El mundo vuelve a girar alrededor de una idea que parecía superada en pleno siglo XXI: la apropiación territorial como instrumento de presión política y económica. La reciente ofensiva discursiva y comercial del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en torno a Groenlandia, no sólo ha sacudido a Europa, sino que ha expuesto con crudeza las fracturas del orden internacional y el debilitamiento del multilateralismo.
Desde el Foro Económico Mundial en Davos, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, marcó una línea clara: la soberanía no se negocia bajo amenaza. Su discurso fue una señal de alerta frente a una estrategia estadounidense que combina aranceles, intimidación diplomática y retórica de fuerza, incluso contra aliados históricos.

Trump y la lógica del poder duro
La insistencia de Trump en controlar Groenlandia —territorio autónomo de Dinamarca, estratégico por su ubicación en el Ártico y sus recursos naturales— no es un exabrupto aislado. Forma parte de una visión del mundo basada en el poder duro, donde la economía y la geopolítica se convierten en herramientas de coerción.
Las amenazas de imponer aranceles a países europeos si no hay concesiones revelan un giro profundo en la política exterior estadounidense: Washington deja de presentarse como garante del orden liberal internacional para actuar como un actor que impone condiciones, redefine alianzas y normaliza la presión como método de negociación.

Macron y el choque frontal con Washington
En este escenario, Emmanuel Macron ha emergido como una de las voces más firmes frente a Trump. El presidente francés no sólo rechazó las amenazas comerciales, sino que advirtió que Europa no puede ceder ante la intimidación, venga de donde venga.
El conflicto entre Trump y Macron trasciende el caso de Groenlandia. Representa el choque entre dos visiones opuestas del liderazgo global:
- Trump apuesta por la confrontación, la transacción y la unilateralidad.
- Macron defiende —al menos en el discurso— la soberanía, el derecho internacional y una Europa con capacidad de respuesta propia.
Esta tensión revela una verdad incómoda: la relación transatlántica ya no es incuestionable. La OTAN, la cooperación económica y la confianza política atraviesan uno de sus momentos más frágiles desde el final de la Guerra Fría.

China observa… y toma posición
Mientras Washington y Europa chocan, China no permanece al margen. Pekín ha condenado el uso de amenazas comerciales y la coerción económica como instrumentos políticos, posicionándose estratégicamente como defensor del respeto a las normas internacionales.
La postura china no es desinteresada. Al contrario, se inserta en una narrativa cuidadosamente construida: mostrar a Estados Unidos como un actor impredecible y a China como una alternativa “responsable” en un sistema global en transición. La fractura entre aliados occidentales abre espacios que Pekín busca capitalizar, tanto en el terreno diplomático como en el económico.

Un orden internacional en disputa
Lo ocurrido con Groenlandia no es sólo una disputa territorial. Es un síntoma de un mundo donde las reglas se erosionan, los consensos se debilitan y las grandes potencias vuelven a medir fuerzas sin disimulo.
Europa enfrenta el dilema de responder de manera conjunta o fragmentarse frente a la presión externa. China avanza en su papel como actor central del escenario multipolar. Y Estados Unidos, bajo el liderazgo de Trump, parece dispuesto a asumir el costo político de su estrategia a cambio de imponer su agenda.

México ante un mundo de presiones y redefiniciones
Para México, este escenario no es ajeno ni distante. La escalada de tensiones impulsada por Donald Trump confirma que su política exterior seguirá marcada por la presión económica, el discurso nacionalista y el uso de la incertidumbre como herramienta de negociación. En este contexto, el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum enfrentará un entorno internacional más áspero, donde la estabilidad ya no depende únicamente de tratados, sino de la capacidad política para resistir embates externos.
La experiencia reciente demuestra que México deberá acostumbrarse a las tensiones trumpistas: amenazas comerciales, cuestionamientos a los acuerdos existentes y una narrativa que pone en duda la cooperación regional. El T-MEC, la migración, la seguridad y la relocalización industrial seguirán siendo espacios de fricción constante, más sujetos al vaivén político de Washington que a reglas claras y previsibles.
Para el gobierno de Sheinbaum, el reto será doble. Por un lado, mantener una relación funcional con Estados Unidos sin ceder soberanía ni margen de decisión. Por otro, diversificar la política exterior, fortaleciendo vínculos con Europa, Asia y América Latina, en un mundo donde las alianzas tradicionales muestran signos de agotamiento.

En un sistema internacional en disputa, México no puede darse el lujo de la improvisación. La lectura estratégica del contexto global, el fortalecimiento de su diplomacia y la defensa de sus intereses nacionales serán claves para navegar una etapa marcada por la confrontación, la incertidumbre y el replanteamiento del poder mundial.
Groenlandia no es el fondo del conflicto; es el reflejo.
El reflejo de un mundo que entra en una fase de presiones abiertas, donde el conocimiento, la historia y el análisis crítico se vuelven herramientas indispensables para no quedar a merced de la fuerza.



