El experimento de México: ¿puede una escuela sin celulares recuperar la atención?

México está a punto de convertir las aulas de primaria y secundaria en espacios libres de teléfonos celulares durante toda la jornada escolar.
A partir del 3 de noviembre, los estudiantes podrán llevar su teléfono a la escuela, pero deberán mantenerlo guardado durante las clases y también durante los recreos, salvo situaciones de emergencia o circunstancias particulares.
La decisión ocurre en un momento especialmente significativo para la educación mexicana.
Apenas unas semanas atrás, los resultados de PISA 2025 mostraron un panorama complejo sobre los aprendizajes de los jóvenes de 15 años. México obtuvo un promedio de 414 puntos en ciencias, 388 en matemáticas y 408 en lectura. En ciencias, 49.6% de los estudiantes se ubicó por debajo del nivel básico de desempeño.
Estos resultados no demuestran que los teléfonos celulares sean responsables del desempeño educativo. PISA mide múltiples factores y no establece que una sola variable explique los resultados.
Pero colocan una pregunta inevitable sobre la mesa:
¿Estamos creando ambientes escolares que favorecen la concentración, la curiosidad y el aprendizaje profundo?

El nuevo campo de batalla es la atención

Durante décadas, el problema de la escuela fue cómo conseguir que los estudiantes tuvieran acceso a información.
Hoy el problema puede ser exactamente el contrario: hay demasiada información, demasiados estímulos y demasiadas interrupciones.
Un teléfono inteligente no es solamente un aparato para hacer llamadas. Es una cámara, televisión, consola de videojuegos, biblioteca, red social, buscador, plataforma de entretenimiento y, cada vez más, una puerta de entrada a herramientas de inteligencia artificial.
Todo eso cabe en un dispositivo que puede estar dentro de una mochila.
La investigación científica ha encontrado asociaciones entre el uso recreativo de teléfonos y redes sociales durante actividades escolares y el rendimiento académico, aunque los investigadores advierten que la evidencia acumulada todavía tiene limitaciones y que no todas las formas de uso tecnológico producen los mismos efectos. Una revisión sistemática publicada en 2025 encontró evidencia acumulada sobre la relación entre uso no relacionado con las tareas escolares y desempeño académico, pero señaló que la evidencia sigue siendo limitada.
Esto es importante.
No se trata de decir que el teléfono es enemigo del aprendizaje.
Se trata de distinguir entre tecnología utilizada con propósito pedagógico y tecnología que interrumpe el proceso educativo.

UNESCO: El mundo también está poniendo límites

México no está tomando esta decisión en aislamiento.
La UNESCO reporta que 114 sistemas educativos ya cuentan con prohibiciones nacionales sobre teléfonos móviles en las escuelas, equivalentes al 58% de los países. En 2023, esa proporción era de apenas 24%.
La expansión de estas políticas refleja preocupaciones relacionadas con la distracción, la atención, el ciberacoso y el bienestar de los estudiantes.
Pero la propia UNESCO plantea una precisión fundamental: la tecnología no es intrínsecamente negativa.
Puede favorecer el aprendizaje cuando está alineada con objetivos educativos concretos.
La discusión, por tanto, no debería reducirse a una guerra entre “tecnología” y “educación”.
La verdadera discusión es cómo diseñar una escuela capaz de utilizar la tecnología sin quedar subordinada a ella.

¿Y qué pasa con el cerebro y el sueño?

El problema tampoco termina cuando suena la campana de salida.
Una parte importante de la investigación reciente se ha concentrado en la relación entre dispositivos digitales, redes sociales y sueño durante la adolescencia.
Una revisión de revisiones que reunió 127 estudios y más de 867 mil participantes encontró asociaciones entre el uso de dispositivos digitales y diferentes alteraciones del sueño, particularmente cuando se trataba de uso problemático de redes sociales.
Otra revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2026, con 25 estudios y 4,562 participantes, encontró una asociación pequeña pero significativa entre mayor uso diario de pantallas y una hora de sueño más tardía. Sin embargo, no encontró asociaciones significativas con varios otros indicadores de sueño, como duración total, eficiencia o calidad subjetiva, lo que muestra que la relación es más compleja de lo que suele sugerirse.
Esta cautela científica importa.
Porque el debate sobre pantallas suele caer en dos extremos:
“El celular está destruyendo a los jóvenes” o “La tecnología es indispensable y cualquier restricción es un retroceso”.
La evidencia científica no cabe cómodamente en ninguno de esos dos titulares.

PISA 2025 lanza otra pista

Y aquí aparece uno de los elementos más interesantes de los nuevos resultados de PISA.
La evaluación de 2025 no solamente preguntó qué saben los estudiantes. También incorporó información sobre resolución de problemas computacionales, aprendizaje en entornos digitales y uso de inteligencia artificial.
En México, el promedio en resolución de problemas computacionales fue de 453 puntos, frente a 500 puntos en promedio de la OCDE. Al mismo tiempo, 59.2% de los estudiantes reportó haber aprendido en clase a evaluar información generada por inteligencia artificial.
Aquí aparece una paradoja fascinante: la escuela necesita más tecnología para preparar a los estudiantes para el futuro, pero también necesita enseñarles cuándo no utilizarla.
Es decir, el objetivo no puede ser regresar a una escuela desconectada del mundo digital.
El objetivo tendría que ser construir una generación capaz de utilizar la tecnología sin depender de ella para concentrarse, relacionarse o pensar.

El recreo también es parte del experimento

La decisión mexicana tiene un componente particularmente relevante: el teléfono no podrá utilizarse tampoco durante el recreo.
Eso significa que la política no solamente busca proteger el tiempo de enseñanza.
También pretende modificar lo que ocurre durante los momentos de convivencia.
¿Qué sucede cuando un grupo de adolescentes deja de mirar una pantalla durante 30 minutos?
Puede ocurrir algo muy sencillo y, al mismo tiempo, profundamente educativo:
  • Hablar.
  • Jugar.
  • Discutir.
  • Aburrirse.
  • Inventar algo.
  • Resolver un conflicto cara a cara.
  • Hacer amigos.
El aburrimiento, incluso, puede tener una función creativa. Cuando el cerebro deja de recibir estímulos constantemente, aparece espacio para imaginar, explorar y construir actividades propias.  Pero esto no sucederá automáticamente. Si una escuela simplemente retira los teléfonos y no genera condiciones para la convivencia, la restricción puede convertirse en una disputa permanente.

El gran reto: educar para la desconexión

La política pública mexicana plantea entonces un desafío que va mucho más allá de guardar celulares en las mochilas.
Porque prohibir el teléfono durante seis o siete horas no enseña por sí mismo autocontrol digital.
La verdadera alfabetización digital tendría que incluir algo más:
●Aprender a distinguir información confiable de desinformación.
●Comprender cómo funcionan los algoritmos.
●Reconocer cuándo una aplicación está capturando nuestra atención.
●Utilizar inteligencia artificial de manera crítica.
●Proteger datos personales.
●Identificar riesgos de ciberacoso.
●Administrar el tiempo de pantalla.
●Y aprender algo aparentemente sencillo, pero cada vez más difícil: estar en un lugar sin necesidad de mirar una pantalla.

México tiene ahora una oportunidad para medir qué funciona

Aquí podría estar el aspecto más interesante de esta política.
Si México va a implementar una restricción nacional, también puede convertirla en una oportunidad para evaluar científicamente sus resultados.
  • ¿Cambian los niveles de atención?
  • ¿Mejora la convivencia?
  • ¿Disminuyen las interrupciones en clase?
  • ¿Cambian los conflictos relacionados con redes sociales?
  • ¿Mejora la participación?
  • ¿Hay diferencias en lectura, matemáticas o ciencias?
  • ¿La medida beneficia de la misma manera a estudiantes de contextos distintos?
  • ¿Y qué ocurre con el bienestar y el sueño?

Responder estas preguntas requiere algo más que opiniones.

Requiere datos antes y después de la implementación, grupos de comparación, seguimiento longitudinal y evaluación independiente.
Porque si la política pretende modificar la relación de millones de estudiantes con la tecnología, también debería generar conocimiento sobre sus efectos.

La pregunta no es celular sí o celular no

El debate mexicano puede parecer, a primera vista, una discusión sobre un aparato.
En realidad, es una discusión sobre el futuro de la atención humana.
La escuela está intentando recuperar un territorio que comparte con las grandes plataformas digitales: el tiempo y la atención de niñas, niños y adolescentes.
Y hay una pregunta todavía más profunda:
¿Quién debe enseñar a las nuevas generaciones a controlar la tecnología: la tecnología misma, las familias, las escuelas o una combinación de todas?
México ha decidido comenzar por una regla concreta: en primaria y secundaria, el teléfono se guarda.
El verdadero desafío comienza después.
Porque apagar una pantalla es una acción de segundos.
Aprender a vivir con la tecnología sin que ella controle nuestra atención puede tomar toda una generación.

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