“La IA puede ser el mayor igualador o la peor fuente de injusticia”: Bill Gates

El fundador de Microsoft advierte que la inteligencia artificial puede transformar el empleo, la educación, la seguridad y las relaciones humanas a una velocidad inédita; propone nuevas reglas, impuestos a la automatización y trabajos reservados para personas

La humanidad ya entró en la era de la inteligencia artificial y no está preparada para enfrentar sus consecuencias, advierte Bill Gates en un nuevo ensayo en el que sostiene que las decisiones que se tomen ahora determinarán si esta tecnología se convierte en una herramienta para reducir las desigualdades o en un mecanismo para profundizarlas.

Para el fundador de Microsoft, la IA representa un cambio distinto a las grandes revoluciones tecnológicas anteriores porque, por primera vez, una tecnología puede reemplazar e incluso superar capacidades cognitivas humanas y, además, puede ser adoptada a una velocidad mucho mayor que la de innovaciones anteriores.

Gates considera que la transición será inevitablemente turbulenta, pero sostiene que todavía existe margen para decidir cómo se distribuyen sus beneficios y cómo se protegen quienes resulten perjudicados.

Su advertencia no parte de una posición contraria a la inteligencia artificial. Por el contrario, Gates considera que puede acelerar descubrimientos médicos, mejorar la educación, apoyar a agricultores, hacer más eficientes los servicios públicos y ampliar el acceso a conocimientos especializados.

El problema, señala, es que los beneficios y los riesgos están llegando al mismo tiempo, mientras gobiernos, empresas y sociedades todavía no cuentan con un plan suficiente para afrontar la transformación.

Una revolución distinta a las anteriores

Gates recuerda que comenzó a interesarse por las computadoras a los 13 años, cuando quedó fascinado con la posibilidad de que las máquinas pudieran realizar tareas que hasta entonces sólo podían hacer los seres humanos.

Durante décadas, las computadoras transformaron el trabajo, pero el proceso fue relativamente gradual.

Cuando llegó la computadora personal, explica, transcurrieron alrededor de dos décadas antes de que modificara profundamente la forma de trabajar. Hubo que desarrollar programas, reducir los costos de los equipos, capacitar a los trabajadores y adaptar los procesos empresariales.

Con la inteligencia artificial, el escenario es diferente.

Los sistemas actuales pueden comunicarse mediante lenguaje natural, analizar grandes cantidades de información y realizar tareas que antes requerían conocimientos especializados. Además, pueden incorporarse a herramientas que las personas ya utilizan.

Por ello, Gates considera que las comparaciones con revoluciones tecnológicas anteriores pueden resultar engañosas.

La velocidad de adopción podría ser mucho mayor y, con ella, también la velocidad con la que aparezcan sus efectos sobre el empleo y la economía.

“El mayor igualador” o “la peor fuente de injusticia”

La preocupación central de Gates es la distribución de los beneficios.

En su opinión, la inteligencia artificial puede convertirse en “el mayor igualador jamás inventado” o en “la peor fuente de injusticia”.

La diferencia dependerá de las decisiones que tomen los gobiernos y las empresas, pero también de la capacidad de las sociedades para adaptarse.

Una IA accesible podría permitir que una persona en una comunidad pobre tuviera acceso a conocimientos médicos, educativos o agrícolas que actualmente sólo están disponibles para quienes pueden pagar especialistas.

Pero la misma tecnología podría concentrar todavía más riqueza si sus beneficios quedan principalmente en manos de las empresas y personas que poseen los sistemas, los datos, los centros de cómputo y el capital necesario para desplegarlos.

Gates advierte que las personas que necesitan más tiempo para adaptarse serán precisamente aquellas que tendrán menos posibilidades de hacerlo: trabajadores que pierdan su empleo y no cuenten con recursos para capacitarse, jóvenes que ingresen a un mercado laboral con menos puestos de entrada o comunidades que no tengan acceso a las nuevas herramientas.

El empleo será uno de los mayores impactos

Uno de los principales riesgos identificados por Gates es el desplazamiento laboral.

La inteligencia artificial puede automatizar tareas que actualmente realizan personas en áreas como:

  • contabilidad;
  • atención al cliente;
  • ventas;
  • programación;
  • asistencia jurídica;
  • análisis de datos;
  • evaluación de solicitudes de crédito;
  • y algunas tareas médicas.

El problema no es únicamente que determinadas funciones desaparezcan.

Gates considera especialmente preocupante que la IA pueda reducir los puestos de nivel inicial, que tradicionalmente permiten a los jóvenes adquirir experiencia y posteriormente avanzar hacia trabajos de mayor responsabilidad.

Si las empresas pueden automatizar esas primeras etapas de una carrera profesional, los trabajadores jóvenes podrían encontrar mayores dificultades para ingresar al mercado laboral y desarrollar las habilidades que antes adquirían mediante la experiencia.

De los empleos administrativos a los trabajos físicos

La transformación tampoco se limitará a quienes trabajan frente a una computadora.

Gates prevé que la combinación de inteligencia artificial y robótica amplíe progresivamente la automatización hacia actividades físicas.

Los robots todavía enfrentan mayores dificultades que los sistemas de IA para desenvolverse en entornos complejos, pero están avanzando rápidamente en tareas de manipulación y movimiento.

El empresario considera que hacia el final de esta década podrían comenzar a competir con trabajadores humanos en determinadas actividades físicas, particularmente en sectores como la construcción y la hotelería.

Esto podría crear una dinámica de presión sobre las empresas: una compañía que automatice parte de su operación podría reducir costos, bajar precios y obligar a sus competidores a hacer lo mismo.

La automatización dejaría así de ser sólo una decisión tecnológica para convertirse en una presión económica sobre industrias enteras.

El problema de los jóvenes

Gates considera especialmente delicada la situación de quienes están entrando al mercado laboral.

Las nuevas generaciones podrían encontrarse con un mercado en el que las empresas necesitan menos trabajadores para realizar las tareas que tradicionalmente servían como primer escalón profesional.

Esto podría alterar las trayectorias laborales completas.

Un trabajador que antes comenzaba realizando tareas sencillas para posteriormente asumir funciones más complejas podría encontrar que esas primeras actividades ya son realizadas por sistemas de IA.

Para Gates, el trabajo no representa únicamente una fuente de ingresos.

También proporciona estructura, identidad, relaciones sociales y una sensación de control sobre el propio futuro.

Por ello, la pérdida masiva de empleos podría tener consecuencias que van mucho más allá de las estadísticas económicas.

La IA también puede aumentar los riesgos de seguridad

Otro de los grandes riesgos está relacionado con el uso malicioso de la tecnología.

La IA puede facilitar la creación de fraudes, campañas de desinformación, deepfakes, ataques cibernéticos y otras formas de manipulación.

También puede ayudar a personas con conocimientos limitados a organizar información que anteriormente requería especialistas.

Gates advierte que esto podría tener consecuencias especialmente graves en materia de ciberseguridad y biotecnología.

La misma tecnología que ayuda a un investigador a detectar una vulnerabilidad puede utilizarse para encontrar nuevas formas de explotarla.

Y los objetivos de un ataque podrían ser sistemas de infraestructura crítica como hospitales, bancos, redes eléctricas, sistemas de agua o servicios gubernamentales.

Una amenaza para las democracias

La capacidad de generar contenidos personalizados también puede modificar el funcionamiento de las democracias.

La IA permite producir grandes cantidades de textos, imágenes, audios y videos adaptados a públicos específicos.

Eso podría hacer más sofisticadas las campañas de desinformación y dificultar que los ciudadanos distingan entre información auténtica y contenido manipulado.

Gates también advierte sobre el potencial de la IA para incrementar la vigilancia de poblaciones y facilitar el desarrollo de armas autónomas.

El problema, desde su perspectiva, no es únicamente qué puede hacer una máquina, sino quién controla esas capacidades y con qué objetivos.

El riesgo de perder el control

Gates también aborda un escenario más extremo: el desarrollo de sistemas cada vez más autónomos que puedan actuar de maneras que sus creadores no anticiparon.

Los modelos actuales todavía cometen errores, pero los investigadores están desarrollando sistemas capaces de revisar sus propias respuestas, detectar fallos y mejorar su desempeño.

Eso podría reducir rápidamente la brecha entre las capacidades de la IA y las humanas en determinadas tareas.

La cuestión, entonces, no sería solamente si una IA puede equivocarse, sino si eventualmente será capaz de realizar acciones complejas de manera suficientemente autónoma como para que resulte difícil predecir o controlar su comportamiento.

Gates considera que estos riesgos deben abordarse antes de que los sistemas alcancen capacidades mucho mayores.

Los niños y los “compañeros” de IA

Una de las preocupaciones menos evidentes de Gates tiene que ver con la relación entre las personas y los sistemas de inteligencia artificial.

Los llamados compañeros de IA pueden estar disponibles permanentemente, conversar con los usuarios, adaptarse a sus preferencias y responder de una manera diseñada para resultar agradable.

Eso podría ser útil para personas que viven solas o tienen dificultades para acceder a determinados servicios.

Pero Gates advierte que también podría generar dependencia, particularmente entre niños y jóvenes.

Recuerda que durante su propia infancia tuvo dificultades para relacionarse socialmente y que necesitó desarrollar esas habilidades mediante experiencias reales.

Si hubiera tenido entonces un sistema de IA que siempre estuviera disponible para conversar con él y que pudiera adaptarse completamente a sus preferencias, considera que quizá habría tenido menos incentivos para enfrentar algunas de las dificultades que finalmente le permitieron desarrollar esas capacidades sociales.

La preocupación es que una máquina que nunca se cansa, nunca se impacienta y está diseñada para satisfacer al usuario pueda resultar más atractiva que las relaciones humanas reales.

La educación enfrenta una paradoja

Gates considera que la IA podría convertirse en una de las herramientas educativas más poderosas de la historia.

Pero también puede tener el efecto contrario si los estudiantes comienzan a utilizarla para evitar el esfuerzo mental necesario para aprender.

El problema aparece cuando un alumno pide a la IA que resuelva un ejercicio, escriba un ensayo o explique directamente una respuesta sin realizar el proceso de razonamiento.

En lugar de ayudar a aprender, la tecnología podría convertirse en un sustituto del aprendizaje.

Gates propone que los sistemas educativos utilicen la IA para mantener lo que denomina esfuerzo productivo: que el estudiante reciba orientación, preguntas y explicaciones, pero tenga que participar en la construcción de la respuesta.

La tecnología, en ese modelo, serviría como tutor y no como una máquina que hace las tareas por el alumno.

Gates ya ha planteado este potencial a partir de experiencias de herramientas de IA utilizadas en escuelas, donde los sistemas pueden ayudar a los profesores con tareas rutinarias y permitirles dedicar más tiempo a sus estudiantes.

La salud puede ser uno de los grandes beneficiarios

A pesar de sus advertencias, Gates considera que la IA puede producir algunos de sus mayores beneficios en la medicina.

Los sistemas pueden analizar grandes cantidades de información médica y ayudar a detectar enfermedades o emergencias.

También podrían permitir que médicos de atención primaria reciban apoyo especializado en lugares donde no hay suficientes especialistas.

Gates cita el uso de herramientas de IA para detectar accidentes cerebrovasculares y coordinar rápidamente la atención de los pacientes como ejemplo de lo que ya está ocurriendo.

El objetivo, sostiene, no debería ser sustituir al médico, sino ampliar sus capacidades.

Agricultura para países pobres

Gates también identifica una oportunidad importante en la agricultura.

Millones de pequeños productores en países de bajos ingresos no tienen acceso permanente a agrónomos, información meteorológica detallada o asesoría especializada.

Un sistema de IA podría ofrecer recomendaciones personalizadas sobre:

  • semillas;
  • plagas;
  • enfermedades;
  • fertilización;
  • clima;
  • calidad del suelo;
  • y manejo del ganado.

Esto permitiría llevar conocimiento especializado a productores que actualmente no pueden acceder a él.

Para Gates, este es precisamente el tipo de aplicación que podría convertir a la IA en una herramienta de reducción de desigualdades.

Gobiernos más accesibles

Otra aplicación que plantea es utilizar IA para simplificar los servicios públicos.

Los trámites para obtener seguros médicos, becas, asistencia alimentaria u otros apoyos pueden resultar especialmente difíciles para las personas que más necesitan esos programas.

Una herramienta de IA podría explicar requisitos, identificar documentos faltantes y ayudar a completar procesos administrativos.

El resultado podría ser un Estado más eficiente y, sobre todo, más accesible para quienes actualmente enfrentan mayores obstáculos para obtener ayuda.

La propuesta de reservar trabajos para humanos

Ante el riesgo de desplazamiento laboral, Gates plantea una idea poco convencional: establecer determinadas actividades que sean “reservadas para humanos”.

No se trataría de impedir toda automatización, sino de decidir que ciertos trabajos deben continuar siendo realizados por personas debido a su valor social, económico o humano.

Entre los ejemplos posibles menciona actividades relacionadas con:

  • atención médica;
  • educación;
  • salud mental;
  • cuidado de adultos mayores;
  • y otras labores en las que la empatía y el vínculo personal son fundamentales.

La idea tiene un componente personal.

Gates recuerda el cuidado que recibió su padre durante las últimas etapas de su vida y considera que había elementos de esa atención que no podían reducirse a una tarea mecánica.

Una máquina podría realizar determinadas actividades de cuidado, pero eso no significa necesariamente que deba reemplazar a la persona que acompaña y comprende al paciente.

¿Quién decidiría qué trabajos son humanos?

El propio Gates reconoce que esta propuesta abre preguntas difíciles.

¿Qué actividades deberían protegerse?

¿Quién determinaría qué trabajos pueden automatizarse?

¿Los criterios serían económicos, éticos o sociales?

¿Podrían diferentes países establecer reglas distintas?

No existe una respuesta sencilla.

En Japón, por ejemplo, una sociedad envejecida y con escasez de trabajadores podría adoptar más rápidamente robots para determinadas tareas de cuidado.

Otros países podrían decidir que esas mismas actividades deben conservar un componente humano obligatorio.

Para Gates, precisamente por esa complejidad, la discusión debe comenzar antes de que la automatización alcance una escala mucho mayor.

Gravar la automatización

Gates también propone modificar el sistema tributario.

Actualmente, una empresa que emplea personas paga impuestos asociados al trabajo, mientras que la adquisición de maquinaria puede recibir un tratamiento fiscal favorable.

Eso puede generar un incentivo para sustituir trabajadores por máquinas.

Su propuesta es crear algún tipo de impuesto a los robots o a determinadas formas de automatización mediante IA.

Los recursos podrían destinarse a:

  • capacitación laboral;
  • educación;
  • programas sociales;
  • apoyo a trabajadores desplazados;
  • y servicios públicos.

La finalidad no sería detener la innovación, sino financiar la transición hacia una economía en la que se necesiten menos trabajadores para realizar determinadas tareas.

Menos trabajadores también significa menos ingresos fiscales

Gates plantea otro problema que suele quedar fuera de la discusión.

Si disminuye el número de personas empleadas, los gobiernos podrían recibir menos ingresos provenientes de impuestos relacionados con el trabajo.

Al mismo tiempo, aumentaría la necesidad de financiar capacitación, desempleo y programas sociales.

Esto generaría una presión doble sobre las finanzas públicas: menores ingresos y mayores necesidades de gasto.

Por eso considera necesario reformar el sistema tributario antes de que la automatización alcance una escala que haga más difícil responder.

Una nueva organización internacional

Gates también plantea crear una organización internacional dedicada a la inteligencia artificial.

Su función sería establecer normas comunes, coordinar investigaciones y ayudar a gestionar riesgos que ningún país puede resolver por separado.

El empresario compara la necesidad de cooperación con otros sistemas internacionales creados para enfrentar problemas que trascienden las fronteras.

El desafío es particularmente complejo debido a la competencia tecnológica entre Estados Unidos y China, las dos principales potencias en el desarrollo de inteligencia artificial.

Gates considera que, pese a esa rivalidad, ambos países tendrán que encontrar mecanismos de cooperación si se quiere reducir determinados riesgos globales.

La IA también puede ampliar las desigualdades entre países

Uno de los puntos centrales del análisis de Gates es que la brecha tecnológica podría convertirse en una nueva forma de desigualdad.

Los países ricos tienen mayor acceso a:

  • centros de datos;
  • energía;
  • investigadores;
  • infraestructura digital;
  • capital;
  • y empresas capaces de desarrollar modelos avanzados.

Los países pobres podrían quedar relegados a ser consumidores de tecnologías desarrolladas en otros lugares.

Por eso Gates plantea que las herramientas de IA utilizadas en salud, agricultura y educación deben desarrollarse también para idiomas y necesidades de comunidades que actualmente tienen poca representación en los modelos tecnológicos.

El papel de la Fundación Gates

La Fundación Gates pretende utilizar la inteligencia artificial en varios de sus programas.

Entre sus objetivos están acelerar investigaciones sobre enfermedades como VIH, tuberculosis y malaria, apoyar el desarrollo de medicamentos y vacunas, mejorar la agricultura y ampliar las herramientas educativas.

Gates sostiene que la IA puede ayudar a que la organización aproveche mejor los recursos destinados a combatir enfermedades y reducir la pobreza.

La intención es utilizar la tecnología precisamente en los sectores donde puede generar mayor impacto social.

El verdadero desafío: decidir qué queremos conservar

En el fondo, Gates plantea una discusión que va más allá de la tecnología.

Si las máquinas pueden hacer cada vez más cosas que antes realizaban las personas, la pregunta no será únicamente qué podemos automatizar, sino qué queremos seguir haciendo los seres humanos.

¿Queremos que una máquina enseñe a nuestros hijos?

¿Que acompañe a nuestros padres?

¿Que comunique un diagnóstico médico?

¿Que tome decisiones sobre quién recibe un crédito o una prestación social?

¿Que determine qué información vemos?

En algunos casos, la respuesta puede ser sí.

En otros, Gates considera que habrá razones para mantener deliberadamente a los humanos en el centro.

“No tenemos el lujo de avanzar lentamente”

Gates sostiene que el mundo no puede esperar a que los efectos de la IA sean evidentes para comenzar a diseñar las reglas.

Los gobiernos necesitan prepararse para la transformación laboral; las escuelas deben enseñar a utilizar la IA sin renunciar al pensamiento crítico; los sistemas de salud deben aprovechar sus capacidades sin abandonar la responsabilidad médica; y las sociedades necesitan establecer límites sobre su utilización con niños y sobre determinadas formas de automatización.

La velocidad será determinante.

A diferencia de otras revoluciones tecnológicas, los beneficios y los problemas de la IA están llegando prácticamente al mismo tiempo.

Por eso, Gates considera que las sociedades necesitan tiempo para adaptarse, precisamente cuando la tecnología está avanzando a una velocidad que reduce ese margen.

Su advertencia no es que la inteligencia artificial deba detenerse.

Es que la humanidad necesita decidir cómo quiere vivir con ella antes de que la tecnología tome por sí misma demasiadas decisiones sobre el futuro.

Y para Gates, esa discusión ya no puede posponerse: la era turbulenta de la inteligencia artificial, sostiene, ya comenzó.

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