En un momento en que el mundo enfrenta tensiones geopolíticas, crisis climática y profundas desigualdades sociales, la designación de la Ciudad de México como sede del Foro Urbano Mundial (WUF 14) 2028, organizado por ONU-Hábitat, abre una conversación que va mucho más allá del urbanismo.
Porque hoy, hablar de ciudades es hablar del futuro de la humanidad.
Las ciudades concentran riqueza, pero también desigualdad. Son motores de innovación, pero también territorios de exclusión. En ellas se juega el acceso a derechos básicos: vivienda, movilidad, espacio público, cuidados. Y es precisamente ahí donde se está redefiniendo el papel del Estado, del mercado y de la sociedad.
La jefa de Gobierno, Clara Brugada Molina, lo plantea desde una lógica clara: construir una ciudad de derechos. Pero la pregunta de fondo es si ese modelo puede escalarse en un mundo donde tres mil millones de personas aún carecen de vivienda adecuada y donde el crecimiento urbano sigue siendo, en muchos casos, sinónimo de precariedad.
El Foro Urbano Mundial no es sólo un espacio de diálogo. Es un termómetro político. Ahí se confrontan visiones: la ciudad como mercancía o la ciudad como derecho; la planeación desde el capital o desde el territorio; el desarrollo entendido como crecimiento o como bienestar.
Y en ese escenario, México buscará posicionarse. Como lo señaló el canciller Juan Ramón de la Fuente, el foro coloca al país en el centro del debate global. Pero también lo expone: obliga a mostrar resultados, no sólo narrativas.
Hay otro elemento clave: la transición tecnológica. Las ciudades del futuro no sólo serán sostenibles o inclusivas; serán también ciudades inteligentes. La inteligencia artificial, los sistemas de datos urbanos y la automatización están redefiniendo la forma en que se gobiernan los territorios. La pregunta es quién controla esas herramientas y con qué fines.
Desde ONU-Hábitat, su directora ejecutiva, Ana Claudia Rossbach, ha insistido en que este foro debe ser un punto de inflexión: pasar de los diagnósticos a la acción. Pero esa transición no es técnica, es política.
Porque al final, el debate urbano es un debate de poder.
Rumbo a 2028, la Ciudad de México tiene la oportunidad de colocarse como referente del llamado “urbanismo social”. Pero también enfrenta el reto de demostrar que es posible gobernar una megaciudad reduciendo desigualdades, conteniendo la gentrificación y garantizando derechos en un contexto global adverso.
El Foro Urbano Mundial será, en ese sentido, algo más que un evento internacional.
Será un espejo.
Un espejo donde las ciudades del mundo —y quienes las gobiernan— tendrán que mirarse y responder una pregunta fundamental: ¿para quién estamos construyendo el futuro urbano?



