A un año del inicio del segundo mandato de Donald Trump, el balance trasciende la coyuntura y se inscribe en un proceso histórico más amplio: el agotamiento del orden internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial y la transición hacia un mundo fragmentado, competitivo y crecientemente inestable.
Trump no es la causa única de esta transformación, pero sí su síntoma más visible. Su regreso al poder no representa una anomalía, sino la consolidación de una corriente política que desconfía del multilateralismo, relativiza las alianzas estratégicas y concibe el ejercicio del poder como una relación de fuerza permanente.
Estados Unidos: del liderazgo al repliegue estratégico
Durante décadas, Estados Unidos sostuvo su influencia global a través de instituciones, tratados y consensos que le permitieron ejercer liderazgo y sí con hegemonía, ser el país sin recurrir de forma abierta a la coerción o si recurría, lo hacía en nombre de la “democracia” o de la “libertad”, hoy no hay nada de eso. En su segundo mandato, Trump ha profundizado el abandono de ese modelo.
La política exterior estadounidense se ha reconfigurado bajo una lógica transaccional: los aliados dejan de ser socios estratégicos para convertirse en actores que deben “pagar” por la protección o el respaldo político. Europa, la OTAN y los organismos multilaterales enfrentan una relación cada vez más instrumental y con menos presupuesto porque Trump ha decidido quitárselos, mientras que los conflictos internacionales son abordados desde el cálculo inmediato y no desde la estabilidad de largo plazo.
Este giro no implica aislamiento, sino una redefinición del poder: Estados Unidos busca imponer condiciones, no construir acuerdos duraderos.
México: entre la vecindad histórica y la presión estructural de una realidad asimétrica
Para México, el primer año de Trump 2.0 ha reactivado tensiones que forman parte de una relación histórica asimétrica. Migración, comercio y seguridad vuelven a ser utilizados como mecanismos de presión política interna en Estados Unidos y hacia México.
El TMEC, concebido como un instrumento comercial de certidumbre regional, ha operado bajo amenaza constante. Más que un tratado económico, se ha convertido en una palanca de negociación política, recordando que la interdependencia no elimina las desigualdades de poder.
En el tema migratorio, México ha asumido costos humanos y logísticos que reflejan la externalización de las políticas estadounidenses de control fronterizo. En seguridad, la narrativa de intervención y las referencias a acciones unilaterales reavivan una memoria histórica marcada por la defensa de la soberanía y el rechazo a cualquier forma de tutela externa.
No obstante, el contexto también ha obligado a México a fortalecer su margen de maniobra. El nearshoring, la diversificación comercial, el impulso a “Lo hecho en México” y una política exterior más activa evidencian un intento por reducir la dependencia y ganar autonomía en un entorno hostil.
Un mundo sin el policía conocido, el surgimiento de un dictador y China el pretexto
A nivel global, el segundo mandato de Trump ha acelerado una tendencia preexistente: la ausencia de un policía internacional. La confrontación con China estructura buena parte de la política exterior estadounidense, mientras que conflictos como Ucrania y Medio Oriente son gestionados desde una lógica de interés inmediato, debilitando los marcos normativos internacionales. La política trumpista le atañe todo a China, si no invado yo…invadirá China, si no me quedo con el petróleo de Venezuela lo hará China, si no me quedo con Groenlandia lo hará China…
El resultado es un sistema internacional donde las reglas pierden centralidad y la correlación de fuerzas vuelve a ocupar el lugar dominante. Para los países de ingresos medios y del sur global, este escenario implica mayores riesgos, pero también la posibilidad de construir nuevas alianzas fuera de los ejes tradicionales. Aunque las alianzas sería con alguno de los dos gigantes, o Estados Unidos o China…
México ante la normalización de la tensión
En este contexto, México deberá asumir una realidad incómoda pero ineludible: las tensiones trumpistas no son un episodio pasajero, sino serán una condición estructural de la relación bilateral en los próximos años. La política de presión, la retórica confrontativa y el uso de México como tema de consumo político interno en Estados Unidos que puede ayudar a saciar los ánimos de la gente de MAGA (la base trumpista que aún cree en él ciegamente, negando cualquier situación de la realidad de la política trumpista como las redadas del ICE o más abusos…) y que lo que se haga con México podría hacer ganar las elecciones de medio término, se han convertido en una constante que exige respuesta estratégica, no reacción improvisada.
El desafío para el país no será únicamente resistir los embates discursivos o coyunturales, sino aprender a convivir con ellos sin erosionar su proyecto interno ni su posición internacional. Acostumbrarse a la tensión no significa normalizar la subordinación, sino fortalecer las capacidades del Estado para negociar desde una posición de mayor autonomía económica, diplomática y tecnológica. Y afrontar la posibilidad de que Donald Trump pasara del discurso a la acción y mandara fuerzas de su ejército a México.
En este escenario, el papel de la presidenta Claudia Sheinbaum adquiere una relevancia histórica. Su conducción enfrenta una doble exigencia: sostener una relación funcional con Estados Unidos sin ceder en principios fundamentales de soberanía, y al mismo tiempo consolidar una política exterior que dialogue con un mundo cada vez más fragmentado. La prudencia, la firmeza institucional y la lectura de largo plazo serán claves en un entorno donde los gestos impulsivos pueden tener costos duraderos. Pero también impulsar el cabildeo en el Congreso estadounidense para que una invasión y ocupación a México por parte de Estados Unidos no suceda.
Trump cumple un año en su segundo mandato. México, por su parte, entra en una etapa donde la claridad estratégica para evitar la confrontación y cabildear por la no invasión y la no ocupación será tan importante como la defensa discursiva. La historia nos ha enseñado que las relaciones asimétricas no se transforman con confrontación abierta ni con sumisión silenciosa, sino con constancia, visión y construcción de poder propio. Ese será el verdadero reto del presente para México.



