Celulares, inteligencia artificial y una sociedad que está perdiendo el arte de estar presente

El uso de la tecnología plantea el reto de preservar la atención, el pensamiento crítico y los vínculos humanos.

La discusión sobre el uso de dispositivos digitales en niñas, niños y adolescentes apenas comienza. Para la pedagoga y doctora en Pedagogía por la UNAM, Yareni Annalie Domínguez, el desafío no consiste en demonizar la tecnología, sino en recuperar aquello que ninguna pantalla puede sustituir: la atención, el pensamiento crítico, el juego, la conversación y los vínculos humanos.

La incorporación de teléfonos celulares, computadoras, plataformas digitales e inteligencia artificial a la vida cotidiana ha transformado profundamente la relación de las nuevas generaciones con el conocimiento.

Pero la transformación no ocurre únicamente dentro del aula.

También está modificando la manera en que las personas conversan, leen, juegan, conviven, se concentran y construyen relaciones.

Durante una entrevista para Alcanzando el Conocimiento, Yareni Annalie Domínguez planteó que el debate sobre la tecnología debe evitar dos extremos: minimizar sus efectos o convertirla en la explicación de todos los problemas que enfrentan niñas, niños y adolescentes.

“Claro que nos tenemos que preocupar”, sostuvo, pero advirtió que la preocupación no debe conducir automáticamente a la patologización de las conductas juveniles ni a explicaciones simplistas que atribuyan exclusivamente al teléfono celular fenómenos que tienen raíces sociales, familiares, educativas y culturales mucho más profundas.

El verdadero problema: una sociedad saturada de estímulos

Uno de los fenómenos que más preocupa es la pérdida de la atención sostenida.

La vida digital está diseñada alrededor de la inmediatez: una notificación, un mensaje, un video, una nueva imagen, otro contenido. El estímulo nunca termina.

Y cuando el estímulo se vuelve permanente, el silencio comienza a resultar extraño.

La especialista explicó que niñas, niños y adolescentes están creciendo en ambientes donde cada pausa puede ser ocupada por una pantalla. El resultado no necesariamente es una incapacidad irreversible para concentrarse, pero sí plantea un desafío educativo: ¿cómo recuperar la capacidad de detenerse, observar, reflexionar y permanecer en una actividad sin necesitar estímulos constantes?

La pregunta también alcanza a los adultos.

La idea de que podemos hacer varias cosas simultáneamente y prestarles la misma atención es, en buena medida, una ilusión. Podemos responder un mensaje mientras escuchamos música y trabajamos, pero nuestra atención está siendo fragmentada.

La consecuencia es una cultura de la aceleración.

Yareni Annalie Domínguez recuperó en este punto la reflexión del filósofo Byung-Chul Han sobre la llamada “sociedad del cansancio”: una sociedad que no solamente está sometida a exigencias externas, sino que también se autoexige permanentemente producir, responder, avanzar y estar disponible.

El celular no inventó todos nuestros problemas

Uno de los puntos centrales de la conversación fue evitar el discurso fácil.

No todo lo que ocurre con las nuevas generaciones puede explicarse por el uso de teléfonos celulares.

La disminución de la lectura, por ejemplo, no puede reducirse a afirmar que “los jóvenes ya no quieren leer”.

Hay que preguntar qué ocurrió con los libros en las casas, con las bibliotecas, con los clubes de lectura, con los espacios escolares destinados a leer por placer y con el tiempo familiar para compartir historias.

También hay que considerar las desigualdades.

No todas las niñas y niños tienen acceso a libros, bibliotecas, parques seguros, actividades culturales o adultos disponibles para acompañarlos.

Por eso, una respuesta educativa seria debe mirar el contexto.

Domínguez recordó experiencias pedagógicas como las llamadas “mochilas viajeras”, mediante las cuales un libro salía de la escuela durante el fin de semana para convertirse en un objeto de conversación dentro de las familias.

La estrategia no buscaba únicamente que una niña o un niño leyera.

Buscaba que leyera, comprendiera, conversara, explicara, escuchara y relacionara la lectura con su propia experiencia.

Ahí está una de las claves del debate: el aprendizaje no ocurre solamente cuando se recibe información. Ocurre cuando esa información puede ser procesada, cuestionada, relacionada y utilizada.

La escuela puede convertirse nuevamente en un espacio de encuentro

La discusión sobre restringir el uso de teléfonos celulares durante la jornada escolar plantea un reto importante para los docentes.

Si desaparece la pantalla, no basta con decirle al alumnado “ahora pon atención”.

Hay que reconstruir las condiciones que permiten que la atención ocurra.

Esto implica metodologías activas, participación, movimiento, juego, conversación, experimentación y actividades que conviertan al estudiante en protagonista de su propio aprendizaje.

Incluso el recreo adquiere una dimensión educativa.

Jugar implica aprender reglas, esperar turnos, negociar, resolver conflictos, aceptar derrotas, construir acuerdos y relacionarse con otras personas.

Son aprendizajes fundamentales para vivir en sociedad.

Por ello, recuperar el recreo, la educación física, el juego y la convivencia no significa regresar al pasado.

Significa recuperar dimensiones del desarrollo humano que una pantalla no puede proporcionar.

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Una generación que necesita ser escuchada

Uno de los momentos más reveladores de la entrevista fue la referencia a investigaciones y testimonios que muestran que algunas niñas, niños y adolescentes perciben la escuela como uno de los pocos espacios donde alguien realmente se interesa por ellos.

No solamente porque aprenden.

Porque alguien les pregunta cómo están.

Alguien los mira.

Alguien los escucha.

Alguien recuerda lo que les ocurrió.

Esta percepción obliga a mirar más allá del teléfono.

Si una pantalla termina ocupando el lugar de la conversación familiar, quizá el problema no sea únicamente la pantalla.

También debemos preguntarnos qué espacios de escucha hemos dejado de construir.

En una sociedad urbana acelerada, muchas familias viven jornadas extensas, desplazamientos prolongados y una permanente presión de tiempo.

La tecnología puede convertirse entonces en una solución práctica: entretiene, mantiene ocupado y permite resolver rápidamente determinadas necesidades.

Pero lo práctico no siempre es suficiente para el desarrollo humano.

Un dispositivo puede acompañar.

No puede sustituir el vínculo.

Los adultos también están enseñando con el ejemplo

Hay una pregunta incómoda que atraviesa toda esta discusión:

¿Qué están viendo las niñas y los niños cuando observan a los adultos?

Si un padre o una madre pide dejar el teléfono mientras continúa revisando mensajes durante la comida, el mensaje educativo no está en las palabras.

Está en la conducta.

Las llamadas “generaciones digitales” tampoco nacieron con un conocimiento automático sobre cómo utilizar responsablemente la tecnología.

Los hábitos digitales también se aprenden.

Y se aprenden en casa.

Por eso, la discusión no puede limitarse a controlar a los menores. También requiere que los adultos revisen su propia relación con las pantallas.

  • Desactivar notificaciones.
  • Establecer horarios.
  • Alejar físicamente el teléfono durante momentos de concentración.
  • Crear espacios sin dispositivos.
  • Comer juntos.
  • Caminar.
  • Conversar.
  • Leer.
  • Jugar.

Parecen acciones pequeñas, pero constituyen una pedagogía cotidiana.

Inteligencia artificial: prohibir no resuelve el problema

La llegada de la inteligencia artificial plantea un desafío todavía mayor para la escuela.

Intentar impedir que un estudiante utilice una herramienta de inteligencia artificial no garantiza que esté aprendiendo.

Incluso escribir una tarea a mano puede convertirse en un ejercicio de simple reproducción si el alumno copia información que no comprende.

La pregunta educativa cambia entonces:

¿Cómo evaluamos el pensamiento y no únicamente el producto final?

La respuesta pasa por diseñar actividades que permitan observar cómo el estudiante argumenta, explica, relaciona, aplica y transforma el conocimiento.

La inteligencia artificial puede realizar determinadas tareas con enorme rapidez.

Pero precisamente por eso la educación tiene que concentrarse cada vez más en aquello que no puede reducirse a entregar una respuesta terminada: comprender cómo se llegó a ella, cuestionarla, contrastarla y utilizarla con criterio.

La tecnología puede convertirse en una herramienta pedagógica poderosa.

El riesgo aparece cuando sustituye el proceso cognitivo en lugar de apoyarlo.

¿Y qué responsabilidad tienen las plataformas?

La conversación también abre una dimensión que apenas comienza a discutirse con seriedad: la responsabilidad de las empresas que desarrollan las plataformas digitales.

Durante años, buena parte de la conversación se concentró en enseñar a los usuarios a utilizar responsablemente la tecnología.

Pero existe otra pregunta:

¿Qué responsabilidad tienen quienes diseñan los sistemas que capturan nuestra atención?

Las plataformas no son espacios neutrales.

Sus modelos de negocio, sistemas de recomendación, notificaciones y mecanismos de interacción están diseñados para mantener al usuario dentro del sistema.

Por ello, si una sociedad decide proteger a niñas, niños y adolescentes, el debate eventualmente tendrá que involucrar no solamente a las familias y a las escuelas, sino también a desarrolladores, empresas tecnológicas y autoridades reguladoras.

No se trata de rechazar la tecnología.

Se trata de discutir bajo qué reglas queremos vivir con ella.

Recuperar lo humano en la era digital

La conclusión de la conversación con Yareni Annalie Domínguez no es una llamada a abandonar la tecnología.

Es, en realidad, una invitación a utilizarla con mayor inteligencia.

La tecnología llegó para quedarse y seguirá avanzando.

La inteligencia artificial continuará transformando la educación y el trabajo.

Las plataformas digitales seguirán formando parte de la vida cotidiana.

La cuestión, entonces, no es detener el futuro.

Es decidir qué lugar queremos que ocupe la tecnología dentro de nuestra vida.

Porque una sociedad tecnológicamente avanzada no necesariamente es una sociedad más humana.

El verdadero desafío está en construir un equilibrio.

Que existan dispositivos, pero también libros.

Que exista inteligencia artificial, pero también pensamiento crítico.

Que exista comunicación digital, pero también conversación cara a cara.

Que existan videojuegos, pero también juego físico.

Que existan redes sociales, pero también comunidad.

Que exista velocidad, pero también pausa.

Que exista información, pero también conocimiento.

Y, sobre todo, que en medio de una vida cada vez más conectada no terminemos viviendo cada vez más desconectados de quienes tenemos enfrente.

El reto educativo del siglo XXI quizá no sea enseñar a las nuevas generaciones a utilizar la tecnología. Eso ya lo están haciendo. El verdadero reto será enseñarles a no perderse a sí mismas dentro de ella.

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