Emulsión

Por: Bertha Alicia Galindo

berthaliciagalindo@alcanzandoelconocimiento.com

¿Por qué México no crece? La innovación que falta

¿Por qué México no crece? Con esta pregunta, Marcelo Ebrard abrió su intervención en Mexico Tech Week 2026. Un cuestionamiento que va más allá del análisis económico y que debería interpelar a todas y todos los mexicanos. Porque detrás de ella hay otra pregunta: ¿por qué un país con talento, capacidad industrial, una posición estratégica en la geopolítica, en el comercio internacional y con comunidades con capacidades científicas, tecnológicas, industriales, empresariales no consigue traducir esas ventajas en un crecimiento económico sostenido?

La respuesta no es sencilla. Tampoco es exclusiva de México. A lo largo de la historia, otras naciones se han hecho la misma pregunta y han encontrado respuestas distintas. En Por qué fracasan los países, los economistas Daron Acemoglu y James A. Robinson sostienen que la prosperidad no depende únicamente de los recursos disponibles, sino también de las instituciones, las reglas y los incentivos que determinan quién puede participar en la economía, invertir, innovar y generar riqueza.

La pregunta, entonces, no es solamente cuánto crece un país, sino cómo lo hace, qué produce y qué capacidades desarrolla para sostener ese crecimiento.

Del crecimiento acelerado al estancamiento

México vive una paradoja. Su economía está profundamente integrada a la de Estados Unidos y el comercio bilateral ha consolidado al país como uno de sus principales socios comerciales. La integración productiva genera empleos, atrae inversiones y conecta a las empresas mexicanas con cadenas de suministro internacionales. Sin embargo, esa posición no garantiza, por sí misma, un crecimiento elevado ni una transformación tecnológica de la economía.

Durante años, México ha registrado tasas de crecimiento modestas, cercanas al 1.3 o 1.4% en algunos periodos recientes. El contraste con las décadas de mayor expansión económica del siglo XX es inevitable.

Entre 1933 y 1981, la economía mexicana creció a una tasa promedio anual de 6.2%, de acuerdo con el INEGI. Sin embargo, la crisis de deuda de los años ochenta marcó un cambio profundo: después de registrar un crecimiento de 8.5% en 1981, la economía enfrentó contracciones y años de bajo crecimiento. Esa etapa de México quedó asociada con el estancamiento económico y se le conoció como la llamada década perdida.

No se trata de idealizar el pasado ni de ignorar sus desequilibrios. Se trata de reconocer que durante varias décadas existió una estrategia de desarrollo que buscaba ampliar la capacidad productiva nacional mediante la industrialización y la sustitución de importaciones. Con la entrada primero al GAT y luego al TLC se esperaba que en 20 o 30 años (o sea hoy) México ya hubiera salido de la pobreza y tuviéramos amplios márgenes de crecimiento, pero no fue así. El modelo cambió, la economía se abrió y la integración comercial se profundizó. México se convirtió en una potencia exportadora en diversos sectores, pero solo como industria maquiladora y exportadora de materias primas. La pregunta sobre su capacidad para generar tecnología propia, elevar la productividad y desarrollar industrias de mayor valor agregado sigue vigente.

Exportar más no significa necesariamente innovar

En su intervención, Ebrard puso a la innovación en el centro de su diagnóstico. Si la baja capacidad para innovar es uno de los factores que explican el débil crecimiento, el desafío va más allá de producir más: consiste en desarrollar nuevos productos, tecnologías y procesos capaces de elevar la productividad y abrir oportunidades económicas.

Otros países están avanzando precisamente en esa dirección. La competencia internacional ya no se limita a fabricar más barato o vender más mercancías. Cada vez depende más de quién desarrolla productos de alta tecnología, domina procesos estratégicos, genera propiedad intelectual y logra incorporar conocimiento científico a la producción. La inteligencia artificial acelera esta transformación y modifica, a una velocidad extraordinaria, la manera de investigar, diseñar, fabricar y prestar servicios.

En este escenario, la pregunta adquiere una nueva dimensión: ¿Qué está haciendo México para convertir el conocimiento en una fuente de crecimiento?

Los mexicanos somos reconocidos por nuestra creatividad y capacidad para resolver problemas. En universidades, centros de investigación, laboratorios, empresas y comunidades surgen ideas que podrían convertirse en soluciones tecnológicas, nuevos productos o emprendimientos. Pero tener una idea no es lo mismo que transformarla en una innovación capaz de llegar al mercado, escalar y generar riqueza.

Ese trayecto está lleno de obstáculos. El financiamiento es uno de los primeros. Una idea puede tener potencial científico o comercial y, aun así, no encontrar los recursos necesarios para desarrollar un prototipo, probarlo, proteger la propiedad intelectual o llevarlo a la producción. Quienes consiguen avanzar se enfrentan a nuevos desafíos: vincularse con empresas, encontrar clientes, acceder a infraestructura especializada y obtener capital para crecer. Hoy que escuchaba a los participantes de la Tech Week se me hizo conocido un comentario. -mis papás no creían en mi, ni en lo que estaba intentando echar a andar, me dijeron varias veces, mejor ya consigue un empleo y déjate de sueños…- Si, a un emprendedor o emprendedora es muy probable que se lo digan…

El problema no termina en el dinero. También importa la articulación del ecosistema. La investigación científica, la formación de personal altamente capacitado, las universidades, los centros públicos de investigación, las empresas, los inversionistas y las instituciones responsables de diseñar las políticas públicas. Todas son piezas de una misma cadena. Cuando trabajan de manera aislada, el conocimiento tarda más en convertirse en soluciones productivas. Cuando se conectan, pueden generar nuevas industrias, empleos especializados y empresas capaces de competir internacionalmente.

Corea del Sur: formar talento y crear las condiciones para aprovecharlo

México y Corea del Sur tuvieron, en determinados momentos de la segunda mitad del siglo XX, niveles de desarrollo económico comparables. Sin embargo, sus trayectorias comenzaron a divergir. Un estudio publicado en la revista Investigación Económica documenta que, desde los años ochenta, Corea avanzó hacia una trayectoria de crecimiento más acelerado, impulsada en buena medida por el dinamismo de su sector manufacturero y el aumento de la productividad laboral.

Una de las diferencias estuvo en la manera de aprovechar el talento. Desde los años sesenta, Corea del Sur impulsó mecanismos para atraer a científicos, ingenieros y especialistas que se habían formado en el extranjero. La creación de instituciones como el Korea Institute of Science and Technology (KIST), en 1966, permitió ofrecer espacios de investigación, recursos y condiciones laborales para que profesionales coreanos regresaran y contribuyeran al desarrollo científico e industrial.

La estrategia no consistía únicamente en enviar estudiantes a las mejores universidades del mundo. También buscaba crear las condiciones para que, al terminar su formación, pudieran incorporarse a proyectos de investigación, desarrollar tecnología y participar en la construcción de nuevas capacidades industriales. La formación de talento estaba vinculada con una política de desarrollo que necesitaba ese conocimiento.

México enfrenta un desafío distinto, pero relacionado. El país forma profesionales, maestros y doctores, y cuenta con investigadores que participan en proyectos científicos y tecnológicos. Sin embargo, las oportunidades laborales no siempre crecen al mismo ritmo que la formación de personal altamente especializado. Cuando una persona termina un doctorado y no encuentra un puesto donde investigar, desarrollar tecnología o aplicar sus conocimientos, el país corre el riesgo de desaprovechar una inversión realizada durante años en su formación. Si esas oportunidades aparecen en el extranjero, también aumenta el incentivo para emigrar.

El problema no es solamente cuántos científicos forma México, sino qué oportunidades les ofrece para desarrollar su trabajo. Una estrategia de innovación requiere de universidades y centros de investigación, pero también financiamiento, infraestructura, empresas que demanden conocimiento y empleos que permitan a los especialistas desarrollar una trayectoria profesional. La articulación de este ecosistema, es vital para que la rueda camine.  En Corea, la rueda caminó porque desde el gobierno hubo una ambiciosa, ruda y férrea política de Estado que obligó a todo el ecosistema a caminar juntos hacia objetivos de productividad muy específicos.

La experiencia surcoreana no es una fórmula que México pueda reproducir de manera automática. Sí deja una lección: la formación de capital humano debe estar vinculada con una estrategia productiva y tecnológica de largo plazo. No basta con generar conocimiento; hay que construir las condiciones para que ese conocimiento se transforme en innovación, empresas competitivas, empleos especializados y riqueza para el país.

 

El reto de articular las capacidades de México

México cuenta con varios de esos componentes. Tiene una base manufacturera integrada a Norteamérica, recibe inversión extranjera, forma profesionales y desarrolla investigación científica y tecnológica. La cuestión es cómo articular esas capacidades para que la inversión no se limite a ampliar la producción existente, sino que contribuya también a desarrollar tecnología, fortalecer proveedores nacionales y crear actividades de mayor valor agregado.

El Plan México busca avanzar en esa dirección mediante una estrategia de reindustrialización que contempla elevar el contenido nacional de las cadenas productivas, fortalecer la proveeduría local, impulsar la innovación y desarrollar polos económicos a partir de las vocaciones productivas de cada región.

Los Polos de Desarrollo Económico para el Bienestar buscan atraer inversiones y articular infraestructura, servicios, capacidades locales y actividades industriales en distintos estados del país. Entre los sectores estratégicos considerados están la industria automotriz, la aeroespacial, la farmacéutica, la electrónica, los semiconductores y los dispositivos médicos.

El planteamiento abre una oportunidad para conectar la inversión con el desarrollo tecnológico y científico. Pero el reto no consiste únicamente en instalar nuevas empresas o ampliar las plantas de producción. También implica lograr que las universidades y los centros de investigación se vinculen con las industrias, que los proveedores mexicanos puedan incorporarse a las cadenas de valor y que surjan empresas nacionales capaces de desarrollar soluciones propias.

Aquí vuelve a ser útil la lectura de Acemoglu y Robinson. Su argumento invita a mirar más allá de las cifras y preguntarse qué reglas e incentivos favorecen la innovación y cuáles la obstaculizan. ¿Existen condiciones para que una empresa tecnológica mexicana obtenga financiamiento y compita con compañías consolidadas? ¿La inversión encuentra una comunidad científica con la que pueda desarrollar nuevas soluciones? ¿Las políticas públicas favorecen la colaboración de largo plazo entre universidades, empresas y gobierno? ¿Se crean oportunidades para que el personal altamente capacitado participe en proyectos de investigación, desarrollo e innovación sin tener que buscar esas condiciones fuera del país?

No son preguntas aisladas. Forman parte de una discusión sobre el modelo de desarrollo y las decisiones que México necesita tomar para elevar su productividad.

La inversión extranjera y la integración comercial son ventajas importantes, pero no sustituyen una estrategia de innovación. El capital puede instalar una planta; la articulación entre ciencia, tecnología, empresas y financiamiento puede ayudar a que esa planta desarrolle nuevos procesos, incorpore proveedores nacionales y genere conocimiento que permanezca en el país. La diferencia está en pasar de ser una plataforma de producción a construir capacidades propias para competir en una economía cada vez más tecnológica.

Una agenda que también pasa por el Legislativo

La discusión sobre cómo impulsar la inversión y fortalecer la capacidad productiva del país también llegó este 28 de octubre a la Cámara de Diputados, donde se realizó el foro “Escuchando a la industria. Agenda legislativa para el Plan México”.

El encuentro, promovido por las diputadas Dolores Padierna y Patricia Armendáriz, reunió a representantes del sector empresarial con legisladores para identificar obstáculos a la inversión y plantear modificaciones legales que favorezcan la industrialización, la generación de empleos y el fortalecimiento de las cadenas de valor nacionales.

Entre los objetivos expuestos se encuentran ampliar el financiamiento para pequeñas y medianas empresas, incrementar el contenido nacional de la producción y reducir los tiempos para concretar inversiones. La agenda legislativa podría ser también una vía para mejorar las condiciones en las que las empresas mexicanas innovan, desarrollan tecnología y llevan sus productos al mercado.

El desafío será traducir el diálogo en propuestas y reformas concretas que contribuyan a articular la inversión pública y privada con la ciencia, la tecnología y las capacidades productivas del país.

La innovación como respuesta

¿Por qué México no crece al ritmo que podría? Tal vez una parte de la respuesta esté en la distancia que todavía separa la creatividad de la innovación, la investigación de la producción y la inversión de la generación de conocimiento propio.

México no parte de cero. Tiene talento, infraestructura productiva, experiencia exportadora, inversión y capacidades científicas. El Plan México, los polos de desarrollo y los esfuerzos por construir una agenda legislativa para la industria forman parte de una estrategia que busca aprovechar esas ventajas. El desafío consiste en conectar los recursos disponibles, establecer incentivos adecuados y sostener decisiones que permitan transformar las ideas en empresas, tecnología, productividad y mejores empleos.

En una economía donde la inteligencia artificial está modificando las reglas de la competencia, esa articulación no es un asunto secundario ni una aspiración para el futuro. Es una condición para participar en la siguiente etapa del desarrollo.

La pregunta ya está planteada. Lo que falta es construir una respuesta colectiva: ¿qué necesita hacer México para que su creatividad se convierta en innovación y su innovación, en prosperidad? También es una pregunta que desde la ciudadanía debe encontrar respuestas y alterativas de solución.

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