Redes sociales: cuando el diseño de las plataformas también moldea la conducta de niñas, niños y adolescentes

El debate sobre el uso de dispositivos digitales en las escuelas comienza a cambiar de escala: ya no se trata solamente de decidir si un estudiante puede llevar un celular al aula, sino de cuestionar cómo están diseñadas las plataformas digitales, qué comportamientos estimulan y quién debe asumir la responsabilidad por sus efectos.

Durante la conferencia matutina de este lunes, el Gobierno de México anunció que los próximos 24 y 25 de agosto, durante la Semana del Consejo Técnico Intensivo, más de un millón de maestras y maestros de educación básica, en más de 200 mil escuelas, discutirán el uso de dispositivos digitales, particularmente teléfonos celulares, dentro de los planteles.

La decisión representa un primer paso, pero también abre una discusión mucho más profunda.

Porque el teléfono celular no termina cuando suena el timbre de salida. El verdadero desafío está en lo que ocurre después: en casa, durante la noche, en los momentos de convivencia familiar y, cada vez más, en la manera en que niñas, niños y adolescentes construyen su relación con el mundo.

El problema no es solamente cuánto usan las redes, sino cómo fueron diseñadas

Uno de los elementos más relevantes de la jornada fue la participación de Ravi Iyer, psicólogo social, tecnólogo e investigador que trabajó durante cuatro años y medio en Meta, donde participó en equipos dedicados a estudiar los efectos sociales de sus productos.

Su planteamiento introduce una diferencia fundamental.

Durante años, la discusión sobre redes sociales se construyó alrededor de la responsabilidad individual: si una persona pasa demasiado tiempo frente al teléfono, debe aprender a controlarse.

Pero esa explicación deja fuera una parte esencial de la ecuación.

¿Qué ocurre cuando el producto está diseñado precisamente para dificultar que una persona deje de utilizarlo?

Iyer explicó que los algoritmos pueden diseñarse para optimizar el comportamiento observado en el corto plazo: qué hacemos clic, qué comentamos, qué contenido miramos durante más tiempo y cuánto permanecemos conectados.

En otras palabras, el objetivo puede ser simplemente aumentar el llamado engagement.

Pero existe otra posibilidad: diseñar la tecnología para ayudar a las personas a alcanzar sus propias aspiraciones.

La diferencia parece pequeña, pero es enorme.

Una persona puede querer, en un momento determinado, seguir viendo videos durante otra hora y, al mismo tiempo, querer dormir mejor, hacer ejercicio, leer, estudiar o conversar con sus hijos.

El algoritmo conoce el primer deseo. La persona conoce el segundo.

Y si el sistema está diseñado para maximizar el primero, la tecnología termina compitiendo contra las aspiraciones de quien la utiliza.

Scroll infinito: una decisión de diseño, no una ley de la naturaleza

El llamado scrolling infinito es un buen ejemplo.

En una revista existe una última página. En un programa de televisión termina el episodio. En un libro se acaba el capítulo.

En muchas plataformas digitales, en cambio, no existe un punto natural de llegada.

Un contenido conduce a otro. Y después a otro. Y después a otro.

La reproducción automática elimina otro momento de decisión. Las notificaciones vuelven a llamar al usuario. Los indicadores de “likes”, las rachas y otros mecanismos introducen elementos de gamificación.

Ninguna de estas características apareció por accidente.

Son decisiones de diseño.

Y precisamente ahí se encuentra una de las preguntas más importantes que plantea este debate: si determinadas decisiones de diseño pueden aumentar deliberadamente el tiempo de permanencia de los usuarios, ¿puede también exigirse que esas mismas decisiones sean compatibles con la protección de niñas, niños y adolescentes?

Los datos que presentó el especialista

Ravi Iyer citó diferentes investigaciones para dimensionar el problema.

De acuerdo con una encuesta de Pew Research Center entre adolescentes estadounidenses, 45% dijo pasar demasiado tiempo en redes sociales, otro 45% señaló afectaciones en su sueño y 40% reportó impactos en su productividad.

También presentó datos sobre experiencias no solicitadas en plataformas digitales.

Una investigación interna de Meta, dada a conocer durante un litigio en Nuevo México, encontró que 13% de los usuarios de Instagram de entre 13 y 15 años había recibido una insinuación sexual no deseada durante los siete días previos.

Otro 19.2% reportó haber visto desnudos o contenido sexual no deseado durante una sola semana.

La palabra que resulta fundamental en ambos casos es precisamente esa: no deseado.

No se trata necesariamente de menores que estén buscando ese contenido.

Es contenido que puede llegar a ellos a través de sistemas de recomendación.

La discusión, entonces, deja de ser exclusivamente sobre lo que una persona decide buscar y comienza a involucrar aquello que una plataforma decide mostrarle.

El algoritmo también puede convertirse en una puerta de entrada

El especialista señaló además que niñas, niños y adolescentes pueden estar expuestos a comentarios ofensivos o sexistas, videos de peleas, retos peligrosos, contenidos sexualizados y contacto con adultos desconocidos.

Pero hay una dimensión todavía más delicada.

Cuando una plataforma permite que un adulto que no tiene relación previa con un menor pueda establecer contacto con él, el problema ya no es únicamente el tiempo de uso.

Aparece una cuestión de seguridad.

El contacto puede evolucionar hacia manipulación, explotación sexual, chantaje mediante imágenes privadas o situaciones que pueden tener consecuencias psicológicas y físicas graves.

Por eso, la discusión sobre redes sociales no puede reducirse a la pregunta de si los niños deben o no tener un teléfono.

La pregunta es mucho más amplia:

¿Qué condiciones de seguridad debe cumplir una plataforma antes de poner sus productos a disposición de menores?

Nuevo México: el laboratorio jurídico de una discusión global

Durante la conferencia también se habló del caso Estado de Nuevo México contra Meta Platforms, presentado como un punto de inflexión porque las decisiones judiciales no se limitaron a establecer responsabilidades económicas, sino que abordaron determinadas características del diseño de las plataformas.

Entre las medidas mencionadas se encuentran el fortalecimiento de la verificación de edad, configuraciones privadas por defecto para adolescentes, restricciones a las notificaciones nocturnas y durante el horario escolar, límites al tiempo de uso, ocultamiento de los conteos públicos de “likes” para menores y restricciones al contacto entre adultos desconocidos y adolescentes.

Más allá de los detalles jurídicos de cada medida, lo relevante es el cambio conceptual.

La regulación comienza a mirar el diseño del producto, no solamente el comportamiento del usuario.

Esta lógica ya aparece en diferentes discusiones regulatorias internacionales.

La Unión Europea, Reino Unido y otros países han comenzado a cuestionar características consideradas potencialmente dañinas para menores, como el desplazamiento infinito, la reproducción automática, determinadas notificaciones y los sistemas de recomendación personalizados.

La tendencia internacional apunta hacia una idea que hace apenas algunos años habría parecido difícil de imaginar:

las plataformas digitales podrían estar sujetas a códigos de diseño, de la misma manera que otros productos están sujetos a normas de seguridad.

La analogía con los edificios es incómoda, pero poderosa

Ravi Iyer utilizó una comparación interesante.

Los códigos de construcción pueden limitar lo que un arquitecto o un constructor quiere hacer. Las normas de seguridad también imponen restricciones a fabricantes de automóviles, alimentos o medicamentos.

Pero la sociedad acepta esas limitaciones porque entiende que determinados riesgos no pueden dejarse exclusivamente a la decisión individual.

Nadie sostiene que un edificio sea inseguro porque sus habitantes no tuvieron suficiente cuidado.

Se establecen normas desde el diseño.

La pregunta que emerge ahora es si las plataformas digitales deberían ser pensadas bajo una lógica semejante.

No para prohibir Internet.

No para impedir el acceso al conocimiento.

No para censurar las opiniones.

Sino para impedir que determinados mecanismos de diseño conviertan la vulnerabilidad de la infancia en una oportunidad de negocio.

El impacto emocional: una preocupación que todavía no conocemos por completo

Durante la sesión se preguntó específicamente por las consecuencias emocionales.

La respuesta fue contundente, pero también prudente: todavía estamos viendo solamente una parte del problema.

El especialista vinculó el uso excesivo de redes sociales con fenómenos como ansiedad, depresión, privación del sueño, comparación social y experiencias de interacción dañina con desconocidos.

También hizo referencia a investigaciones y trabajos de Jonathan Haidt sobre los cambios en el bienestar emocional de adolescentes asociados con la expansión de los teléfonos inteligentes y las redes sociales.

Aquí aparece otro punto crucial.

La ciencia todavía no tiene todas las respuestas sobre las consecuencias de largo plazo.

Pero sí conocemos desde hace décadas el papel fundamental que tienen el sueño, la actividad física, la convivencia social y el desarrollo de vínculos humanos durante la infancia y la adolescencia.

Por eso, esperar a tener absolutamente cuantificado cada efecto antes de actuar podría resultar una estrategia poco prudente.

El principio debería ser otro: si existen riesgos razonablemente identificados y afectan a una población particularmente vulnerable, es necesario reducirlos mientras la evidencia continúa acumulándose.

Cinco, ocho o nueve horas frente a una pantalla

Uno de los datos más inquietantes mencionados durante la conferencia fue el tiempo de exposición.

Ravi Iyer señaló que algunos estudios sitúan en alrededor de cinco horas diarias el tiempo promedio que algunos jóvenes pasan utilizando estos productos, con casos que llegan a ocho o nueve horas.

La cifra permite dimensionar el problema desde otro ángulo.

El tiempo es un recurso limitado.

Ocho horas frente a una pantalla significan ocho horas que no estuvieron disponibles para dormir, hacer ejercicio, conversar, leer, jugar, caminar, crear o simplemente aburrirse.

Y el aburrimiento, aunque parezca una palabra poco tecnológica, también forma parte del desarrollo.

En el espacio vacío aparecen la imaginación, la autonomía y la posibilidad de inventar algo que no estaba prediseñado por un algoritmo.

La escuela puede ser el primer territorio de regulación

Por eso resulta relevante que México haya decidido comenzar por las escuelas.

Actualmente, 16 entidades federativas ya cuentan con algún tipo de regulación sobre el uso de teléfonos celulares en los planteles, de acuerdo con lo expuesto durante la conferencia.

La intención ahora es escuchar a las maestras y maestros antes de establecer una política nacional.

Los próximos Consejos Técnicos serán, en ese sentido, un enorme ejercicio de consulta.

No solamente porque más de un millón de docentes participarán en la discusión, sino porque son ellos quienes observan diariamente los efectos concretos de estas tecnologías dentro del aula.

Ven al estudiante que llega desvelado.

Al que se distrae.

Al que revisa constantemente el teléfono.

Al que tiene dificultades para concentrarse.

Pero también conocen a las familias y saben que el problema no desaparece cuando el alumno sale de la escuela.

La otra mitad de la ecuación está en casa

La discusión también colocó sobre la mesa una realidad incómoda para las familias.

Muchas veces el teléfono funciona como sustituto de algo que falta: tiempo.

Tiempo para conversar.

Tiempo para jugar.

Tiempo para acompañar.

Tiempo para contar historias.

Tiempo para escuchar.

Los padres y madres trabajan, tienen responsabilidades y enfrentan jornadas que hacen difícil mantener una supervisión permanente.

En ese contexto, entregar una pantalla a un niño puede convertirse en una solución práctica.

El problema aparece cuando esa solución termina convirtiéndose en un hábito que la propia tecnología está diseñada para reforzar.

Por eso la responsabilidad no puede recaer únicamente en los padres.

No se puede pedir a una familia que compita individualmente contra sistemas tecnológicos construidos por miles de especialistas para maximizar la permanencia del usuario.

La responsabilidad tiene que distribuirse entre familias, escuelas, empresas, especialistas, sociedad y Estado.

¿Prohibir o diseñar mejor?

La respuesta planteada durante la conferencia no fue prohibir las redes sociales.

Y esa distinción es fundamental.

Internet no es el problema.

La tecnología tampoco.

Las redes sociales pueden servir para aprender, comunicarse, organizarse, crear comunidades y acceder a información.

El problema aparece cuando determinadas características convierten la atención humana en el principal producto que debe ser explotado.

Por eso la discusión que México comienza a plantear no debería reducirse a “celular sí” o “celular no”.

Es una pregunta mucho más sofisticada:

¿Qué tipo de tecnología queremos que acompañe el desarrollo de nuestros hijos?

Y todavía más:

¿Queremos plataformas que compitan por la atención de los menores o plataformas diseñadas para proteger su desarrollo?

México tiene ahora una oportunidad

El anuncio de los Consejos Técnicos abre una ventana que puede ser mucho más importante que una simple regulación escolar.

Puede convertirse en el inicio de una conversación nacional sobre alfabetización digital, salud mental, diseño tecnológico, protección de la infancia y responsabilidad empresarial.

El gobierno ha planteado que no quiere tomar unilateralmente la decisión.

Busca que participen docentes, madres y padres de familia, especialistas, partidos políticos y, de manera especialmente importante, los propios adolescentes.

Esa discusión será indispensable.

Porque tampoco sería suficiente trasladar a la tecnología todos los problemas de la sociedad.

Ni todos los niños reaccionan de la misma manera.

Ni todas las plataformas funcionan igual.

Ni toda utilización de una pantalla es perjudicial.

El desafío está en distinguir entre uso, abuso y diseño.

Y hay una pregunta que apenas comienza

La conferencia terminó anunciando que el debate continuará.

Primero se discutirá el uso de celulares en las escuelas.

Después vendrá la conversación sobre el diseño de las plataformas, los algoritmos, los contenidos dirigidos a menores y las formas de reducir el uso excesivo.

Y posteriormente, como reconoció la propia presidenta Claudia Sheinbaum, llegará otra discusión todavía más compleja: la inteligencia artificial.

Ese capítulo apenas comienza.

Porque si las redes sociales ya modificaron la relación entre los seres humanos y la tecnología, la inteligencia artificial está a punto de modificar la relación entre los seres humanos y el conocimiento mismo.

La pregunta de fondo, entonces, no es si debemos regresar al mundo anterior al teléfono inteligente.

Eso ya no existe.

La verdadera pregunta es si seremos capaces de construir un ecosistema tecnológico en el que la tecnología se adapte al desarrollo humano y no el desarrollo humano a las necesidades comerciales de la tecnología.

Y quizá esa sea la discusión que México está comenzando a tener.

No se trata de satanizar las pantallas.

Se trata de entenderlas.

No se trata de prohibir la tecnología.

Se trata de diseñarla mejor.

Y, sobre todo, de recordar algo que ningún algoritmo debería hacernos olvidar:

la infancia no es un mercado de prueba.

Es una etapa irrepetible del desarrollo humano y, por lo tanto, la protección de niñas, niños y adolescentes no puede depender únicamente de que ellos aprendan a resistir una tecnología diseñada para mantenerlos conectados.

La tecnología debe estar a la altura de la infancia.

No la infancia a la altura de la tecnología.

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