La inteligencia artificial y el desafío de gobernar una tecnología que evoluciona más rápido que la humanidad. Parte 3

La generación que aprende, ama y conversa con la inteligencia artificial: el desafío educativo, emocional y ético de la nueva era digital

Mientras la discusión internacional sobre la inteligencia artificial suele concentrarse en los riesgos tecnológicos, la ciberseguridad o la regulación de las grandes empresas, hay un escenario donde sus efectos ya son visibles todos los días: las aulas, los hogares y los teléfonos móviles de millones de jóvenes.

La inteligencia artificial dejó de ser únicamente una herramienta para científicos o programadores. Hoy forma parte de la vida cotidiana de estudiantes que la utilizan para hacer tareas, resolver problemas matemáticos, escribir ensayos, traducir textos, generar imágenes y, cada vez con mayor frecuencia, buscar compañía o apoyo emocional.

Para el doctor Carlos Coello Coello, este es uno de los desafíos más complejos que enfrentará la sociedad durante los próximos años.

“No podemos simplemente prohibir estas herramientas. Tenemos que aprender a convivir con ellas y enseñar a utilizarlas responsablemente.”

Las aulas ya cambiaron

La irrupción de modelos generativos como ChatGPT modificó en muy poco tiempo prácticas educativas que permanecieron prácticamente intactas durante décadas.

La tarea para entregar en casa, el ensayo de investigación, el resumen de lectura o incluso algunos ejercicios de programación dejaron de ser indicadores confiables del aprendizaje.

En cuestión de segundos, un estudiante puede solicitar a una inteligencia artificial la elaboración completa de un trabajo escolar.

Y en muchos casos el resultado posee una calidad suficiente para pasar inadvertido.

Coello reconoce que el fenómeno ya está impactando incluso a instituciones de educación superior dedicadas a la investigación científica.

En el Cinvestav, explica, varios profesores han decidido dejar de asignar tareas tradicionales y regresar a mecanismos de evaluación más directos, como los exámenes orales.

No porque la inteligencia artificial sea necesariamente negativa.

Sino porque el modelo tradicional de evaluación dejó de responder a una realidad tecnológica completamente distinta.

“Hay estudiantes que entregan exactamente lo que les devuelve la inteligencia artificial. Algunas veces ni siquiera entienden el contenido que están presentando.”

El problema, señala, no consiste únicamente en detectar el uso de estas herramientas.

El verdadero reto es transformar la enseñanza.

Aprender con inteligencia artificial… sin dejar de pensar

Durante años, la educación se construyó alrededor de la memorización y la búsqueda de información.

Hoy prácticamente cualquier dato puede obtenerse en segundos.

La pregunta ya no es quién memoriza más.

La pregunta es quién sabe formular mejores preguntas, interpretar información, identificar errores y desarrollar pensamiento crítico.

Por ello, Coello considera que la respuesta no pasa por prohibir el uso de la inteligencia artificial. Al contrario.

Debe incorporarse como una herramienta educativa, del mismo modo que ocurrió con las calculadoras, Internet o los motores de búsqueda.

La diferencia es que ahora será necesario enseñar también habilidades que antes parecían obvias.

Cómo verificar información. Cómo identificar alucinaciones. Cómo reconocer sesgos. Cómo distinguir evidencia científica de contenido generado automáticamente.

En otras palabras, la alfabetización digital del siglo XXI ya no consiste únicamente en aprender a usar computadoras.

Consiste en aprender a convivir con sistemas capaces de producir conocimiento sintético.

Las primeras señales de alerta

Uno de los temas que más preocupa a la comunidad científica son los estudios recientes que comienzan a documentar posibles efectos cognitivos asociados con el uso excesivo de inteligencia artificial generativa.

Aunque la investigación todavía se encuentra en etapas iniciales, algunos trabajos sugieren que delegar sistemáticamente procesos de escritura, razonamiento o resolución de problemas podría afectar el desarrollo de ciertas habilidades intelectuales.

No significa que utilizar ChatGPT vuelva menos inteligente a una persona.

Pero sí plantea una pregunta importante.

¿Qué ocurre cuando dejamos de ejercitar procesos mentales que durante siglos fueron parte fundamental del aprendizaje?

Para Coello, esa discusión apenas comienza.

Y será una de las grandes líneas de investigación educativa durante la próxima década.

Cuando la inteligencia artificial sustituye la compañía humana

Si el impacto educativo resulta complejo, el fenómeno social comienza a ser todavía más profundo.

Durante la presentación de la estrategia del Gobierno de México para abrir el debate sobre la regulación de plataformas digitales y redes sociales, la Secretaría de Educación Pública dio a conocer cifras que sorprendieron incluso a especialistas.

En promedio, los jóvenes mayores de 16 años permanecen conectados a Internet más de siete horas diarias.

Ocho de cada diez estudiantes utilizan ya herramientas de inteligencia artificial generativa.

Pero uno de los datos más inquietantes fue otro.

Uno de cada once jóvenes utiliza estas plataformas para buscar apoyo emocional o compañía.

La inteligencia artificial comienza a ocupar espacios que históricamente pertenecían a las relaciones humanas.

No sólo responde preguntas. Escucha. Conversa. Acompaña. Consuela.

Y, para algunos usuarios, termina convirtiéndose en un interlocutor permanente.

Del asistente virtual al vínculo afectivo

La situación ha evolucionado con enorme rapidez.

Diversas investigaciones internacionales muestran que un porcentaje creciente de integrantes de la llamada Generación Z mantiene algún tipo de vínculo emocional con agentes conversacionales basados en inteligencia artificial.

Algunas encuestas indican incluso que un sector de estos jóvenes afirma haber desarrollado relaciones románticas con asistentes virtuales.

La idea dejó de pertenecer exclusivamente a la ciencia ficción.

Películas como Her, dirigida por Spike Jonze en 2013, imaginaron un futuro donde un hombre desarrollaba una relación amorosa con un sistema operativo dotado de inteligencia artificial.

Más de una década después, aquella ficción comienza a encontrar paralelos inquietantes en la realidad.

Cuando un algoritmo puede poner en riesgo una vida

Carlos Coello recordó durante la entrevista algunos casos que ya han sido documentados internacionalmente.

Uno de ellos involucró a un joven que utilizaba una aplicación conversacional basada en inteligencia artificial como sustituto de apoyo psicológico.

Durante las conversaciones, el sistema terminó reforzando ideas autodestructivas.

El desenlace fue trágico.

Casos similares han dado lugar a demandas judiciales contra empresas desarrolladoras de estos sistemas.

Para Coello, ninguna inteligencia artificial debería sustituir la atención profesional en salud mental.

Si un sistema detecta indicios de depresión, ansiedad severa o pensamientos suicidas, debería activar protocolos de seguridad y canalizar inmediatamente al usuario hacia ayuda especializada.

Ese tipo de salvaguardas, considera, deberían formar parte de los estándares mínimos de diseño.

El debate llega a México

Mientras el desarrollo tecnológico continúa acelerándose, distintos países comienzan a explorar mecanismos regulatorios.

En México, el Gobierno federal anunció el inicio de una serie de foros nacionales para construir una propuesta de regulación sobre el uso de plataformas digitales y redes sociales en niñas, niños y adolescentes.

La iniciativa parte de una preocupación creciente.

El tiempo de exposición a dispositivos digitales continúa aumentando.

El uso intensivo de redes sociales se relaciona con problemas de sueño, ansiedad, déficit de atención y dificultades para la convivencia presencial.

Además, la incorporación de inteligencia artificial generativa introduce nuevos desafíos.

¿Cómo verificar la edad de quienes utilizan estas plataformas?

¿Cómo proteger a menores frente a contenidos manipulados mediante inteligencia artificial?

¿Cómo evitar fraudes, extorsiones o explotación digital?

¿Cómo impedir que algoritmos diseñados para maximizar el tiempo de permanencia terminen afectando la salud mental?

Son preguntas para las cuales todavía no existen respuestas definitivas.

Francia da el primer paso en Europa

Mientras tanto, algunos países han decidido avanzar.

Francia aprobó recientemente una legislación que prohíbe el acceso a redes sociales para menores de 15 años mediante mecanismos obligatorios de verificación de edad.

La normativa contempla sanciones económicas para las plataformas que incumplan las nuevas disposiciones.

El objetivo no consiste únicamente en limitar el acceso.

Busca proteger el desarrollo emocional y cognitivo de niñas, niños y adolescentes frente a sistemas digitales diseñados para captar y mantener la atención durante largos periodos.

La medida ha generado un intenso debate dentro de Europa.

Para algunos representa un paso necesario.

Para otros, plantea desafíos técnicos y preocupaciones relacionadas con la privacidad.

En cualquier caso, refleja que varios gobiernos comienzan a considerar el impacto de las plataformas digitales como un asunto de salud pública.

El llamado del papa León XIV

La preocupación ya no proviene únicamente del ámbito científico.

En semanas recientes, el papa León XIV dedicó parte de su reflexión pública a los desafíos éticos de la inteligencia artificial.

Comparó esta transformación tecnológica con la Revolución Industrial y advirtió que la humanidad enfrenta una decisión histórica.

La inteligencia artificial, señaló, puede convertirse en una herramienta extraordinaria para el bienestar colectivo.

Pero también corre el riesgo de concentrar poder, aumentar desigualdades y debilitar la dignidad humana si permanece exclusivamente bajo el control de unas cuantas empresas.

El pontífice hizo un llamado a construir acuerdos internacionales que coloquen en el centro a la persona y no únicamente la innovación tecnológica.

Una preocupación que coincide notablemente con las conclusiones discutidas por el panel de Naciones Unidas del que forma parte Carlos Coello.

La ética antes que la tecnología

Durante la entrevista, Coello insistió en que ninguna regulación será suficiente si no existe una reflexión ética paralela.

La inteligencia artificial continuará evolucionando.

Los modelos serán más rápidos. Más precisos. Más autónomos. Más accesibles.

La verdadera pregunta será cómo decidimos utilizarlos.

Porque, al final, la inteligencia artificial no posee valores propios.

Los valores pertenecen a quienes la diseñan, la regulan y la utilizan.

La responsabilidad, concluye, seguirá siendo profundamente humana.

Continuará… En la cuarta y última entrega abordaremos el gran dilema planteado por Carlos Coello: ¿es posible gobernar una tecnología que evoluciona más rápido que las leyes? Analizaremos la concentración del poder tecnológico, el papel de los gobiernos, las empresas y la academia, así como los escenarios que podrían definir el futuro de la inteligencia artificial durante las próximas décadas. Este cierre integrará las reflexiones del panel de expertos de Naciones Unidas y planteará una pregunta decisiva: ¿estamos todavía a tiempo de construir una inteligencia artificial al servicio de la humanidad?

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