La democracia en América Latina resiste, pero la desigualdad amenaza su consolidación: Marta Lagos

La fundadora de Latinobarómetro en entrevista con Alcanzando el Conocimiento sostiene que el problema de las democracias latinoamericanas no es únicamente político, sino social y económico. Analiza el triunfo de Lula, el avance de la extrema derecha, la estrategia de Donald Trump y anticipa que México podría enfrentar un escenario de alternancia no necesariamente de partidos, quizá de presencia de nuevos liderazgos en un mismo partido.

La democracia en América Latina no atraviesa necesariamente una etapa de derrota, aunque sí enfrenta una prueba de resistencia. Detrás del descontento ciudadano, el desencanto con los gobiernos y el avance de fuerzas políticas radicales existe un problema estructural que no ha logrado resolverse después de cuatro décadas de transiciones democráticas: la pobreza, la desigualdad, la vulnerabilidad y la exclusión social.

Esta es la lectura de Marta Lagos, analista política chilena y fundadora de Latinobarómetro, quien plantea que, a pesar de las dificultades económicas, las crisis sanitarias, los conflictos internacionales y las presiones políticas, la ciudadanía latinoamericana mantiene su demanda de democracia.

Durante una conversación sobre el panorama político regional, Lagos cuestionó las interpretaciones que describen a la democracia latinoamericana como un sistema en franco deterioro. A su juicio, para evaluar su desempeño es indispensable considerar las condiciones adversas en las que ha tenido que desarrollarse.

La década de 2010 a 2020 estuvo marcada por un desempeño económico desfavorable para buena parte de la región; posteriormente llegó la pandemia y, en el escenario actual, se suman las tensiones geopolíticas, los conflictos armados y la influencia de Donald Trump en la política internacional.

En ese contexto, considera relevante que las sociedades continúen exigiendo gobiernos democráticos, aunque expresen insatisfacción con sus resultados.

El problema de fondo: democracias que no han resuelto la desigualdad

Para Lagos, el principal desafío latinoamericano no consiste solamente en perfeccionar los mecanismos electorales o garantizar la alternancia en el poder. El problema es que los gobiernos no han conseguido transformar las condiciones de vida de millones de personas.

La región mantiene alrededor de 150 millones de habitantes en condiciones de pobreza o vulnerabilidad, una realidad que contrasta con las expectativas generadas durante las transiciones democráticas de hace aproximadamente 40 años.

La promesa de que la democracia conduciría al desarrollo económico y al bienestar general no se ha cumplido en los términos esperados.

Aquí se encuentra una de las principales contradicciones de la democracia latinoamericana: los ciudadanos pueden elegir libremente a sus gobernantes, sustituirlos cuando no cumplen sus expectativas y modificar el rumbo político de sus países, pero esa capacidad de decisión no garantiza por sí misma mejores condiciones de vida.

La democracia puede sobrevivir a la inconformidad electoral, pero difícilmente podrá consolidarse si no consigue reducir las brechas sociales.

Desde esta perspectiva, la pobreza, la fragilidad económica, la discriminación y la desigualdad no son asuntos secundarios de la agenda democrática. Son factores que determinan su legitimidad y su permanencia.

La alternancia: el voto como mecanismo de castigo y corrección

La experiencia chilena ofrece a Marta Lagos un ejemplo de cómo funciona la alternancia en América Latina.

Después de dos décadas de gobiernos de centroizquierda, Chile experimentó su primera alternancia hacia la derecha en 2010. Desde entonces, el electorado ha transitado entre distintas opciones políticas, modificando sus preferencias conforme evalúa el desempeño de los gobiernos. El último caso fue el triunfo de la izquierda con Gabriel Boric y luego un viraje à la derecha con José Antonio Kast.

Para Lagos, este movimiento demuestra una de las capacidades fundamentales de la democracia: permitir que los ciudadanos retiren su respaldo a una fuerza política y entreguen el gobierno a otra.

Cuando la ciudadanía se decepciona de la derecha, puede elegir a la izquierda; cuando pierde la confianza en la izquierda, puede regresar a la derecha.

Sin embargo, advierte que el agotamiento de las opciones tradicionales puede abrir paso a expresiones de extrema derecha lo que puede ser preocupante.

Este fenómeno obliga a distinguir entre la fortaleza de las instituciones electorales y la calidad de los resultados de gobierno. Una democracia puede mantener elecciones competitivas y, al mismo tiempo, experimentar una creciente radicalización política.

La alternancia es una herramienta democrática, pero no sustituye la obligación de gobernar eficazmente.

Lula y una lección para el progresismo: sacar la pobreza del discurso y colocarla en el centro de la elección

Uno de los puntos más relevantes del análisis de Lagos es su interpretación del resultado electoral de Brasil y del liderazgo de Luiz Inácio Lula da Silva.

La analista considera extraordinario que Lula haya conseguido un cuarto mandato presidencial, un resultado que, desde su perspectiva, representa un acontecimiento excepcional en la historia política reciente de América Latina.

Pero más allá de la permanencia de un liderazgo de izquierda, lo que considera particularmente significativo es la estrategia política que permitió construir su victoria.

Lagos sostiene que Lula consiguió desplazar el eje de la contienda electoral: en lugar de convertir la elección en un enfrentamiento dominado por la polarización y el rechazo al adversario, colocó à la pobreza en el centro de la discusión.

La diferencia es fundamental.

Mientras algunas campañas construyen su narrativa a partir del miedo a que gane el candidato contrario, Lula habría conseguido en la recta final de su campaña movilizar a sus simpatizantes alrededor de una causa social: combatir la pobreza.

Para la analista, este cambio representa una recuperación de la bandera histórica de la izquierda latinoamericana, que durante años ha tenido en la justicia social y la reducción de las desigualdades sus principales referentes.

También destaca la recuperación de la movilización presencial. Las concentraciones multitudinarias, el contacto directo con los ciudadanos y la combinación de organización territorial con comunicación digital generaron un efecto de movilización creciente, al que identifica como un efecto locomotora. Es decir, las elecciones se siguen ganando en el territorio y se fortalecen con la comunicación en el mundo digital.

La participación de personas mayores, enfermas y con dificultades de movilidad, venciendo las barreras del transporte que salieron a las calles a votar por LuLa también fue interpretada por Lagos como una expresión de compromiso con una causa política que trascendió la confrontación entre candidatos.

Su lectura es que el triunfo no se construyó únicamente contra un adversario, sino alrededor de una propuesta de futuro.

Esto deja una pregunta importante para las fuerzas progresistas de la región: ¿pueden recuperar su capacidad de convocatoria si vuelven a colocar las necesidades materiales de la población por encima de la confrontación política?

Donald Trump: un liderazgo que anticipa escenarios y administra sus derrotas

Al abordar el papel de Donald Trump, Lagos plantea una interpretación que se aparta de las lecturas que consideran sus decisiones como simples reacciones a los acontecimientos.

A su juicio, Trump tiene una estrategia política diseñada y contempla escenarios adversos, incluidas posibles derrotas electorales.

La analista considera que el mandatario estadounidense busca establecer anticipadamente una narrativa para administrar los resultados de las elecciones intermedias y deslindar su responsabilidad personal de una eventual pérdida de espacios legislativos.

En su interpretación, Trump intenta construir una explicación política antes de que los resultados se produzcan.

Lagos también aborda los riesgos de manipulación electoral y las estrategias para influir en las preferencias ciudadanas. Sin embargo, considera que intervenir una elección nacional en países de gran tamaño, como Estados Unidos, Brasil o México, implica una operación de enormes dimensiones por la cantidad de votantes y la extensión territorial.

Su planteamiento abre otra discusión: la vulnerabilidad de los procesos democráticos no debe analizarse únicamente desde la posibilidad de alterar los resultados, sino también desde las estrategias de polarización, desinformación y construcción de narrativas que buscan influir en la voluntad ciudadana.

México y la posibilidad de una alternancia política

Uno de los momentos más interesantes de la conversación aparece cuando Lagos traslada su análisis a México y plantea que el país podría estar acercándose a un ciclo de alternancia.

La analista advierte que América Latina no debe entenderse como un bloque político homogéneo. Cada nación tiene una historia, instituciones, condiciones económicas y dinámicas sociales particulares. Por ello, considera que los resultados electorales de un país no pueden trasladarse mecánicamente a otro.

Sin embargo, identifica una tendencia regional: durante las últimas décadas, la continuidad de tres gobiernos consecutivos de una misma fuerza o coalición política ha sido poco frecuente, con excepciones como el caso brasileño con el triunfo histórico de Luis Ignacio Lula Da Silva.

A partir de ese comportamiento histórico, Lagos considera que México podría enfrentar una etapa de alternancia.

No plantea necesariamente que el cambio tenga que producirse entre dos partidos distintos. También podría darse mediante una transformación de las corrientes internas de una misma fuerza política, con nuevos liderazgos y una orientación diferente.

Su hipótesis es que, después de varios ciclos de gobierno, el electorado puede comenzar a buscar otras opciones.

Se trata de una lectura de tendencias, no de una predicción electoral inevitable. Las condiciones mexicanas, la evaluación del gobierno, la fortaleza de los partidos, la participación ciudadana y la capacidad de las fuerzas políticas para responder a las demandas sociales serán determinantes.

La reflexión resulta especialmente pertinente ante la proximidad del siguiente ciclo electoral: la continuidad política no puede darse por garantizada, pero tampoco la alternancia debe considerarse un destino automático.

El desafío democrático: recuperar la confianza a través de resultados

La conversación con Marta Lagos deja una conclusión que trasciende la disputa entre izquierda y derecha.

El problema de América Latina no se resuelve simplemente cambiando de partido en el gobierno, ni tampoco asegurando la permanencia de una misma fuerza política. La cuestión central es si los gobiernos pueden responder a las demandas que dieron origen a las transiciones democráticas.

La ciudadanía no solamente quiere votar. Quiere empleo, alimentación, seguridad económica, servicios públicos, oportunidades y condiciones de vida dignas.

Cuando esas demandas permanecen insatisfechas, el descontento puede convertirse en castigo electoral, alimentar discursos antisistema y abrir espacios a proyectos políticos radicales.

El caso de Brasil, en la interpretación de Lagos, muestra que la movilización democrática puede recuperar fuerza cuando la política vuelve a conectar con las preocupaciones concretas de la población.

Y esa es quizá la principal lección para América Latina: la democracia no se consolida únicamente con elecciones libres, sino con gobiernos capaces de demostrar que el ejercicio del poder puede transformar la vida de las personas.

Porque la verdadera prueba de las democracias latinoamericanas no está solamente en quién gana las elecciones, sino en qué tan capaces son sus gobiernos de cumplir las promesas que los llevaron al poder.

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