Hace apenas unos años, la inteligencia artificial era vista como una promesa tecnológica reservada para laboratorios de investigación y películas de ciencia ficción. Hoy escribe textos, desarrolla software, diagnostica enfermedades, genera imágenes hiperrealistas, traduce idiomas en segundos y es capaz incluso de demostrar teoremas matemáticos que hasta hace poco sólo podían resolver especialistas.
Su crecimiento ha sido tan acelerado que gobiernos, universidades y organismos internacionales apenas comienzan a comprender el verdadero alcance de una revolución tecnológica que ya está transformando prácticamente todos los aspectos de la vida moderna.
La gran pregunta ya no es si la inteligencia artificial cambiará al mundo. La pregunta es quién establecerá las reglas bajo las cuales ese cambio ocurrirá.
Ese fue precisamente el tema central de la conversación que Alcanzando el Conocimiento sostuvo con el doctor Carlos Coello Coello, investigador del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados (Cinvestav), miembro de El Colegio Nacional y uno de los científicos mexicanos con mayor reconocimiento internacional en ciencias de la computación e inteligencia artificial.

Originario de Tonalá, Chiapas, Coello ha dedicado más de tres décadas al estudio de la inteligencia artificial, la optimización evolutiva multiobjetivo y los algoritmos inspirados en procesos naturales. Su trabajo científico acumula más de 400 publicaciones especializadas y miles de citas académicas alrededor del mundo, convirtiéndolo en una referencia internacional en esta disciplina.
En 2023 hizo historia al convertirse en el primer especialista en ciencias de la computación en ingresar a El Colegio Nacional, una institución integrada por las figuras más destacadas de la ciencia, las humanidades y las artes en México.
Pero quizá una de las responsabilidades más relevantes que ha asumido recientemente fue formar parte del panel internacional de 40 especialistas convocado por Naciones Unidas para elaborar el primer informe mundial sobre la gobernanza de la inteligencia artificial.
Durante varios meses, científicos, expertos en ética, tecnología, política pública y derechos humanos debatieron cómo enfrentar una realidad inédita: el desarrollo de una tecnología cuyo crecimiento parece superar la capacidad de los propios gobiernos para comprenderla.
La experiencia, reconoce Coello, modificó incluso su propia percepción sobre la inteligencia artificial.
“Yo llegué al panel sin una preocupación particular. Salí preocupado.”
No porque considere inevitable un escenario catastrófico como el que durante décadas imaginó la ciencia ficción, sino porque, por primera vez, escuchó de voz de algunos de los investigadores que desarrollan esta tecnología historias que hace apenas unos años parecían imposibles.

El informe que busca anticiparse al futuro
El informe presentado por Naciones Unidas parte de una realidad difícil de ignorar. La inteligencia artificial está avanzando más rápido que cualquier intento por regularla.
Mientras los congresos nacionales discuten proyectos de ley y los gobiernos apenas comienzan a formar grupos de trabajo, los modelos de inteligencia artificial evolucionan prácticamente cada semana. Lo que hoy parece novedoso puede quedar obsoleto apenas unos meses después.
Para Coello, ese desfase constituye el principal desafío de nuestro tiempo.
“No alcanzamos a regular una versión de la inteligencia artificial cuando ya existe otra mucho más avanzada.”
No se trata únicamente de una carrera tecnológica. Se trata de una carrera entre la innovación y la capacidad de las sociedades para comprender sus consecuencias.
El informe elaborado para Naciones Unidas intenta precisamente construir una primera hoja de ruta internacional que permita iniciar una conversación global sobre gobernanza, transparencia y responsabilidad.
No propone prohibiciones. Tampoco busca frenar el desarrollo científico.
Su objetivo consiste en abrir una discusión sobre cómo evitar que esta revolución tecnológica amplíe aún más las desigualdades entre países, concentre el conocimiento en unas cuantas empresas y genere riesgos que hoy todavía resultan difíciles de dimensionar.
Una conversación entre ciencia, política y ética
Uno de los aspectos más interesantes del panel internacional fue precisamente su diversidad. No estaba integrado únicamente por ingenieros o especialistas en computación. También participaron expertos en derechos humanos, economistas, filósofos, juristas y periodistas.
La intención era observar la inteligencia artificial desde todas las perspectivas posibles. Porque el problema ya no pertenece exclusivamente a la informática. Hoy involucra prácticamente todas las dimensiones de la sociedad.
- ¿Cómo afectará al empleo?
- ¿Qué ocurrirá con la privacidad?
- ¿Quién será responsable cuando una inteligencia artificial tome una decisión equivocada?
- ¿Cómo evitar que sea utilizada para manipular procesos democráticos?
- ¿Quién protege a los menores de edad?
- ¿Cómo impedir que aumente las brechas entre países ricos y países en desarrollo?
Responder esas preguntas fue uno de los objetivos centrales del informe.
Sin embargo, coordinar a cuarenta especialistas provenientes de distintas disciplinas y con visiones muy diferentes no fue sencillo.
“El informe ni siquiera contiene todo lo que discutimos”, recuerda Coello. El tiempo era limitado.
Además, el documento debía traducirse a los idiomas oficiales de Naciones Unidas para presentarse dentro del calendario previsto.
Muchas discusiones quedaron fuera simplemente porque el desarrollo de la propia inteligencia artificial avanzaba mientras el documento aún estaba escribiéndose.
Paradójicamente, el informe sobre una tecnología que evoluciona de manera acelerada nació sabiendo que sería, desde su publicación, una versión necesariamente incompleta.
Entre la esperanza y la preocupación
Lejos del tono alarmista que suele dominar muchas conversaciones sobre inteligencia artificial, Coello insiste en que la tecnología también representa una oportunidad extraordinaria.
Uno de los ejemplos más emblemáticos es AlphaFold, desarrollado por DeepMind.
Durante décadas, uno de los mayores retos de la biología consistió en comprender cómo se pliegan las proteínas para adquirir la estructura que determina su función dentro de los organismos vivos.
Resolver ese problema mediante métodos experimentales podía tomar años de trabajo.
AlphaFold consiguió predecir la estructura de más de 200 millones de proteínas.

El avance representa una revolución para la biología molecular y abre nuevas posibilidades para desarrollar medicamentos, comprender enfermedades y acelerar investigaciones biomédicas. No es un caso aislado.
Actualmente existen modelos capaces de analizar secuencias de ADN, identificar mutaciones relacionadas con enfermedades hereditarias y acelerar procesos que antes requerían años de investigación.
Para Coello, estos ejemplos muestran el enorme potencial de la inteligencia artificial cuando se orienta hacia objetivos científicos y sociales.
“La IA puede ayudarnos a resolver algunos de los grandes problemas de la humanidad.”
Sin embargo, el mismo conocimiento que permite descubrir nuevos medicamentos también puede utilizarse con fines muy distintos. Y ahí comienza la preocupación.
El otro rostro de la revolución tecnológica
Mientras una parte de la inteligencia artificial impulsa descubrimientos científicos, otra ya está siendo utilizada para fabricar desinformación.
Los llamados deepfakes permiten crear videos prácticamente indistinguibles de la realidad.
Las campañas de fraude digital utilizan voces clonadas mediante inteligencia artificial para engañar a miles de personas.
Los modelos generativos producen imágenes falsas capaces de alterar procesos políticos, judiciales o electorales.
En las universidades, miles de estudiantes recurren diariamente a herramientas como ChatGPT para elaborar tareas, redactar ensayos o resolver ejercicios sin comprender realmente los contenidos.
Coello reconoce que el fenómeno ya está modificando la educación superior.
Profesores del propio Cinvestav han optado por eliminar las tareas tradicionales y regresar a los exámenes orales. La razón es simple.
Cada vez resulta más difícil distinguir cuándo un trabajo fue elaborado por un estudiante y cuándo fue producido íntegramente por un modelo de inteligencia artificial.
“No todos los estudiantes lo hacen, pero algunos entregan exactamente lo que les devuelve el programa, aunque ni siquiera entiendan lo que están presentando.”
Más allá del problema académico, comienzan a surgir investigaciones que documentan posibles efectos cognitivos derivados del uso excesivo de estas herramientas.
La preocupación ya no consiste únicamente en que los estudiantes hagan trampa.
La pregunta es si delegar sistemáticamente procesos de razonamiento, escritura o resolución de problemas puede afectar el desarrollo de habilidades intelectuales fundamentales.
El mensaje que cambió la conversación
Durante décadas, muchos investigadores consideraron exageradas las advertencias provenientes de la ciencia ficción.
Las historias sobre máquinas que dominarían a la humanidad parecían muy lejanas de la realidad científica.
El propio Carlos Coello compartía esa visión.
Por eso recuerda con especial claridad uno de los momentos que marcaron las discusiones dentro del panel de Naciones Unidas.
Uno de los participantes era Yoshua Bengio, considerado uno de los padres de la inteligencia artificial moderna y ganador del Premio Turing.

Cuando tomó la palabra explicó por qué había aceptado participar.
No habló de avances científicos. No habló de innovación. Habló de su familia.
“Estoy aquí porque me preocupan mis hijos y mis nietos.”
Aquella frase captó inmediatamente la atención del resto de los integrantes del panel.
Si uno de los científicos que más ha contribuido al desarrollo de la inteligencia artificial expresaba ese nivel de inquietud, valía la pena escuchar con atención sus argumentos.
Y conforme avanzaron las discusiones, comenzaron a aparecer ejemplos concretos de comportamientos observados en algunos modelos experimentales que incluso para los propios investigadores resultaban difíciles de explicar.
Fue entonces cuando Coello comprendió que la verdadera preocupación no consiste en las fantasías de Hollywood.
El desafío es mucho más complejo.
Porque la inteligencia artificial ya está comenzando a hacer cosas que hace apenas unos años nadie esperaba que pudiera hacer.
Continuará…
En la segunda entrega abordaremos los aspectos más inquietantes planteados por Carlos Coello: los experimentos con modelos avanzados como Claude, los casos de sistemas capaces de vulnerar plataformas altamente protegidas, la concentración del poder tecnológico en unas cuantas empresas y por qué algunos de los mayores expertos del mundo consideran que la gobernanza de la inteligencia artificial se ha convertido en un asunto de seguridad global.



