La guerra contra Irán empieza a pasar una factura creciente a Estados Unidos. Apenas días después del inicio de la ofensiva militar, el gasto del Pentágono se ha disparado y ya supera los 11.300 millones de dólares, una cifra que podría multiplicarse si el conflicto se prolonga.
La operación militar —lanzada a finales de febrero por Washington junto con sus aliados— ha requerido el uso intensivo de armamento de alta tecnología, incluidos misiles y bombas guiadas de precisión cuyo coste unitario es muy elevado. Según estimaciones citadas por analistas, solo los primeros días de combates implicaron miles de millones de dólares en municiones y operaciones militares.
El problema para el Pentágono no es únicamente el gasto acumulado. Estados Unidos inició la ofensiva con déficit de municiones valorado en unos 28.800 millones de dólares, lo que ha obligado a ajustar el tipo de armamento empleado en los ataques y a recurrir en algunos casos a bombas convencionales para reducir costes.
El despliegue militar también incluye sistemas de defensa antimisiles y baterías antiaéreas en distintos puntos de Oriente Próximo, lo que incrementa el gasto operativo y eleva la tensión geopolítica con otras potencias.
Analistas advierten que, si la guerra se prolonga durante semanas o meses, el coste total podría ascender a cientos de miles de millones de dólares, obligando al Congreso estadounidense a aprobar nuevos paquetes de financiación extraordinaria para sostener la campaña militar.
El impacto económico no se limita al presupuesto federal. La guerra también ha sacudido los mercados energéticos y financieros: el encarecimiento del petróleo y la incertidumbre geopolítica alimentan el temor a un nuevo episodio inflacionario y a una desaceleración económica global.
El creciente coste del conflicto amenaza con convertirse en un problema político para el presidente Donald Trump, especialmente en un momento en que varios legisladores republicanos comienzan a cuestionar la duración y los objetivos de la guerra.
Mientras tanto, la evolución del conflicto y su duración siguen siendo la principal incógnita para la economía estadounidense y para la estabilidad de los mercados internacionales.
Con información de: El País.



