La primera mujer nacida en México en viajar al espacio compartió con estudiantes de La Salle los obstáculos, decisiones y oportunidades que marcaron su trayectoria hasta la NASA y su vuelo con Blue Origin
Llegar al espacio no comenzó para Katya Echazarreta el día en que abordó una nave de Blue Origin. Comenzó mucho antes, cuando siendo niña comenzó a imaginarse viajando al espacio y tuvo que aprender que convertir un sueño extraordinario en realidad requería mucho más que desearlo: implicaba prepararse, tomar decisiones y reconocer qué obstáculos estaban fuera de su control y cuáles sí podía transformar.

Ese fue uno de los mensajes centrales que la ingeniera electrónica y divulgadora científica compartió con estudiantes de la Universidad La Salle durante la Cátedra Prima “Un espacio sin límites”, con la que la institución inauguró su ciclo académico 2026-2027. El encuentro buscó inspirar a las nuevas generaciones a convertir sus aspiraciones en proyectos capaces de generar un impacto en la sociedad.
Echazarreta nació en Guadalajara y emigró con su familia a Estados Unidos cuando tenía siete años. La adaptación no fue sencilla: además de enfrentarse a una nueva cultura, tuvo que aprender inglés. En la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), donde estudió Ingeniería Electrónica, consolidó su preparación para una carrera en la industria aeroespacial. Antes había cursado tres años en San Diego City College y, mientras estudiaba, participó en investigación y obtuvo oportunidades que posteriormente le permitieron realizar una estancia en el Jet Propulsion Laboratory (JPL) de la NASA.
Su trabajo en el JPL fue otro paso decisivo en esa trayectoria. Después de realizar una estancia como estudiante, se incorporó como ingeniera y terminó trabajando en cinco misiones de la NASA, entre ellas Perseverance, el rover enviado a Marte, y Europa Clipper, la misión destinada a estudiar la luna Europa de Júpiter.
Para Katya Echazarreta llegar al espacio fue el resultado de una larga cadena de decisiones. Durante su encuentro con los estudiantes de La Salle, habló precisamente de ese proceso: de cómo identificar las circunstancias que no se pueden controlar y, al mismo tiempo, reconocer aquellas sobre las que sí es posible actuar.
“Eventualmente te das cuenta de que para lograr ciertas cosas, tienes que entender tu información, entenderla completamente, porque no es tan fácil como decir: voy a estudiar, voy a trabajar, me voy a preparar”, explicó.
Echazarreta invitó a los estudiantes a distinguir entre las circunstancias que no pueden controlar y aquellas sobre las que sí pueden tomar decisiones. Señaló que nadie elige el país donde nace, la familia en la que crece o los recursos con los que se cuenta, pero reconocer esas condiciones permite identificar qué sí está en tus manos cambiar.
“Hay ciertas cosas que uno no puede controlar”, señaló, antes de plantear una de las preguntas centrales de su exposición: “¿Cuáles son esas cosas que yo no puedo decidir y no puedo cambiar? ¿Y cuáles son las cosas que sí?”

Los referentes también importan
Echazarreta explicó que los jóvenes también necesitan referentes con los que se puedan identificar. Puso como ejemplo a alguien que tiene una edad similar, proviene de la misma comunidad o incluso comparte circunstancias familiares y económicas, porque su trayectoria puede hacer que determinadas metas parezcan más cercanas.
“Esa persona a mí me motiva más. Y aún más cuando vemos que esa persona viene de tu comunidad, viene de tu país.”
Para Echazarreta, tener referentes cercanos permite reconocer que aquello que parece lejano también puede convertirse en una posibilidad.

Un camino que no fue lineal
Antes de llegar a UCLA, donde estudió Ingeniería Electrónica, Echazarreta comenzó su formación en un colegio comunitario y posteriormente logró transferirse a la universidad. En 2016 obtuvo la beca Jack Kent Cooke para estudiantes de transferencia, mientras cursaba sus estudios y mantenía un alto desempeño académico.
El paso a UCLA también implicó un proceso de adaptación. La propia universidad ha documentado que su trayectoria educativa “no fue una línea recta” y que durante su transición tuvo dificultades para adaptarse al sistema académico. Echazarreta confesó que el primer día que regresó de la universidad al departamento donde vivía se puso a llorar porque dijo: la ingeniería es muy difícil, pero siguió adelante.
Para Echazarreta, reconocer esos obstáculos fue parte de aprender a construir su propio camino: distinguir las circunstancias que estaban fuera de su control de aquellas sobre las que sí podía actuar y tomar decisiones a partir de ellas.

De la NASA al espacio
Después de graduarse, Echazarreta continuó su trayectoria como ingeniera en el JPL. Mientras construía esa carrera, también comenzó a desarrollar una presencia como divulgadora científica y promotora de oportunidades para mujeres y jóvenes interesados en las áreas STEM.
En 2022 llegó la oportunidad que convertiría su historia en un referente internacional. Space for Humanity la seleccionó para participar en la misión NS-21 de Blue Origin, después de un proceso que involucró a miles de aspirantes. El 4 de junio de ese año, el vehículo New Shepard despegó desde el oeste de Texas con seis personas a bordo. Echazarreta era una de ellas.
El vuelo duró poco más de 10 minutos. La cápsula alcanzó una altitud superior a los 100 kilómetros, permitió a la tripulación experimentar unos minutos de ingravidez y después regresó a la Tierra. Fue un vuelo suborbital, pero suficiente para que Echazarreta se convirtiera en la primera mujer nacida en México en viajar al espacio.
Para Echazarreta, aquel viaje no representó un punto final.
Desde antes de volar había planteado el propósito de utilizar esa experiencia para mostrar a otras personas que el espacio también podía ser una posibilidad para ellas. Blue Origin señaló que su misión estaba vinculada con el programa Citizen Astronaut de Space for Humanity y con la intención de inspirar a nuevas generaciones a acercarse a las disciplinas STEM.

Un sueño que tuvo que abrirse camino
Ante los estudiantes de La Salle, Echazarreta regresó al punto de partida: el sueño que tuvo desde niña de llegar al espacio y la reacción que provocaba cuando lo compartía.
Conforme crecía, comenzó a notar que decir que quería ser astronauta generaba respuestas diferentes. Lo que de niña podía escucharse como una fantasía, con los años empezó a parecer una meta demasiado ambiciosa. Por eso llegó un momento en que decidió guardar silencio sobre esa aspiración.
Pero callar el sueño no significó abandonarlo. Lo que cambió fue la manera de perseguirlo.
La realidad familiar pronto puso ese sueño a prueba. Cuando sus padres se separaron, Katya tenía 17 años y había sido aceptada en varias universidades para estudiar Ingeniería Electrónica. De un día para otro, la familia quedó sin casa, sin el automóvil de su madre y sin acceso a las cuentas bancarias que estaban a nombre de su padre. Ella la única hija que tenía un empleo: trabajaba en McDonald’s.
“De un día para otro nos quedamos sin nada y tuve que tomar una decisión muy difícil.”

La decisión era quedarse para ayudar a su familia o irse a la universidad y buscar la manera de financiar sus estudios. Katya eligió quedarse, pero eso no significó renunciar a su formación. Para poder hacer ambas cosas, llegó a tener hasta cinco empleos al mismo tiempo. Mientras estudiaba en San Diego City College, trabajó en distintos oficios, entre ellos pasear perros y calificar tareas para el departamento de matemáticas, mientras su madre también realizaba trabajos para sostener a la familia.
La situación de su hermana, quien tiene discapacidades físicas y mentales, también formaba parte de las responsabilidades familiares que Katya asumió desde joven.
En lugar de elegir entre trabajar o estudiar, buscó una tercera posibilidad: hacer ambas cosas. Ingresó a un colegio comunitario, donde pudo continuar su preparación mientras trabajaba, y tres años después logró transferirse a UCLA para estudiar Ingeniería Electrónica.
El sueño seguía ahí. Lo que había cambiado era el camino para llegar hasta él.

Un mensaje para quienes comienzan
Al compartir su historia con los estudiantes de La Salle, Echazarreta insistió en que alcanzar una meta no significa que el camino sea sencillo. Su experiencia, desde los años en que tuvo que trabajar mientras estudiaba hasta su llegada a la NASA y posteriormente al espacio, muestra que los obstáculos pueden obligar a buscar nuevas rutas sin abandonar el objetivo.
Para las nuevas generaciones, su mensaje fue mirar las oportunidades que existen y atreverse a dar el siguiente paso. En otras conferencias ha resumido esa idea de manera contundente: “Nunca ha sido tan posible como ahora. Las oportunidades están ahí. No va a ser fácil, pero sí es posible”.
Su propia trayectoria convirtió esa frase en una experiencia concreta: el sueño que comenzó a los siete años terminó llevándola a trabajar en misiones de la NASA y, en 2022, a cruzar la frontera del espacio a bordo de la misión NS-21 de Blue Origin. Ahora, desde esa experiencia, busca que más niñas, niños y jóvenes puedan reconocerse en la ciencia y encontrar oportunidades para desarrollar su talento.
La Cátedra Prima “Un espacio sin límites” llevó precisamente ese mensaje a quienes comienzan su vida universitaria: los grandes proyectos pueden empezar con un sueño, pero requieren preparación, perseverancia y la decisión de dar el siguiente paso.




