Durante años, la discusión sobre el uso de teléfonos celulares, redes sociales y videojuegos en niñas, niños y adolescentes se centró en la disciplina familiar o en el tiempo frente a las pantallas. Hoy, el debate ha dado un giro: la neurociencia comienza a ocupar el centro de la conversación.
En el contexto de los trabajos impulsados por el Gobierno de México para construir una propuesta de regulación sobre el uso de plataformas digitales por menores de edad, especialistas en neurodesarrollo y prevención de adicciones expusieron la evidencia científica que muestra cómo el uso excesivo de estas tecnologías puede modificar el funcionamiento del cerebro en desarrollo.
Más que una discusión tecnológica, se trata de un tema de salud pública, desarrollo infantil y bienestar emocional.
Un cerebro diseñado para aprender… y vulnerable a la sobreestimulación
La especialista en prevención de adicciones, Tania Jiménez García, explicó que el cerebro infantil y adolescente atraviesa una etapa de enorme plasticidad, es decir, tiene una gran capacidad para aprender y adaptarse. Sin embargo, esa misma característica también lo hace especialmente sensible a estímulos intensos y repetitivos, como los que ofrecen las redes sociales y muchos videojuegos.
Uno de los mecanismos involucrados es la dopamina, neurotransmisor relacionado con el sistema de recompensa y la motivación.
Cada vez que una persona recibe un “me gusta”, una notificación, supera un nivel de un videojuego o encuentra contenido atractivo, el cerebro libera dopamina. El problema aparece cuando esta estimulación ocurre de manera constante y con una intensidad muy superior a la de las actividades cotidianas.
La especialista explicó que, como mecanismo de protección, el cerebro reduce gradualmente su respuesta a esa sobreestimulación.
En consecuencia, actividades que antes resultaban satisfactorias, como hacer ejercicio, leer, convivir con la familia, estudiar o alcanzar una meta personal, comienzan a generar menos placer.
El resultado puede ser una búsqueda cada vez mayor de estímulos digitales para recuperar esa sensación de recompensa.
No se trata únicamente de distracción
Jiménez García señaló que el uso problemático de la tecnología también puede afectar el funcionamiento de la corteza prefrontal, región cerebral encargada de funciones esenciales como:
* mantener la atención;
* controlar impulsos;
* regular emociones;
* planificar;
* tomar decisiones;
* resolver problemas.
Esta región es precisamente la última en completar su desarrollo durante la juventud.
Por ello, cuando existe una exposición excesiva a estímulos digitales durante estas etapas, pueden aparecer mayores dificultades para concentrarse, tolerar la frustración, esperar recompensas, controlar reacciones impulsivas y sostener tareas prolongadas.
La especialista aclaró que esto no significa que todos los usuarios desarrollen una adicción, pero sí existen patrones de uso problemático que deben identificarse oportunamente.
Entre ellos mencionó:
* pérdida de control sobre el tiempo de uso;
* necesidad creciente de permanecer conectado;
* ansiedad o irritabilidad al limitar el acceso;
* afectaciones escolares, familiares o sociales;
* persistencia del comportamiento pese a consecuencias negativas.
Subrayó además que únicamente un profesional de la salud puede diagnosticar una adicción.
El cerebro adolescente: un acelerador potente y unos frenos todavía en construcción
La investigadora de la Universidad de Washington, Lucía Magis-Weinberg, ofreció una explicación que ayuda a entender por qué los adolescentes representan una población especialmente vulnerable.
Durante la adolescencia, explicó, el sistema límbico, encargado de procesar emociones, recompensas y relaciones sociales, madura aproximadamente hacia los 15 años.
En cambio, el sistema responsable del control cognitivo, ubicado principalmente en la corteza prefrontal, continúa desarrollándose hasta los 20 o incluso los 25 años.
La metáfora utilizada por la investigadora resume con claridad este fenómeno:
“Tenemos un automóvil con un acelerador muy potente y un freno que todavía se está desarrollando.”
Esta diferencia en los tiempos de maduración explica por qué durante la adolescencia existe una mayor sensibilidad a:
* la presión social;
* la búsqueda de aprobación;
* las recompensas inmediatas;
* las conductas impulsivas.
Paradójicamente, ese mismo proceso también favorece capacidades fundamentales para el desarrollo humano, como la exploración, el aprendizaje acelerado, la creatividad y la construcción de vínculos sociales.
Por ello, los especialistas insisten en que el objetivo no es eliminar la tecnología, sino aprender a utilizarla de forma saludable.
Una atención cada vez más fragmentada
Uno de los datos que más llamó la atención fue el relacionado con la capacidad de concentración.
Según Magis-Weinberg, hace dos décadas una persona podía mantener la atención en una tarea frente a una pantalla durante aproximadamente dos minutos y medio antes de distraerse.
Actualmente, ese tiempo se habría reducido a 47 segundos.
Aunque esta cifra suele citarse para ilustrar un cambio en los hábitos digitales y puede variar según el estudio y el contexto, refleja una preocupación creciente en la investigación científica: la economía de la atención y el diseño de plataformas que compiten de manera permanente por captar el interés del usuario.
¿Veinte años de la vida en redes sociales?
Otro dato presentado por Tania Jiménez García busca dimensionar el fenómeno.
Si las tendencias actuales continúan, señaló, las nuevas generaciones podrían llegar a destinar alrededor de veinte años de su vida al uso de redes sociales.
Más allá de la cifra puntual, el mensaje central apunta a una realidad ampliamente documentada: el tiempo dedicado a las plataformas digitales continúa aumentando en prácticamente todo el mundo, especialmente entre adolescentes.
Ello plantea preguntas profundas sobre el impacto en la salud mental, el sueño, la actividad física, la convivencia familiar y el aprendizaje.
Ciencia para orientar las políticas públicas
Al concluir las exposiciones, la presidenta Claudia Sheinbaum informó que toda la información presentada por especialistas será sistematizada para ponerla a disposición de madres, padres de familia y cuidadores.
El objetivo es que las decisiones sobre el uso de dispositivos electrónicos en niñas, niños y adolescentes puedan sustentarse en evidencia científica y no únicamente en percepciones o experiencias individuales.
La iniciativa se inserta en un debate internacional cada vez más amplio. Diversos países han comenzado a restringir el uso de teléfonos celulares en escuelas, establecer límites de edad para determinadas plataformas y exigir mayores responsabilidades a las empresas tecnológicas respecto al diseño de sus algoritmos y mecanismos de protección para menores.
El reto: equilibrar innovación y desarrollo saludable
La tecnología ha transformado la educación, la comunicación y el acceso al conocimiento de una manera sin precedentes. Sin embargo, los especialistas coinciden en que el cerebro infantil y adolescente aún está aprendiendo a convivir con un entorno digital diseñado para captar permanentemente la atención.
El desafío para las políticas públicas, las familias y las propias empresas tecnológicas consiste en encontrar un equilibrio que permita aprovechar los beneficios de la conectividad sin comprometer el desarrollo cognitivo, emocional y social de las nuevas generaciones.
En ese sentido, la evidencia científica presentada por las especialistas aporta un elemento indispensable al debate: comprender cómo funciona el cerebro durante la infancia y la adolescencia es también una forma de proteger el futuro de quienes crecerán en un mundo cada vez más digital.



