Microplásticos llegan a monos aulladores en Los Tuxtlas

Un estudio encontró estas partículas en 62 de 66 muestras fecales y detectó 31 tipos de polímeros; los investigadores evaluaron su peligro potencial y abren nuevas preguntas sobre la exposición de esta especie amenazada

El plástico está prácticamente en todo lo que usamos. Su bajo costo, resistencia y versatilidad lo han convertido en un material indispensable para una enorme cantidad de productos, pero también han generado una gran acumulación de desechos que pueden permanecer durante largos periodos en el ambiente.

Con el tiempo, parte de estos materiales se fragmenta hasta convertirse en partículas de apenas unos micrómetros o milímetros: los microplásticos. Estas partículas ya no permanecen necesariamente cerca de los lugares donde se utilizaron o desecharon los productos de los que proceden. Pueden desplazarse por el agua, el suelo, el viento y la lluvia y alcanzar distintos componentes de los ecosistemas. Aunque buena parte de la investigación sobre microplásticos se ha concentrado en ambientes marinos, el artículo señala que también están presentes en ecosistemas terrestres y que incluso pueden llegar a áreas naturales protegidas.

Si los microplásticos pueden desplazarse más allá de los lugares donde se generan los residuos, una pregunta adquiere particular relevancia en las áreas naturales protegidas: ¿también pueden estar presentes en estos ecosistemas y alcanzar a especies que viven alejadas de las fuentes directas de contaminación?

Una investigación publicada en la revista Journal of Hazardous Materials Advances buscó responder esa pregunta a partir de una especie que pasa buena parte de su vida en las copas de los árboles: el mono aullador mexicano (Alouatta palliata mexicana).

El estudio, titulado Presence and hazard assessment of microplastics in Mexican howler monkeys (Alouatta palliata ssp. mexicana) of the Los Tuxtlas Biosphere Reserve, Mexico, fue realizado por María Fernanda Alvarez-Velazquez, Jaime Rendon-von Osten, Merle M. Borges-Ramírez, Colin A. Chapman, Andrés M. López-Pérez, Ricardo J. Ortíz-Zárate y Juan Carlos Serio-Silva. El equipo incluye investigadores del Instituto de Ecología, A.C. (INECOL), el Instituto de Ecología, Pesquería y Oceanografía del Golfo de México (EPOMEX) de la Universidad Autónoma de Campeche y otras instituciones internacionales.

Los monos de las copas de Los Tuxtlas

Los Tuxtlas es una de las regiones de mayor biodiversidad de México. La Reserva de la Biosfera, establecida en 1998, tiene una superficie de 155 mil 122 hectáreas, desde el nivel del mar hasta mil 680 metros de altitud, y presenta un clima tropical cálido y húmedo, con una precipitación anual superior a los cuatro mil milímetros.

En este territorio vive el mono aullador mexicano, una subespecie de Alouatta palliata que ocupa el extremo norte de la distribución de esta especie en América Central.

Los investigadores señalan que esta población presenta una diversidad genética menor que la de otras subespecies de A. palliata y que en 2024 fue incluida entre los 25 primates más amenazados del mundo.

El bosque constituye su hábitat y fuente de alimento, pero ese entorno se ha transformado durante las últimas décadas. Desde finales de los años sesenta, la cobertura forestal de la región disminuyó 84 por ciento, principalmente por la agricultura intensiva y la ganadería. Al mismo tiempo, el hábitat de la especie se ha superpuesto con asentamientos humanos en expansión, actividades productivas y extractivas y prácticas inadecuadas de manejo de residuos.

A pesar de estas transformaciones, los monos aulladores mexicanos han continuado desarrollando buena parte de su vida en las copas de los árboles y alimentándose principalmente de hojas y frutos.

Su dependencia del bosque los mantiene en contacto con un ecosistema que también recibe los residuos generados por las actividades humanas.

Este escenario llevó a los investigadores a explorar una posibilidad hasta entonces poco estudiada: que los microplásticos también estuvieran presentes en este ecosistema y que pudieran alcanzar a una especie que desarrolla buena parte de su vida en las copas de los árboles.

¿Por qué estudiar los microplásticos en estos monos?

La investigación parte de una brecha de conocimiento.

Los autores señalan que la contaminación por plástico ha recibido mucha mayor atención científica en ambientes marinos que en terrestres. También existe poca información sobre la presencia de microplásticos en mamíferos terrestres silvestres y sobre las posibles consecuencias de su exposición.

En los primates no humanos, el conocimiento es todavía más limitado. El artículo menciona como antecedente un estudio publicado en 2025 que documentó microplásticos en el estómago de dos monos aulladores rojos (Alouatta juara) en Brasil. Ese trabajo constituye uno de los pocos antecedentes disponibles sobre microplásticos en primates silvestres del continente.

Pero no existía un estudio de este tipo sobre el mono aullador mexicano de Los Tuxtlas.

Además, las características de la región hacían relevante investigar la posibilidad de exposición. El hábitat de los monos se encuentra cerca de asentamientos humanos y de actividades agrícolas, ganaderas, turísticas y extractivas, mientras que existen problemas de manejo de residuos sólidos.

El objetivo del nuevo estudio fue detectar la presencia de microplásticos en las heces de Alouatta palliata mexicana, comparar su abundancia entre diferentes sitios e identificar los polímeros presentes para evaluar su peligro potencial.

Las heces ofrecían una ventaja adicional: permitían estudiar la exposición de los animales mediante un método no invasivo, sin necesidad de capturarlos ni tomar muestras directamente de sus órganos.

¿Cómo se realizó el estudio?

Los investigadores seleccionaron tres sitios dentro de la zona de amortiguamiento de la Reserva de la Biosfera Los Tuxtlas.

Dos fueron considerados perturbados: Montepío y Balzapote, fragmentos de bosque rodeados por asentamientos humanos y con actividades agrícolas, ganaderas y turísticas.

El tercero fue la Reserva Natural Los Amigos, considerada como sitio conservado. Se trata de un fragmento de bosque de 66 hectáreas conectado con otras 200 hectáreas de selva tropical y separado del asentamiento humano más cercano por la laguna de Sontecomapan, a unos tres kilómetros. En el sitio no había carreteras ni actividades extractivas cercanas.

Durante mayo de 2024, los investigadores recolectaron muestras fecales de grupos de monos aulladores mexicanos en cada sitio. Obtuvieron 66 muestras: 25 de Montepío, 23 de Balzapote y 18 de Los Amigos.

Las muestras fueron recolectadas inmediatamente después de la defecación. Para reducir la contaminación se utilizaron guantes de nitrilo y depresores de madera, que eran reemplazados entre muestras. Después, las muestras fueron envueltas en papel aluminio y conservadas en frío.

Posteriormente fueron trasladadas al Laboratorio de Contaminantes Orgánicos Persistentes del Instituto de Ecología, Pesquería y Oceanografía del Golfo de México (EPOMEX), de la Universidad Autónoma de Campeche, donde se realizó el análisis.

En el laboratorio, las muestras fueron secadas y pasadas por tamices de distintos tamaños. El material fue posteriormente examinado mediante microscopía para identificar partículas con características compatibles con microplásticos.

A partir de las muestras se aislaron 645 partículas potencialmente microplásticas. De ellas, 416 fueron sometidas a espectroscopía infrarroja por transformada de Fourier con reflectancia total atenuada (ATR-FTIR), una técnica que permite determinar la composición química de las partículas.

El análisis confirmó que 412 de esas 416 partículas eran de origen sintético.

¿Qué encontraron?

Los microplásticos estuvieron presentes en 62 de las 66 muestras, es decir, en 93.9 por ciento.

La abundancia promedio fue de 1.49 ± 1.63 partículas por gramo de materia fecal seca.

Los investigadores identificaron tres formas principales de partículas: fragmentos, fibras y pellets. Los fragmentos fueron los más abundantes, seguidos por las fibras y los pellets.

También encontraron seis colores, con predominio de partículas negras y cafés.

El hallazgo constituye evidencia de exposición de los monos a microplásticos en la zona estudiada.

Una reserva protegida tampoco está aislada

La selección de tres sitios permitió a los investigadores comparar lugares con diferentes grados de influencia humana.

En principio, podría esperarse que los monos de los sitios más perturbados presentaran una mayor cantidad de microplásticos.

Sin embargo, no hubo diferencias estadísticamente significativas en la abundancia de partículas por gramo de materia fecal entre los tres sitios.

En Montepío se registraron 1.72 partículas por gramo, en Balzapote 1.58 y en Los Amigos 1.05. La diferencia no fue estadísticamente significativa.

Por lo tanto, el estudio no permite afirmar que los monos de las zonas más perturbadas tengan una mayor cantidad de microplásticos en sus heces.

Sí hubo diferencias en otro aspecto: los sitios perturbados presentaron un mayor número de polímeros clasificados dentro de las categorías de peligro utilizadas en el estudio y fueron los únicos donde aparecieron materiales clasificados en el nivel IV.

Los autores consideran que una posible explicación de la ausencia de diferencias en la cantidad de partículas es que los tres sitios están relativamente cerca de zonas pobladas.

Los residuos plásticos pueden fragmentarse y posteriormente ser transportados por el viento y la lluvia, favoreciendo una exposición extendida dentro del área estudiada.

El resultado muestra que una zona de conservación no necesariamente está aislada de contaminantes generados fuera de sus límites.

No todos los plásticos son iguales

Encontrar microplásticos permite saber que existe exposición, pero no todas las partículas tienen la misma composición química.

Para entender esa diferencia es necesario hablar de polímeros y monómeros.

Un polímero es una molécula de gran tamaño formada por la unión repetida de unidades químicas más pequeñas llamadas monómeros. Muchos de los materiales plásticos de uso cotidiano están constituidos por polímeros sintéticos.

Cuando un objeto plástico se fragmenta, las partículas resultantes conservan la composición del polímero del que proceden. Por eso, identificar el polímero permite conocer qué tipo de material está presente.

Mediante ATR-FTIR, los investigadores identificaron 31 tipos de polímeros. De ellos, 12 quedaron dentro de alguna de las categorías de peligro utilizadas en el estudio.

Para evaluar ese peligro potencial utilizaron el Polymer Hazard Index (PHI).

El índice toma en cuenta el porcentaje de cada polímero presente en las heces y la puntuación de peligrosidad correspondiente a sus componentes. El estudio utiliza los puntajes desarrollados por Lithner y colaboradores en 2011 y calcula el PHI siguiendo la metodología empleada por Sultana y colaboradores en 2024.

Los valores se clasifican en cinco niveles: I, menor; II, medio; III, alto; IV, peligro, y V, peligro extremo.

En las muestras analizadas, los valores del PHI oscilaron entre 0.01 y 401.22, por lo que los polímeros encontrados se ubicaron entre los niveles I y IV.

En la Reserva Natural Los Amigos se identificaron tres polímeros incluidos en las categorías de peligro: polietileno (PE), polimetilmetacrilato (PMMA) y poliamida 6/6.6.

En Balzapote se identificaron siete y en Montepío ocho. Entre los sitios perturbados aparecieron polímeros clasificados como nivel IV, entre ellos PVC, PAN y urethane alkyd.

Pero el PHI tiene un alcance específico.

No mide directamente el daño que los microplásticos están causando a los monos ni representa el riesgo individual que enfrenta cada animal.

Los autores explican que la clasificación de un polímero como peligroso no significa que el polímero sea por sí mismo inherentemente peligroso. El índice refleja la presencia de sustancias potencialmente peligrosas en su composición y la posibilidad de que estas sustancias o sus productos de degradación sean liberados durante la fabricación, el uso o la disposición del plástico.

Además, el índice considera principalmente la composición de los monómeros y no incorpora de manera completa los aditivos químicos que pueden estar presentes en los plásticos o ser incorporados a ellos desde el ambiente. Los investigadores señalan que estas sustancias también pueden desempeñar un papel importante en los posibles efectos tóxicos de los microplásticos.

Cómo se identificaron los microplásticos

La identificación de las partículas tuvo dos etapas principales.

Primero, los investigadores utilizaron tamices y microscopía para separar y reconocer partículas con características compatibles con microplásticos.

Después recurrieron a ATR-FTIR para determinar su composición química. La técnica funciona como una huella molecular: cada material produce un espectro que puede compararse con bibliotecas de referencia para identificar el polímero correspondiente.

Pero los estudios de microplásticos enfrentan una dificultad particular: el plástico puede introducirse accidentalmente en las muestras durante la propia investigación.

Por ello son importantes los controles conocidos como blancos.

Un blanco de campo permite detectar contaminación que pudo incorporarse durante la recolección y manipulación de las muestras fuera del laboratorio, por ejemplo, partículas presentes en el aire o en los materiales utilizados durante el trabajo de campo.

Un blanco de procedimiento permite identificar contaminación que pudo introducirse durante el procesamiento de las muestras en el laboratorio, a través de los materiales, instrumentos o procedimientos empleados.

Los investigadores reconocen que no recolectaron blancos de campo ni blancos de procedimiento para evaluar posibles contaminaciones procedentes de la deposición atmosférica o de las bolsas transparentes de polietileno utilizadas para recolectar las muestras. Tampoco realizaron experimentos de recuperación ni controles negativos asociados con la extracción.

Los autores reconocen que estas limitaciones pudieron permitir la introducción de microplásticos externos en las muestras.

Para reducir ese riesgo utilizaron materiales no plásticos, principalmente vidrio y metal; limpiaron los instrumentos tres veces con agua Milli-Q; los envolvieron en papel aluminio antes de utilizarlos; mantuvieron muestras y materiales cubiertos cuando no estaban siendo procesados y emplearon batas de algodón y guantes de nitrilo. También revisaron cuidadosamente las heces para evitar analizar partículas adheridas a su superficie.

El estudio reconoce otras limitaciones.

Algunos espectros obtenidos mediante ATR-FTIR presentaron pérdida de transmisión, posiblemente relacionada con la degradación de los materiales. La exposición prolongada al ambiente y el contacto con fluidos digestivos pueden modificar las propiedades de los polímeros y afectar la calidad de los espectros y su clasificación.

Además, los investigadores no pudieron identificar individualmente a los monos que produjeron cada muestra. Algunas podrían proceder del mismo animal, por lo que el estudio no permite determinar la exposición individual. El análisis fue diseñado para comparar patrones entre sitios.

El estudio confirma exposición

La presencia de microplásticos en las heces permite establecer que los monos aulladores mexicanos estuvieron expuestos a estas partículas y las eliminaron a través de las heces.

Ese es el alcance principal del hallazgo.

La detección en las heces, sin embargo, no representa la cantidad total de microplásticos que pueda encontrarse dentro del organismo. El estudio no fue diseñado para determinar si las partículas se acumulan en tejidos ni para establecer efectos fisiológicos sobre los animales.

En consecuencia, los resultados demuestran exposición, pero no una afectación fisiológica causada por los microplásticos.

Una nueva presión para una especie vulnerable

El hallazgo adquiere relevancia porque el mono aullador mexicano ya enfrenta distintas presiones ambientales.

La pérdida y fragmentación de los bosques han reducido y dividido su hábitat, mientras que las actividades humanas se han extendido hacia las áreas donde permanece la especie. Los investigadores señalan que estas condiciones, junto con la contaminación, generan nuevas presiones para una población cuya conservación ya representa un desafío.

En este contexto, la presencia de microplásticos constituye una presión ambiental emergente y poco estudiada para esta especie.

Los investigadores no sostienen que los microplásticos sean responsables de su situación de amenaza ni que el estudio haya demostrado efectos sobre la salud de los animales.

El aporte del trabajo es más concreto: demuestra que esta población está expuesta a partículas plásticas y caracteriza algunos de los materiales a los que está expuesta.

Los autores consideran además que el análisis fecal puede convertirse en una herramienta útil para estudiar contaminantes en fauna silvestre sin capturar ni someter a los animales a procedimientos invasivos.

Qué falta por investigar

El estudio abre una nueva línea de investigación en Los Tuxtlas.

Una de las prioridades es determinar de dónde provienen los microplásticos que están llegando a los monos. Para ello, los investigadores plantean monitorear y cuantificar estas partículas en diferentes componentes del ambiente de la reserva.

Será necesario estudiar el agua, el suelo, la vegetación y otras posibles fuentes de exposición para reconstruir cómo circulan las partículas dentro del ecosistema.

También hace falta investigar qué ocurre con los microplásticos después de que son ingeridos.

Los autores señalan la necesidad de estudiar sus patrones de acumulación, sus posibles consecuencias fisiológicas a largo plazo y sus efectos potenciales dentro de las redes alimentarias terrestres.

Entre las preguntas que quedan abiertas están:

¿Cuánto microplástico ingieren los monos?

¿Cuánto tiempo permanecen las partículas en su organismo?

¿Pueden acumularse en determinados tejidos?

¿Qué efectos pueden producir los diferentes polímeros o las sustancias químicas asociadas con ellos?

También queda por determinar si la exposición observada en Los Tuxtlas es un fenómeno particular de esta población o forma parte de un patrón más extendido entre los primates y otros mamíferos terrestres.

Los investigadores destacan que todavía existen pocos estudios sobre microplásticos en fauna terrestre silvestre y que herramientas como el PHI han sido aplicadas de manera limitada en este campo. Por ello, consideran necesario avanzar hacia metodologías más estandarizadas que permitan comparar resultados entre especies y ecosistemas.

Mientras esas preguntas se responden, el estudio señala una medida que puede contribuir a reducir la exposición: mejorar los programas de manejo de residuos sólidos en las zonas donde existe interacción entre las comunidades humanas y los bosques.

La investigación realizada en Los Tuxtlas establece así un primer dato: las partículas de plástico ya están presentes en las heces de los monos aulladores mexicanos.

El siguiente desafío para la ciencia será seguir el recorrido de esas partículas: identificar de dónde vienen, cómo llegan hasta una especie que vive en las copas de los árboles y qué ocurre con ellas una vez que entran en su organismo.

Referencia del estudio

Alvarez-Velazquez, María Fernanda; Rendon-von Osten, Jaime; Borges-Ramírez, Merle M.; Chapman, Colin A.; Lopez-Pérez, Andrés M.; Ortíz-Zárate, Ricardo J.; Serio-Silva, Juan Carlos. Presence and hazard assessment of microplastics in mexican howler monkeys (Alouatta palliata ssp. mexicana) of the Los Tuxtlas Biosphere Reserve, Mexico. Journal of Hazardous Materials Advances, volumen 22, 2026, artículo 101236. DOI: 10.1016/j.hazadv.2026.101236. Publicado en línea el 15 de mayo de 2026.

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