al equipo de la NASA a apagar gradualmente algunos instrumentos y sistemas para prolongar la misión.

Un mensaje de la humanidad

La Voyager 1 lleva a bordo un disco de cobre bañado en oro de 30 centímetros de diámetro, preparado para transmitir información sobre la Tierra a una posible civilización extraterrestre que algún día encuentre la nave.

El disco contiene saludos en 55 idiomas, sonidos de la naturaleza y de la vida cotidiana, 90 minutos de música e imágenes que representan aspectos de la diversidad humana y del planeta. También incluye instrucciones simbólicas para reproducir su contenido y referencias para localizar la Tierra mediante púlsares.

La posibilidad de que alguien encuentre el disco es remota, pero su inclusión refleja una dimensión cultural de la misión: además de investigar el espacio, las Voyager llevan un registro de la humanidad más allá de nuestro entorno planetario.

Con casi 50 años de recorrido, la Voyager 1 continúa alejándose del Sol a una velocidad cercana a los 61 mil kilómetros por hora. El próximo 18 de noviembre alcanzará la distancia de un día luz, otro hito en una misión que ha transformado la exploración del sistema solar y nuestra perspectiva sobre el lugar que ocupa la Tierra en el universo.

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