Durante décadas, tratamientos de 10 o 14 días se convirtieron en una práctica habitual. Hoy, la evidencia científica apunta hacia otra dirección: cuando la infección lo permite, utilizar el antibiótico durante el menor tiempo eficaz puede reducir efectos adversos y contribuir a contener la resistencia antimicrobiana.
La idea de que un tratamiento antibiótico más largo necesariamente es mejor comienza a quedar atrás.
Una revisión reciente retomada por Medscape coloca nuevamente sobre la mesa una pregunta que tiene implicaciones tanto para los médicos como para los pacientes: ¿cuánto tiempo es realmente necesario tomar un antibiótico para eliminar una infección sin causar daños innecesarios?
La respuesta que está ganando terreno en la medicina es: el tiempo suficiente, pero no más de lo necesario.
No se trata de suspender los medicamentos antes de tiempo por decisión propia. Se trata de que la duración del tratamiento sea determinada por el médico con base en el tipo de infección, la respuesta del paciente y la evidencia científica disponible.
La duración también importa
El Colegio Estadounidense de Médicos ya recomendaba desde 2021 tratamientos de corta duración para varias infecciones frecuentes. En determinados pacientes, plantea alrededor de cinco días para neumonía adquirida en la comunidad, exacerbaciones de EPOC con evidencia de infección bacteriana y celulitis no complicada, siempre que exista estabilidad clínica y seguimiento adecuado. Para algunas infecciones urinarias también recomienda esquemas más cortos.
La tendencia continúa.
En 2025, la Sociedad de Enfermedades Infecciosas de Estados Unidos recomendó, para determinados pacientes con infección urinaria complicada que responden adecuadamente al tratamiento, esquemas de siete días en lugar de los tradicionales 10 a 14 días. La recomendación también contempla tratamientos de cinco a siete días con determinados antibióticos, dependiendo del caso.
La lógica es sencilla, pero tiene importantes consecuencias: si un tratamiento más corto logra el mismo objetivo clínico, mantener la exposición al antibiótico durante más tiempo puede aportar poco beneficio y sí aumentar algunos riesgos.
El problema no es solamente la resistencia
Cada vez que se utiliza un antibiótico se ejerce una presión sobre las bacterias. Algunas mueren, mientras que otras pueden sobrevivir y multiplicarse si poseen mecanismos de resistencia.
Por eso, reducir el uso innecesario de estos medicamentos es una de las estrategias para enfrentar la resistencia antimicrobiana.
Pero existe otra razón para evitar tratamientos innecesariamente prolongados: el propio paciente puede resultar afectado.
Los antibióticos también pueden alterar las bacterias beneficiosas que viven en el intestino. Esa alteración de la microbiota puede favorecer problemas gastrointestinales y, en determinadas circunstancias, infecciones por Clostridioides difficile, una bacteria que puede provocar diarrea y colitis potencialmente graves. El CDC señala que la exposición a antibióticos es uno de los principales factores de riesgo para esta infección y que los tratamientos más prolongados pueden incrementar todavía más ese riesgo.
Por ello, el objetivo actual no es simplemente utilizar “menos antibióticos”, sino utilizarlos mejor.
El antibiótico tampoco sirve contra los virus
Una de las principales dificultades continúa siendo distinguir cuándo realmente existe una infección bacteriana.
Los antibióticos no funcionan contra los virus responsables del resfriado, la influenza y muchas bronquitis, entre otras infecciones respiratorias. El CDC advierte que incluso algunos cuadros de sinusitis y otitis pueden mejorar sin antibióticos.
Esto resulta particularmente importante porque un paciente puede sentirse muy enfermo y, sin embargo, no necesitar un antibiótico.
La presencia de moco amarillo o verde, por ejemplo, no demuestra por sí sola que una infección sea bacteriana.
Menos no significa suspender antes
Aquí está uno de los puntos más importantes.
La medicina de precisión en antibióticos no significa que el paciente pueda decidir cuándo dejar de tomar el medicamento.
La reducción de la duración debe ser una decisión clínica. Si una persona recibe un tratamiento de cinco días, debe tomarlo durante esos cinco días. Si necesita siete, debe completar los siete indicados.
La diferencia está en que el médico ya no necesariamente tiene que prescribir 10 o 14 días por costumbre cuando la evidencia indica que un periodo menor puede ser suficiente.
¿Y quiénes necesitan más tiempo?
No todas las infecciones pueden tratarse con esquemas cortos.
Las infecciones profundas o complicadas, la meningitis, la osteomielitis, algunas infecciones articulares, determinadas infecciones graves y otros cuadros invasivos pueden requerir tratamientos prolongados.
También existen pacientes con características particulares que modifican la decisión terapéutica.
Por eso, el verdadero cambio de paradigma no consiste en sustituir “10 días” por “5 días” para todo el mundo.
Es pasar de una duración fija y generalizada a una pregunta más precisa:
¿Cuál es la duración mínima que ofrece un tratamiento eficaz y seguro para este paciente y esta infección?
Una batalla microscópica con consecuencias globales
La resistencia antimicrobiana no es un problema exclusivo de los hospitales.
Las bacterias resistentes pueden propagarse entre personas y comunidades, y la pérdida de antibióticos eficaces amenaza procedimientos médicos que dependen de ellos, desde cirugías hasta trasplantes y determinados tratamientos contra el cáncer.
Por eso, cada prescripción representa una decisión individual, pero también forma parte de un problema colectivo.
La nueva filosofía podría resumirse así:
No se trata de darle menos tratamiento al paciente. Se trata de darle exactamente el tratamiento que necesita.
Y en una época en la que las bacterias están evolucionando más rápido que algunas de nuestras opciones terapéuticas, esa diferencia puede ser decisiva.



