Cerebro y Adicciones: cuando la ciencia ayuda a entender que una adicción no es falta de voluntad

¿Qué ocurre en el cerebro de una persona que desarrolla una adicción? ¿En qué momento una decisión puede convertirse en una conducta que parece escapar del control de quien la padece? Y, sobre todo, ¿por qué seguimos pensando que una persona adicta simplemente necesita “echarle ganas”?

Estas preguntas atraviesan Cerebro y Adicciones, el libro de la doctora Silvia Cruz Martín del Campo, científica del Departamento de Farmacobiología del Cinvestav, quien plantea la necesidad de mirar las adicciones desde la evidencia científica y no desde el prejuicio.

La discusión es particularmente relevante en una sociedad donde el consumo de alcohol y tabaco continúa siendo normalizado, mientras nuevas formas de consumo, como los vapeadores, llegan con enorme facilidad a los adolescentes. A ello se suman sustancias cada vez más diversas y potentes, cuya aparición puede avanzar más rápido que nuestra capacidad para comprenderlas y regularlas.

Pero para entender una adicción hay que mirar hacia dentro: hacia el cerebro.

El cerebro aprende a repetir

Las actividades fundamentales para la supervivencia, como alimentarnos, reproducirnos o cuidar a nuestros hijos, activan circuitos cerebrales relacionados con la recompensa y generan dopamina, un neurotransmisor que participa en la motivación y en la sensación de bienestar.

Las drogas pueden activar estos mismos circuitos, pero de manera mucho más intensa.

El cerebro interpreta entonces esa recompensa como algo que debe repetirse. Con el tiempo, el consumo puede modificar los circuitos relacionados con la motivación, el aprendizaje, la recompensa y el control de los impulsos.

Ahí aparece una de las grandes paradojas de la adicción.

Una parte del cerebro puede reconocer las consecuencias negativas: problemas familiares, pérdida del empleo, deterioro de la salud o dificultades económicas. Sin embargo, otra parte puede impulsar de manera cada vez más automática la búsqueda de la sustancia.

No se trata, por tanto, simplemente de saber que algo hace daño.

El problema es que saberlo no siempre basta para poder detenerlo.

Y esa es una de las razones por las que la doctora Cruz Martín del Campo insiste en combatir la idea de que las personas con una adicción carecen de voluntad.

Adolescencia: un cerebro todavía en construcción

La vulnerabilidad es todavía mayor durante la adolescencia.

El cerebro adolescente se encuentra en un proceso de desarrollo en el que las estructuras relacionadas con las emociones y los impulsos tienen una interacción todavía inmadura con la corteza prefrontal, región fundamental para la planeación, la reflexión y el control de los impulsos.

La capacidad para anticipar consecuencias y tomar decisiones considerando el largo plazo continúa desarrollándose durante la adultez temprana.

Por eso, comenzar a consumir sustancias durante estos años puede representar un riesgo particularmente importante.

La pregunta entonces deja de ser solamente qué están haciendo los adolescentes y comienza a ser también qué estamos haciendo los adultos para protegerlos.

Porque existe una contradicción evidente: sabemos que los menores no deberían consumir alcohol, pero socialmente seguimos normalizando que lo hagan. Hay fiestas familiares donde se les ofrece, establecimientos que buscan atraerlos y productos diseñados para resultar particularmente atractivos para los jóvenes.

La prevención, en este sentido, no puede recaer exclusivamente en ellos.

El nuevo rostro del consumo

El caso de los vapeadores ilustra cómo las formas de consumo pueden transformarse rápidamente.

Durante décadas se trabajó para que la sociedad comprendiera los daños asociados al cigarro convencional. Sin embargo, los dispositivos electrónicos introdujeron una nueva narrativa: productos con sabores, colores y diseños que pueden parecer inocuos y que han logrado penetrar entre los jóvenes.

Pero vapear no significa inhalar simplemente agua.

Los dispositivos pueden contener nicotina, propilenglicol, saborizantes y otras sustancias. Además, las concentraciones de nicotina pueden ser importantes y el contenido de algunos productos puede variar.

Para la investigadora, el desafío no consiste únicamente en prohibir.

La información científica también es una herramienta de prevención.

Decirle a un adolescente que algo “mata” puede no ser suficiente. Explicarle qué ocurre en su cerebro, qué sustancias está inhalando, cómo puede desarrollarse la dependencia y cuáles son las consecuencias puede permitirle tomar decisiones con mayor conocimiento.

La adicción como pérdida de libertad

Quizá uno de los planteamientos más profundos de Cerebro y Adicciones es entender la adicción como una pérdida de libertad.

Una persona puede querer dejar de consumir, intentar hacerlo, saber que la sustancia le está causando daño y, aun así, continuar consumiendo.

La contradicción es precisamente la expresión del problema.

Por eso, la frase “solo deja de hacerlo” resulta insuficiente.

Las adicciones tienen componentes biológicos, psicológicos y sociales. También pueden coexistir con ansiedad, depresión, experiencias traumáticas, violencia o aislamiento.

En estos casos, atender únicamente el consumo puede no ser suficiente.

Si una persona utiliza alcohol para disminuir su ansiedad, por ejemplo, será difícil sostener la recuperación si el trastorno de ansiedad permanece sin tratamiento. De la misma manera, si una sustancia está siendo utilizada para enfrentar síntomas depresivos, la atención debe considerar ambas condiciones.

La recuperación requiere, por ello, una intervención integral.

Desintoxicarse no es lo mismo que recuperarse

Otro punto fundamental es diferenciar la desintoxicación del tratamiento de una adicción.

Dejar de consumir puede ser el primer paso, pero no significa que el problema esté resuelto.

Después pueden ser necesarias etapas de mantenimiento, rehabilitación y reinserción, acompañadas por profesionales de la salud y, cuando sea necesario, tratamientos farmacológicos.

En determinados casos también puede requerirse internamiento, particularmente cuando el entorno de la persona favorece de manera constante el consumo.

Pero incluso entonces, el objetivo no debería ser simplemente alejar a la persona de una sustancia, sino proporcionarle herramientas para responder de otra manera ante los estímulos, emociones y situaciones que anteriormente desencadenaban el consumo.

¿Y qué hacemos con la soledad?

En la conversación con Alcanzando el Conocimiento, surgió además un elemento que con frecuencia permanece fuera de las explicaciones más tradicionales: la soledad.

No todas las personas que enfrentan una adicción tienen la misma historia. Sin embargo, el aislamiento, la violencia, el trauma y la pérdida de vínculos pueden formar parte de las circunstancias que acompañan el consumo problemático.

La recuperación también puede implicar reconstruir esos vínculos.

En muchos casos, quienes han logrado superar una adicción encuentran un nuevo sentido al acompañar a otras personas que atraviesan el mismo proceso.

Ayudar a otros puede convertirse, paradójicamente, en una forma de recuperar aquello que la adicción había ido erosionando: la sensación de pertenencia, utilidad y propósito.

Prevenir también significa ofrecer alternativas

Frente a la búsqueda compulsiva de recompensa que puede generar una sustancia, existen otras fuentes de bienestar.

El deporte, la música, la cultura, el aprendizaje, el trabajo creativo y la posibilidad de ayudar a otros pueden ofrecer experiencias gratificantes sin los efectos destructivos asociados al consumo de drogas.

No existe una receta universal.

Para algunas personas será correr o escalar una montaña; para otras, tocar un instrumento, estudiar una carrera, convertirse en fisioterapeuta o simplemente recuperar la capacidad de sentirse útiles para alguien más.

La prevención, entonces, no consiste únicamente en decir “no consumas”.

También significa preguntarnos:

¿Qué estamos ofreciendo a nuestros jóvenes para que encuentren placer, pertenencia, reconocimiento y sentido sin recurrir a una sustancia?

La información también es tratamiento de la sociedad

Cerebro y Adicciones plantea una tarea que va mucho más allá de conocer los nombres de las drogas y sus efectos.

Se trata de comprender que detrás de una adicción existe un cerebro que ha cambiado, una persona que puede estar sufriendo y un entorno que puede favorecer o dificultar la recuperación.

También se trata de reconocer nuestra responsabilidad como sociedad.

Seguimos teniendo dificultades para hablar de drogas con nuestros hijos. Muchas veces ellos terminan encontrando información antes que sus padres y, con frecuencia, esa información proviene de Internet, de sus compañeros o incluso de quienes tienen intereses comerciales.

Por eso, el conocimiento científico debe ocupar ese espacio.

Informar antes de que llegue el consumo. Detectar antes de que la dependencia se profundice. Atender sin juzgar. Y entender que pedir ayuda no es una derrota, sino una decisión que puede devolverle a una persona algo fundamental: la libertad.

Ese es, quizá, uno de los mensajes más importantes de Cerebro y Adicciones.

Porque mientras sigamos interpretando la adicción como una simple falta de voluntad, estaremos mirando solamente la superficie del problema.

Para comprenderla realmente, tenemos que mirar al cerebro.

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