Amistad, América y discordia — La batalla cultural de Bad Bunny vs. Donald Trump

La noche del Super Bowl LX 2026 quedará en la historia no solo por el marcador, las jugadas decisivas o la enorme audiencia —unos 135 millones de espectadores mirando uno de los eventos televisivos más grandes del planeta— sino por lo que ocurrió en el escenario del medio tiempo. El cantante puertorriqueño Bad Bunny subió al escenario no solo como artista, sino como símbolo de una América multicultural, diversa y expansiva.
Su presentación, mayoritariamente en español, con imágenes de paisajes puertorriqueños, una boda latina con todo y niño dormido sobre las sillas, las piraguas, las nieves, los shots de la cantina, la salsa, la fiesta y un mensaje final que incluía a las banderas de todos los países en el que sostuvo una pelota de fútbol americano con la leyenda “Together We Are America” acompañado por un mensaje gigante en pantalla —“Lo único más poderoso que el odio es el amor”— fue celebrado por muchos como una declaración de inclusión para un país que se debate entre su diversidad  de hace décadas y las presiones del régimen trompista.
En ese sentido, Bad Bunny encarnó lo que él mismo ha defendido en varias plataformas: una apropiación del orgullo cultural latino, una reivindicación de las raíces puertorriqueñas (incluida la historia de Puerto Rico dentro de Estados Unidos) y una invitación a ver la cultura como puente y no como barrera. Su acto no fue una arenga política tradicional —como lo sería un discurso de campaña— sino un acto cultural con matices sociales: visibilidad lingüística, celebración de identidades múltiples y un llamado universal a la unidad.
Sin embargo, esa misma elección artística y cultural, que para miles —y para muchos críticos de opinión pública— fue un momento histórico de celebración y reconocimiento, se convirtió en el centro de una reacción hostil desde sectores conservadores, encabezados por Donald Trump.

La postura de Donald Trump: rechazo y crítica cultural

Trump, quien había criticado desde meses antes la elección de Bad Bunny como cabeza del espectáculo del medio tiempo, reafirmó su desaprobación con dureza tras la actuación. En sus redes sociales (Truth Social) y comunicados, calificó el show como “absolutamente terrible, uno de los peores de la historia”, añadió que “nadie entiende una palabra de lo que dice este tipo” y que el baile era “repugnante”, especialmente para niños.
Para Trump, el valor simbólico del espectáculo no se traducía en identidad compartida o inclusiva, sino que representaba una afrenta a lo que él percibe como “grandeza americana” y normas culturales tradicionales. Al enfatizar la oposición al uso del español, a una narrativa cultural expandida o a cualquier guiño que cuestione visiones nacionalistas exclusivas, su crítica revela, de manera más amplia, la tensión entre dos modelos de idea de nación: uno, arraigado en la diversidad como motor de unidad; otro, ligado a normas culturales establecidas, unificadoras y homogéneas.

Choque de visiones: ¿Qué está realmente en juego?

La controversia va más allá de una simple opinión sobre un espectáculo musical. Representa una grieta en la manera de entender el significado de “América”:
  • Bad Bunny utiliza su plataforma para celebrar identidades plurales, honrar la herencia latina y llamar a la unidad a través de símbolos culturales que cruzan fronteras—, desde Puerto Rico al territorio continental de EEUU. Su mensaje final en el medio tiempo no fue un discurso político partidista, sino una declaración de valores: amor, convivencia y reconocimiento de que “somos parte de esto”.
  • Donald Trump, por su parte, interpreta la misma escena desde una lente política defensiva, percibiéndola como una amenaza a una visión tradicionalista de la cultura estadounidense, donde el idioma, los símbolos y el estilo artístico anclados en la diversidad pluralista son vistos como divisivos en lugar de unificadores. Su reacción pública expone cómo ciertas expresiones culturales —aunque populares y celebradas globalmente— pueden ser leídas como componentes de luchas culturales más amplias.

Reflexión final

El choque entre Bad Bunny y Donald Trump no se reduce a un desacuerdo sobre música o espectáculo; es un espejo de tensiones profundas sobre identidad, cultura y el significado de pertenecer a una comunidad nacional diversa. Mientras Bad Bunny reafirma que la cultura puede ser puente y espacio de encuentro, la postura de Trump refleja una resistencia a aceptar esa misma diversidad como parte esencial de la “América” de hoy.
Al final, este episodio del Super Bowl LX será recordado no tanto por cuántos puntos ganó un equipo, sino por cómo la música y la cultura se convirtieron en terreno de debate político y de disputa sobre quiénes somos y cómo queremos narrar nuestra historia colectiva, pero no sólo eso, es, por una parte una visión multicultural y por el otro una visión imperialista que no permite la migración.

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