En los días recientes, la relación entre México y Estados Unidos ha vuelto a tensarse por el discurso y las acciones del presidente estadounidense Donald Trump, quien ha impulsado —con creciente fuerza retórica— la idea de emplear medios militares para combatir a los cárteles de la droga en territorio mexicano. Aunque no hay una guerra abierta ni una invasión en curso, el solo planteamiento de usar la fuerza militar contra organizaciones criminales en otro país con el que compartimos una frontera en común ha encendido las alarmas diplomáticas y sociales.
Trump ha sostenido que el narcotráfico representa una amenaza existencial para la seguridad estadounidense y ha promovido la idea de “golpes en tierra”, incluso sugiriendo acciones en países como México y Venezuela como parte de su estrategia. Estas declaraciones no solo rompen con décadas de política exterior basada en respeto mutuo de soberanías, sino que reactivan fantasmas históricos de intervenciones en América Latina.
Ante este escenario, la respuesta de la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum ha sido firme y constante: México no aceptará intervención militar en su territorio. En la llamada que sostuvieron hoy ambos mandatarios, Sheinbaum reiteró que cualquier cooperación debe darse bajo un marco de respeto a la soberanía y sin subordinación. Durante #lamañaneradelpueblo, la presidenta comentó a los medios de comunicación que Trump entendió esta posición y aseguró que cualquier apoyo futuro sería bajo solicitud explícita del gobierno mexicano, sin que la opción de una intervención unilateral esté sobre la mesa.
Este mensaje no es nuevo ni circunstancial. Desde antes, la administración mexicana ha rechazado de forma enfática cualquier propuesta militar estadounidense que implique presencia de tropas en México, defendiendo que la lucha contra el crimen organizado debe llevarse a cabo con estrategias propias, coordinación técnica y respeto por la Constitución nacional.
Es importante recordar que el contexto de estas tensiones no es solo retórico: la violencia de los cárteles y el tráfico de drogas han sido problemas de larga data que afectan profundamente a ambos países. Sin embargo, la soberanía nacional no puede ser moneda de cambio en negociaciones de seguridad. México puede y debe cooperar con Estados Unidos en aspectos como inteligencia, capacitación o intercambio de información, pero no a costa de renunciar a su autonomía política y territorial.
La conversación de hoy, en ese sentido, puede leerse como un triunfo diplomático mexicano: Sheinbaum logró, ante una administración estadounidense que presiona por resultados contundentes, mantener clara la línea roja —no intervención militar— sin romper el diálogo bilateral. Esto es clave, pues la cooperación en seguridad, comercio e inversiones sigue siendo esencial para la estabilidad de la región.
No hay que olvidar, que la historia de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina está marcada por una serie de intervenciones, ocupaciones y acciones encubiertas que han configurado —a veces de forma traumática— las dinámicas políticas y sociales de la región.
Aunque hoy hablamos de tensiones diplomáticas por temas de seguridad, la historia entre México y EE. UU. incluye episodios mucho más invasivos. Aquí un recuento de las intervenciones de Estados Unidos a América Latina:
- Guerra México-Estados Unidos (1846–1848): Tras la anexión de Texas, el ejército estadounidense invadió territorio mexicano y llegó hasta la Ciudad de México, lo que culminó con la pérdida de más de la mitad del territorio nacional bajo el Tratado de Guadalupe Hidalgo.
- Ocupación de Veracruz (1914): Durante la Revolución Mexicana, fuerzas estadounidenses ocuparon el puerto clave de Veracruz, afectando directamente la política interna.
- Expedición punitiva contra Pancho Villa (1916): Tropas estadounidenses entraron en México en busca de Villa tras su ataque en Nuevo México, violando la soberanía mexicana.
Estas experiencias históricas explican, en parte, la sensibilidad mexicana frente a cualquier sugerencia de intervención militar: no es sólo retórica, sino memoria histórica colectiva acerca de pérdida territorial y autonomía estatal.
Panamá (1989): invasión para derrocar a Noriega
Una de las intervenciones militares más emblemáticas del siglo XX fue la invasión de Panamá en diciembre de 1989 bajo la administración de George H. W. Bush. El objetivo declarado fue capturar al general Manuel Noriega, acusado de narcotráfico y corrupción. Tras intensos combates, Noriega fue depuesto y capturado.
Este tipo de intervención mostró que EE. UU. no dudaba en usar fuerza militar directa en América Latina cuando lo consideraba necesario para sus intereses estratégicos, en este caso vinculando narcotráfico y seguridad hemisférica.
Nicaragua: ocupaciones prolongadas
Desde principios del siglo XX hasta la década de 1930, Estados Unidos ocupó militarmente Nicaragua repetidas veces como parte de las llamadas “Guerras Bananas” y para proteger intereses económicos y estratégicos, dejando un legado de intervenciones profundas en la política interna de ese país.
Cuba: desde la guerra hispano-estadounidense hasta la Bahía de Cochinos
La relación con Cuba ha tenido varios capítulos de intervención directa o indirecta:
- Guerra Hispano-Estadounidense (1898): EE. UU. ocupó Cuba tras enfrentarse a España, inaugurando una larga presencia e influencia en la isla.
- Invasión de la Bahía de Cochinos (1961): Una fallida operación para derrocar a Fidel Castro con fuerzas entrenadas por la CIA mostró que Washington estaba dispuesto a apoyar incluso ofensivas armadas encubiertas.
Estos eventos marcaron profundamente las relaciones hemisféricas durante la Guerra Fría, ejemplificando la habitual lógica de confrontación directa con gobiernos percibidos como “amenaza”.
República Dominicana (1965): intervención bajo el pretexto de la Guerra Fría
En 1965, EE. UU. desplegó miles de tropas en la República Dominicana durante una guerra civil, bajo el argumento de prevenir una “segunda Cuba”. Esta acción militar demostró cómo la retórica anticomunista se usó para justificar invasiones incluso sin clara autorización internacional.
Otras formas de intervención: golpes y apoyo encubierto
No todas las intervenciones fueron invasiones militares formales:
- En Guatemala (1954), la CIA participó en el derrocamiento del presidente Jacobo Árbenz, etiquetado como “comunista”.
- Durante la década de 1970, Estados Unidos dio apoyo logístico y financiero a operaciones como Operación Cóndor, una campaña de represión y coordinación entre dictaduras del Cono Sur.
Estas acciones muestran cómo la intervención puede adoptar formas políticas, económicas y encubiertas, no sólo militares.
Este repaso histórico nos deja varias lecciones para el presente que hoy estamos viviendo.
- La idea de intervención militar en la región no es abstracta ni nueva: tiene precedentes concretos que dejaron cicatrices profundas en la memoria colectiva regional.
- Las soberanías nacionales fueron vulneradas en múltiples ocasiones bajo argumentos de seguridad, anticomunismo o protección de intereses económicos.
- La narrativa actual sobre México y carteles revive debates más amplios sobre cómo definir cooperación en seguridad sin recurrir a lógicas de fuerza unilateral.
Finalmente, más allá de la retórica grandilocuente de Trump o de cualquier líder, la política exterior responsable exige prudencia, diálogo constructivo y respeto por los marcos legales internacionales. México ha afirmado su postura con firmeza, y hoy reafirma que la seguridad compartida no puede ni debe confundirse con subordinación o pérdida de soberanía.



