La Ofrenda Monumental de la Ciudad de México obtuvo el Récord Guinness con una Catrina de 33.411 metros de altura. La instalación también reúne 70 mil flores de cempasúchil, 66 esculturas de ajolotes y un alumbrado monumental que convierte al corazón de la capital en un homenaje a la identidad mexicana.
La muerte tiene en México una manera particular de celebrarse: no se esconde, no se silencia y tampoco representa necesariamente una despedida definitiva. Se recuerda, se canta, se llena de flores y se recibe con los brazos abiertos. Esa relación cultural con la memoria y la muerte tomó dimensiones monumentales en el Zócalo de la Ciudad de México, donde fue inaugurada la Ofrenda Monumental del Día de Muertos 2026, coronada por la Catrina más alta del mundo.
Con una altura oficial de 33.411 metros, la monumental figura obtuvo el reconocimiento de Guinness World Records, luego de que el adjudicador oficial, Alfredo Arista, verificara el cumplimiento de los requisitos y las evidencias establecidas para certificar el récord.
La obra representa mucho más que una marca mundial. Es un homenaje a José Guadalupe Posada, el grabador mexicano que dio vida a la Calavera Garbancera, antecedente de la Catrina, una figura concebida como crítica social y sátira de las aspiraciones de las clases privilegiadas de su época.
Su imagen alcanzó una dimensión universal cuando Diego Rivera la incorporó a su mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, acompañada de personajes históricos y de la vida cotidiana mexicana.
Durante la inauguración, la jefa de Gobierno, Clara Brugada Molina, destacó que la Catrina conserva su vigencia como una expresión crítica frente a la vanidad, el clasismo y las desigualdades.
“Ante la muerte no hay herencias, ni títulos, ni apellidos, ni fortuna que valgan”, expresó.
La mandataria señaló que esta figura recuerda que en México nadie debe estar por encima de los demás y que las tradiciones populares también son espacios de reflexión sobre la sociedad.

Un Zócalo convertido en jardín monumental
La instalación reúne 70 mil flores de cempasúchil, cultivadas por productores del suelo de conservación del sur de la Ciudad de México, además de 66 esculturas de ajolotes intervenidas por artistas y colectivos.
Brugada reconoció el trabajo de las comunidades campesinas que hicieron posible la producción de esta flor emblemática. Informó que en la capital se sembraron diez millones de plantas de cempasúchil para la temporada, una producción que conecta las celebraciones con la actividad agrícola y la economía de las comunidades rurales.
A este paisaje se suma el alumbrado decorativo de los edificios del Gobierno capitalino, con figuras de catrinas, velas, calaveritas de azúcar, flores y colibríes. Más de cien trabajadores participaron en el diseño, elaboración, instalación y montaje de las estructuras luminosas.
La obra estuvo a cargo del Taller de Arte Xibalbá, dirigido por Carlos Camilo Báez.
La memoria como una forma de resistencia
En su mensaje, Clara Brugada definió el Día de Muertos como una expresión cultural que desafía la idea de que la muerte significa el final de todo.
“Es una rebelión amorosa contra el olvido”, afirmó.
La frase resume el sentido profundo de una celebración en la que las familias preparan ofrendas, colocan fotografías, encienden veladoras y disponen los alimentos favoritos de quienes ya no están. La tradición convierte la memoria individual en una experiencia colectiva y mantiene vivos los vínculos entre generaciones.
La jefa de Gobierno invitó a habitantes y visitantes a recorrer la instalación y anunció también el desfile de Día de Muertos, que se realizará este sábado desde la Diana Cazadora hasta el Zócalo, así como el festival Sendero de Cempasúchil en Chapultepec.
Con esta monumental Catrina, la Ciudad de México coloca nuevamente sus tradiciones en el espacio público y ante los ojos del mundo. El récord Guinness reconoce sus dimensiones, pero el significado de la figura va más allá de su altura: representa una cultura que encuentra en la muerte una oportunidad para celebrar la vida, cuestionar los privilegios y resistirse al olvido.



