México busca convertir una innovación científica de frontera en una nueva industria biotecnológica para el campo. El país se convirtió en el primero del mundo en registrar un biofungicida basado en RNA, una tecnología que permite actuar de manera altamente específica contra organismos que afectan los cultivos, sin modificar genéticamente los alimentos y con la promesa de reducir la dependencia de agroquímicos convencionales.
El anuncio realizado este 12 de agosto durante el evento “México líder en biotecnología” coloca a la biotecnología agrícola en un terreno que hasta hace pocos años parecía reservado a los laboratorios de investigación: el de convertirse en una herramienta comercial para enfrentar algunos de los grandes problemas de la producción de alimentos.
El desarrollo corresponde a GreenLight Biosciences, empresa fundada y dirigida por el científico mexicano Andrey Zarur, quien explicó que el objetivo no es simplemente sustituir un producto químico por otro, sino cambiar la manera en que se controlan las plagas.
La clave está en el ácido ribonucleico, o RNA, una molécula presente de manera natural en los organismos vivos.
Una tecnología que busca precisión biológica
A diferencia de muchos agroquímicos convencionales, que pueden afectar a organismos distintos de la plaga que se busca controlar, la tecnología basada en RNA utiliza secuencias diseñadas para enviar un mensaje molecular específico.
La lógica es relativamente sencilla: identificar una función biológica indispensable para la plaga y diseñar una molécula de RNA capaz de interferir con esa función.
El resultado esperado es que el organismo objetivo deje de alimentarse, desarrollarse o reproducirse, mientras que otros organismos no puedan interpretar ese mensaje.
Zarur utilizó como ejemplo al escarabajo de la papa. El RNA empleado contra esta plaga está diseñado para actuar sobre funciones específicas del insecto. De acuerdo con la explicación presentada durante el evento, esa secuencia no es reconocida de la misma manera por organismos como abejas, mariposas, peces, aves o seres humanos.
La idea central es la especificidad.
No se trata de modificar genéticamente la papa, la fresa, el aguacate o la uva. Se trata de intervenir de manera selectiva sobre el organismo que está dañando el cultivo.
Como explicó el secretario de Salud, David Kershenobich, el concepto resulta fundamental: la tecnología no busca modificar genéticamente los alimentos, sino actuar sobre las plagas que los afectan.
El problema que intenta resolver
La dimensión del desafío agrícola es enorme.
La agricultura mundial depende todavía en buena medida de productos químicos sintéticos para controlar insectos, hongos y malezas. Estos compuestos han permitido incrementar la productividad agrícola, pero también han generado preocupaciones por sus efectos sobre la salud humana, los ecosistemas, la biodiversidad, la calidad del suelo y la aparición de resistencia en algunas plagas y microorganismos.
El problema es que eliminar de golpe los agroquímicos tampoco es una solución sencilla.
Las plagas, enfermedades y malezas pueden provocar pérdidas enormes en los cultivos y, sin herramientas eficaces para combatirlas, una parte importante de la producción alimentaria estaría en riesgo.
Ese es precisamente el dilema que plantea la nueva generación de biotecnologías agrícolas: cómo producir más alimentos sin incrementar proporcionalmente el costo ambiental de producirlos.
Zarur planteó durante su intervención que la agricultura tendrá que alimentar a una población mundial cercana a los 10 mil millones de personas, al mismo tiempo que protege los recursos naturales de los que depende esa misma producción.
El reto, por lo tanto, no consiste solamente en producir más.
Consiste en producir de manera más eficiente, más precisa y con menor impacto.
Del laboratorio al campo mexicano
La apuesta de GreenLight Biosciences en México contempla inicialmente dos productos.
El primero es un acaricida basado en RNA dirigido contra una de las plagas conocidas en el campo como “arañita”, que afecta cultivos como aguacate, fresa y cítricos.
Aquí aparece uno de los aspectos más interesantes de esta tecnología.
Existen organismos que pueden parecer muy similares, pero que cumplen funciones completamente diferentes dentro de un ecosistema agrícola.
Mientras una especie de ácaro puede destruir un cultivo, otra puede alimentarse precisamente de las plagas que lo atacan.
Un producto de amplio espectro puede afectar a ambos.
La tecnología basada en RNA busca distinguirlos molecularmente.
De acuerdo con la empresa, el producto está diseñado para afectar a la especie dañina sin perjudicar al ácaro benéfico que contribuye al control natural de otras plagas.
Es una diferencia importante porque introduce una nueva variable en el manejo agrícola: no solamente matar la plaga, sino preservar el ecosistema que ayuda a controlar otras plagas.
El segundo producto: combatir hongos con RNA
El segundo desarrollo es el biofungicida registrado en México en junio de este año y que ya comenzó a utilizarse en cultivos de uva en Baja California.
El producto está dirigido contra un hongo que afecta cultivos como uva, fresa y pepino.
De acuerdo con los resultados presentados por GreenLight Biosciences, una aplicación de aproximadamente dos litros por hectárea puede alcanzar niveles de control superiores al 99 por ciento, frente a niveles de alrededor de 80 por ciento atribuidos durante la presentación a alternativas químicas convencionales.
La empresa sostiene además que el costo para el agricultor puede mantenerse en niveles comparables a los tratamientos tradicionales.
Este punto es crucial.
Porque una tecnología puede ser científicamente extraordinaria, ambientalmente atractiva y técnicamente precisa, pero si resulta demasiado cara para quien trabaja la tierra, difícilmente podrá convertirse en una solución de escala.
La ecuación que busca resolver la biotecnología agrícola es, por tanto, triple:
eficacia, seguridad y viabilidad económica.

México como plataforma de producción biotecnológica
El anuncio tiene además una dimensión industrial.
El secretario de Economía, Marcelo Ebrard, señaló que la apuesta no se limita al registro de un producto.
La intención es construir una cadena de valor basada en conocimiento, investigación y producción especializada.
La empresa prevé una inversión cercana a los 100 millones de dólares en esta etapa y alrededor de 500 empleos directos especializados, además del desarrollo de nuevos productos.
La meta es que los bioinsumos se produzcan en México y que la plataforma tecnológica pueda ampliarse a cultivos estratégicos como maíz, algodón, fresa, aguacate y uva.
Aquí aparece uno de los elementos más relevantes del anuncio.
México no estaría buscando únicamente atraer una planta para fabricar un producto desarrollado en otro lugar.
La apuesta es construir capacidades propias alrededor de una tecnología de frontera.
En palabras de Ebrard, se trata de una cadena de valor basada en conocimiento y no simplemente en ensamblaje.
Eso conecta directamente con uno de los objetivos centrales del llamado Plan México: aumentar el contenido nacional de las actividades productivas y avanzar hacia sectores con mayor valor agregado tecnológico.
Una aprobación que también representa un cambio institucional
Otro elemento destacado durante el evento fue el proceso regulatorio.
GreenLight Biosciences señaló que el primer producto fue aprobado en México aproximadamente nueve meses después de la entrega del expediente completo a Cofepris.
La cifra debe entenderse dentro de un proceso científico mucho más largo.
De acuerdo con la empresa, detrás del expediente regulatorio existieron años de pruebas de campo y evaluaciones de seguridad y eficacia realizadas tanto en México como en otros países.
La evaluación involucró a Cofepris, Senasica y Semarnat, además de la Secretaría de Agricultura.
El objetivo, según lo expuesto durante el evento, fue acelerar los procesos administrativos sin reducir el rigor de la evaluación científica.
La comparación presentada por la empresa fue contundente: frente a los nueve meses reportados para el registro en México, estimó alrededor de 12 a 18 meses para Brasil, cerca de 30 meses para Estados Unidos, entre cuatro y cinco años para la Comisión Europea y alrededor de seis años para Canadá.
Si estos tiempos se mantienen para futuras tecnologías, México podría estar construyendo algo más que una capacidad científica: una ventaja regulatoria para atraer y desarrollar innovación biotecnológica.
Pero esa ventaja tendrá que sostenerse en el tiempo.
La velocidad de aprobación solamente es valiosa si está acompañada por evaluaciones independientes, transparencia, vigilancia posterior y evidencia científica sólida.
El desafío ambiental: cambiar la lógica del control de plagas
La discusión de fondo es todavía mayor.
Durante décadas, buena parte de la agricultura moderna se construyó alrededor de una lógica relativamente sencilla: encontrar sustancias capaces de eliminar organismos que amenazan los cultivos.
La siguiente generación de tecnologías intenta cambiar esa lógica.
En lugar de utilizar necesariamente sustancias de amplio espectro, la biotecnología basada en RNA busca desarrollar herramientas capaces de reconocer molecularmente a un organismo determinado.
Eso abre una posibilidad interesante para la agricultura de precisión.
El objetivo ya no sería solamente preguntar: ¿Qué producto puede matar esta plaga?
Sino: ¿Podemos intervenir únicamente sobre esta plaga, preservando al resto del ecosistema?
La diferencia parece pequeña, pero científicamente puede representar un cambio de paradigma.
Porque la productividad agrícola no depende únicamente de las plantas cultivadas. También depende de microorganismos, insectos polinizadores, depredadores naturales, calidad del suelo, disponibilidad de agua y biodiversidad.
Una agricultura sostenible necesita preservar precisamente esa compleja red biológica.
México frente a una oportunidad científica
La relevancia del anuncio también está en el lugar donde ocurre.
México es uno de los países con mayor diversidad biológica del planeta y cuenta con una enorme variedad de sistemas agrícolas, cultivos y condiciones ambientales.
Eso convierte al país en un escenario particularmente interesante para desarrollar soluciones biotecnológicas adaptadas a problemas concretos del campo mexicano.
El reto será pasar de los primeros productos a una verdadera plataforma de innovación.
GreenLight Biosciences plantea desarrollar decenas de nuevos productos, lo que podría abrir oportunidades para investigadores, universidades, centros públicos de investigación, empresas nacionales y nuevas compañías de base tecnológica.
Y aquí aparece una pregunta fundamental para el futuro:
¿Puede México aprovechar esta coyuntura para dejar de ser solamente un consumidor de tecnología agrícola y convertirse también en desarrollador y exportador de soluciones biotecnológicas?
El anuncio de este 12 de agosto representa un primer paso en esa dirección.
De la biotecnología como promesa a la biotecnología como industria
Durante años, la biotecnología ha sido presentada como una de las grandes tecnologías capaces de transformar la agricultura, la medicina y la industria.
Pero existe una diferencia enorme entre hablar de una tecnología prometedora y tener un producto aprobado, probado en campo y utilizado por agricultores.
Eso es lo que hace relevante el caso mexicano.
El país ya tiene un biofungicida basado en RNA registrado y en uso agrícola.
Ahora comienza la parte más difícil: demostrar que esta tecnología puede escalar, mantener su eficacia, ser económicamente competitiva, generar beneficios ambientales reales y convertirse en una plataforma permanente de innovación.
El primer registro puede ser histórico.
Pero lo verdaderamente transformador sería que no fuera un caso aislado.
Que detrás de ese primer biofungicida aparezcan nuevos productos, nuevas empresas, investigadores, empleos especializados, infraestructura científica y soluciones diseñadas desde México para problemas agrícolas de México y del mundo.
Porque el desafío de la agricultura del siglo XXI no será solamente producir más.
Será producir suficiente alimento para una población creciente sin destruir las condiciones biológicas que hacen posible producirlo.
Y en esa ecuación, el RNA podría convertirse en una de las herramientas más precisas de la nueva agricultura.
México acaba de colocar una primera pieza sobre el tablero, ahora faltarán las demás piezas para este juego de la innovación.



