La inteligencia artificial y el desafío de gobernar una tecnología que evoluciona más rápido que la humanidad. Parte 4

Gobernar la inteligencia artificial: el mayor reto científico, político y ético del siglo XXI

Después de varios meses de trabajo con especialistas de todo el mundo, el doctor Carlos Coello Coello llegó a una conclusión que resume la magnitud del momento histórico que atraviesa la humanidad.

No existe una fórmula sencilla para gobernar la inteligencia artificial.

Tampoco existe un país que tenga todas las respuestas.

Y, quizá lo más inquietante, nadie puede asegurar con certeza hacia dónde evolucionará esta tecnología durante la próxima década.

“Lo peor sería no hacer nada”, resume el investigador mexicano.

No se trata de detener el desarrollo científico.

La inteligencia artificial seguirá evolucionando independientemente de que los gobiernos legislen o no.

La pregunta, insiste, es si la sociedad será capaz de construir mecanismos para que esa evolución beneficie a la humanidad y no únicamente a quienes controlan la tecnología.

Una revolución distinta a todas las anteriores

La historia de la humanidad ha estado marcada por grandes revoluciones tecnológicas.

La máquina de vapor transformó la producción industrial.

La electricidad modificó la vida cotidiana.

Internet cambió la forma en que nos comunicamos.

Pero, para Coello, la inteligencia artificial representa un fenómeno diferente.

Por primera vez, una tecnología con capacidad para transformar prácticamente todas las actividades humanas está siendo desarrollada principalmente por empresas privadas.

No por universidades. No por organismos públicos. No por organismos multilaterales.

Sino por corporaciones que poseen recursos económicos y capacidad de cómputo que ningún centro académico puede igualar.

Ese cambio modifica completamente la relación entre conocimiento, poder e innovación.

Durante décadas, buena parte de los avances científicos surgían de universidades y centros públicos de investigación.

Hoy, muchas de las innovaciones más importantes en inteligencia artificial ocurren dentro de empresas tecnológicas cuyo funcionamiento interno permanece reservado.

¿Quién vigila a quienes desarrollan la inteligencia artificial?

Esta pregunta apareció una y otra vez durante las reuniones del panel convocado por Naciones Unidas.

Si los propios gobiernos reconocen que no pueden seguir el ritmo del desarrollo tecnológico, ¿quién supervisa a quienes crean estas herramientas?

Para Coello, no existe una respuesta única.

La responsabilidad deberá compartirse entre varios actores.

Los gobiernos tendrán que construir marcos regulatorios suficientemente flexibles para adaptarse a una tecnología en constante evolución.

Las empresas deberán asumir compromisos de transparencia, seguridad y responsabilidad ética.

La comunidad científica tendrá que mantener una vigilancia permanente sobre los nuevos desarrollos.

Y la sociedad deberá participar activamente en una discusión que ya no pertenece únicamente a especialistas en informática.

La inteligencia artificial afectará la educación, la medicina, la justicia, la economía, la seguridad, la cultura, el empleo y prácticamente todas las actividades humanas.

Por ello, sostiene Coello, la conversación no puede quedar restringida a los laboratorios.

La importancia de construir confianza

Uno de los conceptos que aparece de manera constante en las discusiones internacionales es la necesidad de generar confianza.

Hoy millones de personas utilizan diariamente herramientas de inteligencia artificial sin conocer realmente cómo funcionan.

Ignoran qué datos recopilan.

Qué información conservan.

Cómo entrenan sus modelos.

Qué límites tienen.

Qué errores pueden cometer.

Y cuáles son los mecanismos de supervisión existentes.

Para el investigador mexicano, aumentar la transparencia será indispensable.

No únicamente para proteger a los usuarios.

También para fortalecer la confianza pública en una tecnología que, bien utilizada, puede representar enormes beneficios sociales.

El desafío para América Latina

Durante la entrevista, Coello hizo una reflexión particularmente relevante para la región.

América Latina no puede limitarse a consumir inteligencia artificial desarrollada en otros países.

Necesita fortalecer su propia capacidad científica.

Invertir en investigación.

Formar especialistas.

Construir infraestructura tecnológica.

Y participar activamente en los debates internacionales donde se definirán las reglas del futuro.

La experiencia del panel de Naciones Unidas mostró que las preocupaciones de los países del llamado Sur Global no siempre coinciden con las prioridades de las grandes potencias tecnológicas.

Mientras algunos gobiernos concentran sus esfuerzos en desarrollar modelos cada vez más potentes, otras regiones enfrentan problemas distintos.

Preservar sus lenguas.

Reducir la brecha digital.

Garantizar acceso equitativo a la tecnología.

Evitar nuevas formas de dependencia tecnológica.

Desarrollar aplicaciones orientadas a necesidades sociales específicas.

La inteligencia artificial no debería convertirse en un nuevo factor de desigualdad global.

México frente a una oportunidad histórica

El anuncio del Gobierno de México para abrir un proceso nacional de discusión sobre inteligencia artificial y plataformas digitales ocurre, precisamente, en un momento decisivo.

La rapidez con la que evoluciona esta tecnología obliga a que cualquier propuesta legislativa combine dos objetivos aparentemente contradictorios.

Por un lado, proteger derechos fundamentales.

Por otro, evitar frenar la innovación científica y tecnológica.

Coello reconoce que encontrar ese equilibrio será una tarea extraordinariamente compleja.

“No existe una solución única.”

Cada país deberá construir respuestas acordes con su realidad económica, educativa, cultural y tecnológica.

Sin embargo, existe un principio que parece compartido por prácticamente todos los especialistas.

No hacer nada ya no es una opción.

Una decisión que marcará generaciones

Tal vez una de las reflexiones más profundas de la conversación no estuvo relacionada con algoritmos, redes neuronales o supercomputadoras.

Estuvo relacionada con las personas.

La inteligencia artificial no decidirá por sí sola el futuro de la humanidad.

Serán las decisiones humanas las que determinen si esta tecnología se convierte en un instrumento para ampliar oportunidades o en un mecanismo que profundice desigualdades, concentre poder y debilite derechos.

La tecnología, por sí misma, carece de intención.

No posee valores.

No distingue entre el bien y el mal.

Son los seres humanos quienes definen sus objetivos.

Quienes establecen sus límites.

Y quienes asumen las consecuencias de su utilización.

El momento de actuar

Durante décadas, la humanidad imaginó futuros dominados por inteligencias artificiales capaces de superar al ser humano.

Muchas de esas historias pertenecen todavía al terreno de la ficción.

Pero el verdadero desafío ya está aquí.

No consiste en enfrentar máquinas conscientes.

Consiste en aprender a gobernar responsablemente una tecnología cuyo desarrollo avanza a una velocidad sin precedentes.

La oportunidad todavía existe.

Sin embargo, el margen para construir acuerdos internacionales podría reducirse conforme la inteligencia artificial continúe acelerando su evolución.

Como advirtió recientemente el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, la gobernanza de la inteligencia artificial representa uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo.

Y como recordó el doctor Carlos Coello durante esta conversación, esperar a que todos los problemas aparezcan antes de actuar podría resultar el camino más riesgoso.

Un debate que apenas comienza

Las discusiones sobre inteligencia artificial ya no pertenecen exclusivamente a los ingenieros.

Hoy involucran a científicos, educadores, médicos, legisladores, jueces, filósofos, empresarios, periodistas, madres, padres de familia y estudiantes.

También comprometen a organismos internacionales, universidades y gobiernos.

Porque lo que está en juego no es únicamente el desarrollo de una nueva tecnología.

Está en juego la manera en que las próximas generaciones aprenderán, trabajarán, se comunicarán, ejercerán sus derechos y construirán su vida cotidiana.

La inteligencia artificial llegó para quedarse.

La incógnita es si la humanidad será capaz de desarrollar, con la misma velocidad, los principios éticos, las instituciones y las reglas necesarias para garantizar que esa transformación ocurra en beneficio de todos.

Epílogo

La entrevista con el doctor Carlos Coello deja una enseñanza que trasciende el ámbito de la ciencia y la tecnología. Frente a una innovación que evoluciona más rápido que las leyes, las respuestas no pueden surgir únicamente de los laboratorios o de las empresas que la desarrollan. Requieren del diálogo entre gobiernos, comunidad científica, industria y sociedad.

México ha iniciado ese debate con la apertura de foros nacionales sobre inteligencia artificial y plataformas digitales. Al mismo tiempo, organismos internacionales como la ONU, países como Francia y voces con influencia global, entre ellas el papa León XIV, coinciden en que la discusión ya no puede posponerse.

La inteligencia artificial representa una de las herramientas más poderosas creadas por la humanidad. Puede acelerar descubrimientos científicos, mejorar diagnósticos médicos, optimizar sistemas educativos y contribuir a resolver problemas complejos. Pero también puede amplificar la desinformación, vulnerar la privacidad y profundizar desigualdades si su desarrollo carece de principios éticos y mecanismos efectivos de supervisión.

Quizá, como sugirió Carlos Coello durante esta conversación, la pregunta más importante no sea qué podrá hacer la inteligencia artificial dentro de diez años, sino qué estamos dispuestos a hacer hoy para garantizar que su desarrollo fortalezca la democracia, el conocimiento y el bienestar colectivo.

Porque, al final, el futuro de la inteligencia artificial dependerá menos de las máquinas que de las decisiones que tomemos como sociedad.

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